La Naranja Mecánica revisitada

Me es imposible recordar cuándo vi la película de Kubrick, La Naranja Mecánica, por primera vez, pero de seguro que fue décadas atrás, en la más tierna juventud (o rancia adolescencia). El libro en el que se basa la película jamás lo leí y lo supongo muy superior, no tanto por conocer a Anthony Burgess cuanto por haber visto casi todas las películas de Kubrick. Recuerdo, empero, las inmensas colas que acompañaron su estreno en Lima, y la envidia que me causaban quienes podían verla, pues entonces era demasiado crío como para poder entrar al cine, pues la cinta había sido clasificada como para mayores de 21 años. Cuando la vi, la impresión fue fuerte y de efectos impredecibles, dada mi pacata educación peruana de entonces. No sólo por la combinación de violencia y sexo que la caracteriza a momentos, sino por las ideas que la impregnan. Hasta supongo que haya tenido algo que ver con mi constante rechazo de la opción conductista como explicación de todo comportamiento humano.

Verla de nuevo, hace unos días, fue sin embargo algo decepcionante. En primer lugar, tan acostumbrados estamos ahora a la contemplación de indecibles horrores, que la película parece un juego de niños en comparación. Cualquier juego de vídeos la sobrepasa en malevolencia y extremosidad visual. Pero la decepción no sólo es consecuencia de la desensibilización a que hemos estado sometidos desde entonces, sino a la factura misma de la película, que ejemplifica algunos de los vicios a que Kubrick nos tiene acostumbrados. Nada podemos objetar a la estructura de la obra, ni a la efectividad de su guion; mucho a la exageración y simpleza con que están expresados los temas que la sostienen. Podría arguirse que su estilo es de suyo paródico, proclive a la caricaturización, y que La Naranja Mecánica es un caso más de este estilo. Pero nada puede evitar que la exageración se vuelque hoy en día en contra de la película, dada la estética que la caracteriza, propia de los sesenta, y proyectando un futuro que no existe y que podemos compulsar con nuestra experiencia actual. Dije que no existe, pero debiera haber dicho que no existe en parte, pues algunas de las predicciones de Burguess y Kubrick son acertadas, como la expansión de la violencia juvenil en zonas pauperizadas de las grandes ciudades. Sin embargo, el futurismo de la película es más un recuerdo que una predicción: la violencia juvenil no pertenece al futuro, sino al pasado de la humanidad, y es más bien consecuencia, en cierta medida, de un retorno a modos atávicos de comportamiento. La coagulación de estos modos en distintas corrientes tribales, como el punk o las bandas juveniles, es parte de este retorno a un pasado primitivo, quizá encapsulado en nuestros genes o consecuencia de nuestro ambiente, como descubre la psicología social todo el tiempo. Categorizarnos de una manera u otra, elegir formas de vestir y sistemas de creencias que configuren una estructura identitaria es parte de nuestra herencia común. Lo que películas como esta y obras similares vendrían a decirnos es que el barniz de la civilización es frágil y delgado, y que puede desaparecer en determinadas circunstancias, muchas de las cuales hemos podido apreciar y seguimos apreciando cada día a través de los medios de comunicación, una de las razones por las que esta película ha perdido su capacidad de sorprendernos y agitarnos emocionalmente. El futuro, en la visión expresada en La Naranja Mecánica, es triste y violento para los jóvenes, y cínico para la sociedad, que pretende hacer uso de la ciencia para controlar a la población, con métodos de dudosa ética y efectividad, basados en el conductismo.

A la larga, la película propone una mensaje ambiguo: ni la maldad ni la bondad residen en el comportamiento, sino en el espíritu libre que escoge un camino u otro. El comportamiento, como quiso hasta la obsesión el conductismo, puede cambiarse y modificarse con métodos de condicionamiento, pero hay algo más que debe acompañar al comportamiento, y este algo más es lo que mantiene en sus puestos a filósofos, psicólogos, éticos, curas, no pocos políticos y el sistema jurídico, y casi todo arte, y ha sido llamado de formas diversas, como alma, mente, espíritu, libre albedrío, conciencia testigo, yo, y otros nombres. El protagonista de la película, un joven descarriado que goza de la violencia, es sometido a un programa intenso de condicionamiento que le hace sentirse pésimo en la presencia de la misma, por lo que no puede incurrir en acto ilícito que la implique. Con esto, se habría solucionado el problema de las cárceles y de la burocracia jurídica: solo habría que condicionar intensamente a quien comete crímenes, y listo el pavo, dicha persona se convertiría en un ciudadano útil y respetuoso de la ley. Pero el programa falla, por la misma razón por la que el conductismo fue un fracaso parcial: condicionar el comportamiento es una cosa; cambiar la mente muy otra. No en vano la psicología ha reemplazado la obtusa actitud conductista con la combinación de cognitivismo y conductismo que la caracteriza actualmente como la opción más razonable. La tozudez conductista en circunvalar la existencia de algo así como la mente (mero epifenómeno, según la ciencia más estrecha) la llevó a ignorarla para su mal. De igual modo, Alex, el joven réprobo que se reforma por condicionamiento, enfrenta la muerte y vuelve a la posesión de su facultad para el mal: su mente, torcida por una educación errónea, por genes, por el ambiente o lo que fuera, sigue igual y así termina la película. La sociedad del futuro fracasaría en controlar al individuo por dichos medios, aunque los políticos siempre sabrán aprovecharse de cualquier circunstancia, parece decirnos. Pero lo que hace ambigua a la película, sobre todo a los ojos del conocimiento actual, es que la mente, el sistema cognitivo, es también condicionable hasta cierto punto y manipulable de muchos modos, que son usados con profusión por las instituciones actuales, y, sobre todo, por el mercado y sus promotores. Uno de los inventores del “branding” o creación de imagen, E. Bernays, lo expuso claramente en su momento (desde los años veinte): el ser humano, en las complejas democracias actuales, no puede ser dejado por completo al azar y al ejercicio de su libre albedrío, sino que tiene que ser manipulado para aceptar ciertas normas, comprar ciertas cosas y elegir ciertos partidos, de lo contrario todo sería un caos. ¿No es este en cierto modo el triunfo de una versión más sofisticada, que incluye la mente, del programa conductista? No lo sé, pero si de algo estoy seguro es de que el libre albedrío que pretendemos usar en nuestras sociedades modernas es mucho menos libre de lo que creemos, por genética, educación, ambiente, marketing o politiquería. También estoy seguro que existe la libertad individual. Cómo conciliar estos aspectos de nuestra condición humana es quizá la tarea más difícil a la que se enfrenta todo individuo y toda sociedad, y La Naranja Mecánica, con toda su exageración o inocencia, contribuyó a este debate y lo sigue haciendo a su manera. Al menos en este sentido, su vigencia no ha envejecido.