La muy dolorosa mudanza de Urkullu a Ajuria Enea

Barañaín

“En esta casa se ha llorado mucho”, así se pronunciaba la mujer de Urkullu, en campaña electoral, ante el previsible triunfo de su marido y así lo recordaba el titular de prensa, con gran despliegue tipográfico, en vísperas de su toma de posesión como lehendakari. De entrada, si uno no conociera la apacible trayectoria de este político en medio de la tempestuosa vida social vasca de las últimas décadas, podría pensar que su mujer se estaba refiriendo a lo mucho que habían sufrido por su lucha denodada contra la dictadura o contra imposiciones e injusticias sin cuento, o por los duros golpes que tal vez la vida (ya se sabe: el infortunio, la pérdida precoz de seres queridos, el desempleo, la miseria, etc.) había infligido en el seno de su familia  o por haber tenido que asumir las consecuencias del  compromiso político de Urkullu  – ligado al aparato del PNV desde su más tierna adolescencia-, entre amenazas terroristas, asistencia a funerales de compañeros asesinados, acoso callejero y detalles de ese tipo, desgraciadamente tan “familiares” a los políticos demócratas vascos.

Nada de eso. Los subtítulos periodísticos enseguida aclaraban que era el obligado desembarco de Iñigo Urkullu  en el palacio de Ajuria Enea de Vitoria -sede de la presidencia del gobierno vasco y residencia oficial del lehendakari de turno-, lo que explicaba la terrible desazón en la que al parecer estaban sumidos su familia  y él mismo. Y es que, queriendo mostrar la cercanía y sencillez del nuevo mandatario, se nos contaba cómo “el deseo del lehendakari de mantener a su familia unida le ha supuesto un auténtico quebradero de cabeza” (El Correo, 7.12.12).  Un sinvivir.

Previamente, ya nos había llegado algún comentario de Lucía Arieta-Araunabeña, que así se llama la lehendakari-consorte,  sobre la incomodidad doméstica de Ajuria Enea; ya saben, al estilo de las sensatas objeciones que como madre de familia había expuesto Ana Botella cuando llegó a La Moncloa  (en aquel caso con tremendas consecuencias para los madrileños, pues la pobre criatura no encontró otra solución que lanzarse de lleno a la política municipal para liberarse de una  penosa vida hogareña en tan inhóspito ambiente).

En el caso de Iñigo y Lucía sonaba raro, máxime después de que la prensa del partido  (Deia, órgano oficioso del PNV) divulgara sus muy cuidadas imágenes familiares y de pareja presentándolos una vez como  Obama y Michelle y otra como los nuevos John F. Kennedy y Jackie (esto es literal, no vayan a creer que exagero). Cierto que a la imagen de ella le faltaba el glamour de la Bouvier y le sobraba ñoñez y que la divulgación de los gustos y comportamiento ascético de Iñigo (que sólo bebe agua y apenas come un tentempié, lo mínimo imprescindible para nutrirse y sobrevivir, entregado como está sin desmayo  al trabajo y en días de mesa puesta, apenas verduras y pescado, si es que tiene que hacer un exceso) no hacía creíbles tan conmovedoras comparaciones.

En realidad, al margen de lo poco que les gustara el palacio de Ajuria-Enea en comparación con su vivienda adosada en Durango (Vizcaya) -que compartían con sus tres hijos veinteañeros y universitarios y dos perros-, si la mudanza de Urkullu a la residencia oficial del lehendakari en Vitoria se había  “convertido en un asunto muy doloroso para el líder jeltzale (nacionalista)” era por lo tremendamente difícil que ponía las cosas a Urkullu y su esposa que “han intentado mantener unido el núcleo familiar pese al drástico cambio que supone ver al padre como jefe del ejecutivo vasco”. Contengan la emoción, queridos lectores, que aunque el asunto es ciertamente “muy doloroso” lo peor está por llegar.

Buscando la comprensión y complicidad del público, la prensa vasca -la adicta y la    simplemente pelota-, nos contaba que lógicamente, pónganse en su lugar, los deseos del lehendakari de “seguir viviendo todos juntos” chocaba con los planes  de unos jóvenes que “tienen su vida hecha entre la facultad y los entrenamientos deportivos”. Hemos sido informados de que sopesando en todo momento cómo conciliar “el mantenimiento de la convivencia familiar con las responsabilidades y servidumbres del cargo” el lehendakari ha estado barajando la posibilidad de vivir a caballo entre Vitoria y Durango -aclaro para quien esté despistado que a ambas localidades sólo las separan 42 km-,  para ver más a sus hijos. Para que no hubiera duda alguna, era el propio Urkullu el que insistía en su tribulación: “Espero que la decisión (vivir en Ajuria-Enea) sea compartida por todos los miembros de mi familia. Si vivimos juntos el matrimonio pero no los hijos, o no todos, ya no voy a verles cada noche. Espero corresponder con el ejercicio de ser padre”. Y días después de la confesión de su mujer  nos confirmaba que lo del llanto familiar no era un exceso retórico o un detalle sensiblero -¡para nada!-, desvelando que  “las lágrimas seguían ante la dificultad de buscar una solución satisfactoria para todos”.

