La misteriosa teoría de los juegos

Ignacio Sánchez-Cuenca

Discúlpenme, pero hoy quiero contarles una anécdota pirrónica personal, más que nada porque muestra el nivel de degradación política e intelectual que hemos alcanzado en España en la discusión sobre terrorismo. Creo que la historia puede ayudar a entender mejor la proliferación de sandeces (motivadas por la mala fe) que se ven constantemente en los medios de comunicación tras la ruptura del alto el fuego. No es que antes no se dijeran idioteces, pero en estos días parece que todos los necios de este país se han coordinado para disparatar al unísono.Hace unos cuantos años, en 2001, publiqué un libro titulado ETA contra el Estado (Tusquets). En aquel libro utilizaba, de manera muy genérica, algunos conceptos de teoría de juegos para explicar las estrategias de ETA. Por cierto, en el libro critiqué con dureza, por aquello de ser sectario, los intentos del Gobierno de Felipe González de negociar con ETA y elogié en términos bastante explícitos la política antiterrorista del PP. Pero esa es otra historia.

Cualquiera que sepa qué es la teoría de juegos, podía ver que se trataba de un uso un tanto superficial de la teoría, muy alejado de las aplicaciones rigurosas que hacen los expertos en esta materia. Sin embargo, una tertuliana a la que le cayó una cátedra en una lotería lanzó en el ABC el rumor de que el Presidente Zapatero estaba muy influido por el libro al que antes he hecho referencia, y más en concreto por los planteamientos de la teoría de juegos. A partir de ese momento, ignorantes de muy diversa condición, con esa osadía tan frecuente entre los plumíferos españoles, empezaron a hablar de la teoría de juegos y del proceso de paz. Hasta en una tercera del ABC un arribista habló largo y tendido del asunto. El maestro pirrónico ha escrito frases inolvidables sobre este asunto. Y un tal Fernando Peregrín, pedantuelo ridículo, que escribe el inglés como Aznar lo habla, se ríe de vez en cuando de la teoría de juegos. Pero si hasta a José María Calleja, por haber escrito conmigo, le meten también en la teoría de juegos (rama monclovita). 

Nadie tiene por qué saber qué es, para qué sirve, o cómo se usa la teoría de juegos. Pero tampoco nadie tiene por qué hablar sobre esta teoría si no sabe de lo que habla. Una persona que practica el lirismo trágico sin pausa llegó a decir que la teoría de juegos es posmoderna y relativista. Y un periodista que por lo demás es extremadamente inteligente escribió el otro día esta frase: “la banda terrorista no es el tipo de actor racional de la teoría de juegos sino un agujero negro cuyas tomas de decisión obedecen a criterios imprevisibles y ajenos a la lógica de los observadores.� Es decir, como el Dilema del Prisionero, pero al revés.Este es el nivel de la discusión pública sobre terrorismo en España. Conversaciones de casino de pueblo donde unos enteradillos hablan de saberes misteriosos como la teoría de juegos. Pirronismo en estado puro.  La teoría de juegos, aclaro, es una rama de las matemáticas, que se ha desarrollado sobre todo en la teoría económica, y que estudia cómo se comportan las personas cuando la decisión de cada uno depende de las expectativas que tenga sobre como se van a comportar los demás. Pondré un ejemplo muy sencillo: un sindicato y un empresario negocian sobre el salario. Las demandas que haga el sindicato dependen de lo que el sindicato crea que el empresario está dispuesto a hacer. A su vez, las ofertas que haga el empresario al sindicato dependerán de las creencias que tenga el empresario sobre la capacidad de presión y resistencia del sindicato. Se llama teoría de juegos porque en los años veinte y treinta del siglo pasado algunos matemáticos empezaron a pensar sobre estos problemas usando el juego del póquer como ilustración.Las tonterías que se dicen sobre la teoría de juegos son sólo una anécdota. Como también es una anécdota que tantos tertulianos y comentaristas hayan caído, por segunda vez, en la trampa que les ha tendido Zapatero. Por segunda vez, al igual que hizo tras el 30D, sus declaraciones han estado calcadas de los discursos que hizo Aznar en ocasiones parecidas. Las mismas palabras sobre “errores� o “equivocaciones� de ETA al romper una tregua tienen un significado radicalmente diferente ya las pronuncie Zapatero o Aznar. En boca de Aznar son sensatez, firmeza y compromiso con la libertad. En boca de Zapatero, son confusión, relativismo y debilidad. Más pirronismo en vena.Los pirrónicos de toda condición tienen una facilidad asombrosa para coincidir en las mismas tonterías. Por ejemplo, la de que ETA estaba derrotada y Zapatero la resucitó. O la de que Zapatero tiene que dimitir porque ETA ha roto el alto el fuego. Resulta que si intentaba pactar con ETA para que no hubiera más muertos era un traidor y un felón, pero si abandona el intento de pacto peor todavía porque eso satisface a quienes ahora piden su dimisión. Si negocia, que dimita, por traicionar a los muertos; si no negocia, que dimita, por no negociar. Y a todo esto, la teoría de juegos sigue sin dimitir, y el pirronismo cada vez más exaltado.Les dejo con unas sabias pero descorazonadoras palabras de Sexto Empírico, que en sus Hipotiposis Pirrónicas dejó esto escrito: “Luego nadie sin arte deviene artífice. (…) Pues así como el ciego de nacimiento, en cuanto es ciego, no puede obtener la percepción de los colores ni, análogamente, el sordo de nacimiento, del sonido, así tampoco el que carece de arte puede comprender los preceptos del arte del cual carece. Pues, de tal modo, sería el mismo, en efecto, artífice e imperito en aquellos: de fijo imperito, puesto que así se supone; mas artífice, puesto que tiene conocimiento de los preceptos del arte. De suerte que tampoco el artífice enseña al imperito. Pero si ni el artífice enseña al artífice, ni el imperito al imperito, ni el imperito al artífice, ni el artífice al imperito, mas fuera de esto nada existe, tampoco existe el que enseña ni el que se instruye.� Quién iba a decirle a Sexto Empirico que sus profundas cavilaciones serían confirmadas en la península ibérica mil novecientos años después de predicar la doctrina escéptica.