La miseria de la tradición

Frans van den Broek

Imagine que usted está durmiendo y, en medio de la noche, escucha un ruido indefinible pero vagamente familiar en la habitación de al lado. El ruido persiste, con cierta morosidad, y suscita su inquietud. Se levanta, se asegura de no despertar a quien duerme a su lado, y va a indagar el origen de esos rumores quedos y débiles fricciones. Abre la puerta con parsimonia y al tener la cama a la vista comprueba que un hombre está encaramado sobre una joven muchacha, ocupado en el rítmico quehacer del comercio sexual. El hecho provoca su ira, obnubila su juicio por unos instantes, pero esta turbadora corriente emocional desemboca en una conclusión clara e inequívoca que se presta a ejecutar. Deja a los amantes donde están, va en busca de un palo de golf, y vuelve a la habitación, abre la puerta sin precauciones y enciende la luz: los amantes se alarman, se separan, y el hombre voltea a ver qué ha pasado, con un rostro en el que el pavor ha diseñado un diagrama de fatalidad y usted aprovecha dicho instante para propinarle el primer golpe en la frente, que lo echa de la cama, y luego el segundo, que lo deja inconsciente. La joven muchacha, una adolescente en verdad, no sabe qué hacer, se cubre, balbucea y eleva sus brazos como implorando, y usted le golpea la cabeza también con el palo ensangrentado, lo que la deja inerme sobre la cama. La golpea de nuevo para asegurarse de que no se moverá y siguiendo el curso que han labrado la ira y el destino, piensa. Pero en realidad no piensa, siente, actúa, obedece. Luego, va a su despacho y saca un bisturí de un anaquel con olor a medicinas. Se dirige al hombre primero, lo examina por un rato y procede a cortarle la yugular. Mientras se desangra, hace lo mismo con la muchacha, cuya rozagante belleza no han mermado del todo el golpe o la inconsciencia. Ve como la sangre emana del cuello, se le nublan los ojos y va a la sala, se sirve un whisky y llora por un tiempo que le parece una eternidad. Para entonces su mujer se ha despertado y está sentada a su lado también, llorando y tratando de llamar su atención, diciéndole algo que no entiende, que solo de a pocos alcanza su conciencia. Había que limpiar la escena del crimen, que fabricar una historia, que coordinar los hechos.

 Imagine ahora que dicha muchacha es su propia hija de catorce años, vivaz, hermosa, algo rebelde y contestona, pero tierna y dedicada a sus deberes. Imagine que el hombre degollado es el sirviente de la casa, ya en sus treinta, siempre atento y amable. Piense ahora: ¿qué estado mental puede llevarle a degollar a su propia hija única, por haberla descubierto practicando el acto sexual con su sirviente? ¿qué tipo de mecanismos psíquicos tienen que ponerse en operación para llevarle a ignorar uno de los lazos afectivos y sociales más primordiales del ser humano? Cada quien tendrá su respuesta y le invito a buscar la suya o, mejor aún, a buscar en sí mismo los resortes que le harían cometer un acto tan atroz, tan allende lo humano. Pero los hechos que describo arriba no son ficticios ni imaginarios, ocurren más a menudo de lo que pensamos y tuvieron lugar en un país que es casi una explicación, por desgracia: la India. Hubiera podido ocurrir en cualquier parte, sin duda, y entonces habría que buscar otras motivaciones, otros mecanismos, quizá. En la India, sin embargo, responde a algo que si bien no lo explica todo, debe, por su mismo empecinamiento y presencia en la sociedad, contribuir a cualquier explicación coherente de este y otros fenómenos allegados. Me refiero a aquello que, de muchas formas, se da en llamar tradición, al aspecto más miserable y estúpido de la misma, al más superficial y mecánico. Porque es en una tradición milenaria que se ampara el sentimiento de honor mancillado que llevó a un padre a degollar a su propia hija, un padre que no era un campesino, o un psicópata, o un enfermo. Un padre cuya educación debiera haberlo distanciado de los elementos más viles de su cultura, un dentista de éxito, adinerado y próspero, casado con otra dentista, parte de una clase media a la que se atribuye buena parte del éxito económico de su país, un hombre que ha tenido que asimilar ciertos elementos de la modernidad democrática y secular, un hombre normal, en suma, al que otra normalidad, la de las formas tradicionales y sentimientos atávicos, hizo criminal, y filicida. 