Si eso que ha insistido en contarnos el señor Urkullu es realmente un problema (¡?) cuya satisfactoria solución ve dificultosa, no podrá extrañar que resentidos y malpensados cuestionen no ya su capacidad sino la predisposición mental que se supone en un gobernante para afrontar los problemas reales que le esperan en el desempeño de su responsabilidad. Algunos hipercríticos se escandalizaron ante tan asombrosa  muestra de empatía con una sociedad que asiste, entre estupefacta y temerosa,  a los efectos de esta crisis pavorosa, con sus secuelas de desempleo masivo, falta de expectativas y  desahucios (con suicidios incluidos). Quizá esperasen una mayor sensibilidad por parte del nuevo gobernante los muchos conciudadanos -¡no digamos ya jóvenes!-, que deben emigrar para buscarse el sustento incluso si ello implica un recorrido algo superior a los tres cuartos de hora en coche que separarán a Urkullu de sus hijos.   ¡Demagogos sin duda!

 Ha sido una lástima para Urkullu que no se hubiera planteado antes por parte de la oposición el debate que Basagoiti (PP) ha querido suscitar ahora, ya tras la toma de posesión del nuevo gobierno,  sobre la inconveniencia de que el lehendakari viva en Ajuria Enea. Dice el preclaro líder popular que, con los tiempos económicos que corren y  sin la preocupación  del terrorismo,  sale caro tener ocupados a tantos policías en labores de vigilancia. Ajuria Enea debe ser  -según el parecer de Basagoiti-, sólo el lugar de trabajo del presidente del gobierno autónomo (aunque es de suponer que no por ello menos vigilado, al igual que el lugar donde viva, sea cual fuere). La reflexión, más que oportunista, me parece simplemente una tontería  y tal vez por eso no se le ha prestado mucha atención. En realidad, lo que ni Basagoiti ni ningún otro opositor quieren decir en alto es que lo preocupante, lo verdaderamente inquietante, es que todo un lehendakari que va a presumir de liderar esta sociedad del siglo XXI y asumir no sé cuantos retos  sociales se empeñe en contarnos lo muy doloroso que le va a resultar no poder arropar a sus mastuerzos veinteañeros en la cama y darles las buenas noches con un beso en la frente.

 Con esta ligera pincelada sobre la personalidad del nuevo lehendakari, no les extrañará que su gobierno sea tan gris y mortecino como él mismo: aparato en estado puro. Todos gentes de fiar. Debe ser un signo de los tiempos – o una muestra de  inseguridad -, que ante esta crisis que devora gobiernos, algunos mandamases opten por rodearse de personas que si no deslumbran por su brillantez al menos  garantizan la más absoluta fidelidad.  Tampoco habrá de sorprenderles que, en su primer acto público como lehendakari, Urkullu visitara un centro de trabajo de una conocida fundación que ocupa a  discapacitados psíquicos, donde tras poner a esa  organización -con insistencia quizá excesiva-,  como ejemplo de los valores de su gobierno  se atrevió  a pronosticar que los dos años próximos serán “duros y difíciles”, pero que si se supera esta crisis llegará al fin una coyuntura favorable en la que incluso se generarán puestos de trabajo. O sea, traduzco, que cuando las cosas dejen de ir mal, empezarán a ir mejor. ¡Eso sí que es tener visión y madera de líder!

Fue casualidad que la difusión de tan extraordinarios análisis y pronóstico apareciera en prensa el 28 de diciembre (¡le puede ocurrir a cualquiera, también a  Rajoy se le ocurrió hacer balance ese día, mira tú!) lo cual no impidió que la prensa adicta lo recogiera así: “Pocas veces un discurso tan conciso tuvo tanto calado. En su primer acto institucional como lehendakari, Iñigo Urkullu fue ayer al grano y definió de forma precisa el panorama al que se enfrentará, junto al Gobierno vasco, hasta al menos superar el ecuador de la legislatura. Y es que definió los dos próximos años como “duros y difíciles”. Urkullu avanzó incluso la fórmula con la que se podrá sortear lo peor de la crisis sin sufrir un daño irreparable por el camino: “La clave está en mantener el empleo que existe en la actualidad” (Deia, 28.12.12).

 No se puede negar que conciso sí que fue. Pero es dudoso que los vascos hayan quedado más tranquilos al conocer “la fórmula” de Urkullu. Sin duda, nos esperan tiempos duros y difíciles.

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 Estaba acabando de escribir sobre el absurdo llanto de los Urkullu cuando me enteré del fallecimiento de Rita Levi Montalcini, tras unos espléndidos 103 años; ojala hubiera sido capaz de glosar algo de la trayectoria y de su legado, pero apenas tuve tiempo de descubrir -con irritación impropia de un fin de año-, que en alguna de mis últimas mudanzas he perdido su autobiográfico “Elogio de la imperfección” (o alguien se ha olvidado de devolvérmelo). Sin duda hubiera sido mucho mejor arrancar el año nuevo  evocando la inteligencia de esta mujer  excepcional que no regodeándome ante la exhibición de estulticia de algún gobernante y sus cortesanos. En cualquier caso, y aunque sea insuficiente para redimirme de este lamentable pecado,   no se me ocurre mejor forma de expresar deseos positivos para 2013 que recordar lo que ella decía, a propósito de los errores y horrores del pasado, en una entrevista que le hizo Enric González para El País hace ya unos años:

 “….si asumimos una visión catastrofista del ser humano, estamos acabados. La vida se hace inútil. Yo también me siento interiormente incapaz de ser optimista, pero hay que serlo, cueste lo que cueste. Hay que mantener la confianza en el futuro”.

 http://elpais.com/diario/2005/05/15/domingo/1116129153_850215.html