El caso ha ocupado las primeras páginas de los periódicos de la India en varias ocasiones durante los últimos cinco años, y secuestrado las noticias televisivas, pero como tantos similares, se ventilará, se juzgará, alimentará el circo de la curiosidad morbosa de los medios, y se olvidará, hasta el próximo asesinato o violación o conflicto religioso. El juicio sigue, por lo visto, y los padres han apelado su condena reciente por asesinato de su hija, pero todo el mundo está convencido de que fue el padre quien cometió el crimen, con la asistencia o connivencia de su mujer. La justicia ha probado con suficiente verosimilitud que los padres quisieron limpiar la escena del crimen, y acusar al sirviente del asesinato de su hija, o a intrusos que se supone lograron entrar a su departamento, violar a su hija, matarla, arrastrar al sirviente muerto por el departamento y llevarlo a la terraza (donde lo encontró la policía), tomarse un vaso de whisky y desaparecer sin dejar rastro y sin que los padres los oyeran. Éstos han llegado a decir que no los oyeron porque tenían el aire acondicionado encendido, con lo que además de asesinos, se han hecho cobardes por no aceptar su responsabilidad, e imbéciles, por inventar excusas tan ridículas. 

Pero lo verdaderamente triste es que no ha de faltar quienes hasta les den la razón, pues eso de mancillar el honor familiar con semejante acto venal en su propia casa solo merece dicho castigo. ¿Qué mecanismo mental opera en estos casos, repito la pregunta? ¿Cómo pueden suspenderse los recursos cognitivos y valorativos que nos hacen ser padres con la responsabilidad de cuidar por el bienestar de nuestros hijos? En nombre del honor se han cometido las bestialidades más repugnantes, como esta, pero ¿cómo se apodera de la psique de individuos normales de esta manera? Un honor que condena a miles de mujeres a la muerte o al destierro, a la vergüenza y la destitución. Los procesos sociales de inculcación de valores realizan una labor tan penetrante en el caso del honor, que le hace capaz de circunvalar toda educación, amor, piedad paternal o compasión humana para inducir a un padre a matar a su criatura, a una familia a expulsar a una violada o a la sociedad en general a estigmatizar a quien decidió ir en contra de aquella otra costumbre nefasta de los matrimonios arreglados. India es un país capaz de mandar una nave al planeta marte, y de casar a sus hijas de forma arreglada sin remilgos, donde conviven todas las contradicciones y todos los matices, desde la modernidad más extravagante hasta la tribu prehistórica. Pero en general, y a pesar de su crecimiento económico, de su secularismo, de su democracia, de su progreso social, puede decirse que el peso de la tradición aún abruma el tejido social de muchos modos y en todos los estamentos y niveles. La ley y la constitución podrán haber abolido las castas, en la realidad siguen existiendo y decidiendo el destino de la mayoría. Podrá alguien haber estudiado en la universidad y prosperado en su profesión, cualquier provocación que ponga en duda el honor le hará matar a su hija y a un sirviente sin pensarlo dos veces, con habilidad quirúrgica. Imagine ahora que es su hija la asesinada por usted, ¿en qué tipo de sociedad tendría que vivir para que algo así se le ocurra, para que algo así sea concebible en su repertorio de actos extremos? Tal vez cierto relativismo cultural sea una conquista de la globalización y de la divulgación de los derechos universales de los hombres y las culturas, un relativismo que nos hace respetar otras tradiciones en lo que son. Otra de sus conquistas, empero, tendría que ser impedir el sistema de valores que hace estos actos posibles, contribuir a su disolución. Y para ello no hay relativismo que valga. Una tradición fosilizada en esta brutalidad solo tiene que desaparecer, cualquiera que fueran sus razones.