La mentira de la tele-verdad

Frans van den Broek

Habrá quien piense que dichos programas son en el peor de los casos inocuos o tan solo mal entretenimiento, y habrá hasta quien los considere un avance democrático, una ruptura con los programas tradicionales o incluso una encarnación de la disolución de fronteras entre la realidad y la ficción, como dirían los posmodernos, no lo sé. En lo que a mí concierne tiendo a considerarlos una expresión más de la estupidez humana, tan nutrida en ejemplos que nos hace olvidar que las cosas pueden ser de otro modo y que a pesar de su prevalencia hay una diferencia fundamental entre distintas formas de operación de la conciencia. Me refiero, lo digo de una vez, a los así llamados “reality programs”, o como quiera que se los llame en castellano, aquellos en que las gentes deciden exponerse al gran público, en principio sin inhibiciones y sin tapujos, tal y como son en realidad.

Escribo lo anterior a raíz del publicitado caso de una chica peruana que decidió un mal día presentarse a uno de estos programas, llamado, con poca originalidad, “El valor de la verdad”, para contarle a todos que en lugar de ir a trabajar a un centro de llamadas, como hacía creer a sus familiares y a su pareja, iba todas las noches a trabajar como bailarina, supongo que a un lugar de mala muerte o al menos de reputación dudosa, y que había intercambiado favores sexuales por dinero. Al momento del programa el supuesto enamorado estaba presente, pero tengo la suerte de no haberlo visto, por lo que todo lo que escribo está basado en las informaciones de la prensa, que pueden ser exageraciones o distorsiones de lo que en verdad pasó. Según estas noticias, al poco tiempo de emitirse el programa, por el que los participantes reciben una cantidad bastante respetable de dinero, la muchacha desapareció. No mucho más tarde, al mejor estilo de cualquier serie de crímenes, se descubrió que la susodicha había sido asesinada por su pareja y enterrada fuera de Lima, en un lugar desolado. Lo que no se sabe con seguridad es hasta qué punto la supuesta pareja lo era en realidad o cuál fue la real motivación del crimen, si celos de hombre cuyo honor había sido mancillado o dinero, el que habría recibido en cantidad menor a la pactada al presentarse como enamorados en trance de confesión y confrontación. De modo que el famoso programa de realidades chocantes podría haber sido una ficción de principio a fin, lo cual llamaría a risa o a especulaciones posmodernas, si no fuera que una persona ha perdido la vida, una chiquilla de 19 años, guapa y desaprensiva, a  manos de un muchacho que, de acuerdo con los primeros reportes, parece un psicópata salido del manual oficial de psiquiatría DSM-IV, tan acerado es su perfil de hombre sin remordimientos, empatía o capacidad de compasión.

Pero los detalles, que seguro son horribles, quizá no los sepamos nunca y no podemos ni siquiera imaginarlos, pues este tipo de realidades superan con holgura a la fantasía, no solo en crueldad, sino en lo absurdo de las mismas, y es con una gran sensación de impotencia y de culpa que nos enteramos de ellas y nos sabemos, de algún modo, co-partícipes de las mismas. Y digo esto porque todos contribuimos, con nuestro silencio o nuestra anuencia o nuestra indiferencia o nuestra activa implicación, a perpetuar modos de valoración y comportamiento deletéreos para la mitad de la población de muchas sociedades, incluida la peruana, donde tienen lugar cientos de crímenes de género al año, en patrones que no son aleatorios y que tienen su origen en nuestros hábitos culturales y sociales. Con ello no quiero decir que el crimen de la mentada chica haya sido causado solo por el machismo o la situación de desventaja en que se encuentra la mujer peruana todavía, o por el programa de televisión en que participó, ya que son siempre muchas las razones de estos desgraciados eventos, desde las personales a las sociales, pero hace bien la sociedad peruana –como lo lleva haciendo desde ya hace un buen tiempo la sociedad española – en reflexionar a raíz de ellos, y en pensar si el desarrollo económico de que goza Perú en los últimos tiempos no va dejando cosas rezagadas, como la protección de la mujer y su emancipación de los hábitos machistas del peruano, y en meditar sobre si el enorme desarrollo de la televisión, sobre todo mediante programas de la calidad del que se encuentra vinculado a este crimen, no se ha orientado en demasía a contaminar la mente no siempre armónica del habitante del Perú con instigaciones a la morbosidad o a la curiosidad más perversa.

Se preguntará uno de inmediato: pero, ¿quién decide estas cosas? ¿No existe el peligro de enrumbar hacia la moralización, la censura, la intolerancia? Por supuesto, dicho peligro existe en toda democracia que se respete, esto es, a la que todavía nutra un espíritu ético, no meramente procesal o institucional o burocrático o político, y encontrar el balance no es fácil, pero como la propia palabra lo indica, el balance supone considerar todos los elementos en juego, ya que equilibrar algo en abstracto, o según matrices pre-fabricadas, es aun más peligroso, como lo demuestran todos los experimentos donde se antepuso la ideología y la conservación del poder a la realidad concreta. Concreta no quiere decir solo realidad material o económica, por supuesto, sino también cultural o, para decirlo con el viejo lenguaje marxista, super-estructural, pues estos niveles de la vida social son a menudo más importantes que toda la economía financiera, monetaria o industrial junta. Y es tomando en cuenta dichos niveles que me recuerdo a mí mismo que procedo de un país donde no hace mucho un alcalde fue linchado sin misericordia por una turba popular en un caso andino de Fuenteovejuna absurdo y patético, un país donde todavía hay terrorismo y modos de pensar radicales que quisieran imponer a los demás las glorias de Pol Pot, un país donde cientos de mujeres son asesinadas o abusadas cada año, siguiendo una tradición machista que vaya uno a saber hasta cuándo se remonta en el pasado. Un país en el que mi propia abuela, una de las personas que más admiro, fue abandonada por tres hombres que la usaron y tiraron después de hacerle hijos de los que nunca se hicieron cargo, en el que mi propia madre fue raptada una vez por su propio padre, sin que nadie se preocupara de hacer nada, y solo pudo regresar al lado de su madre por la persistencia numantina de su llanto, un país en el que la gente, sobre todo la gente pobre, se emborracha masivamente a niveles que hacen de los cosacos niños de teta, para luego entregarse a la violencia o el abuso, no pocas veces contra sus parejas femeninas. Un país, en suma, en buena medida disfuncional todavía, a pesar de los incontables nuevos centros comerciales, cines, discotecas, mineras, edificios, industrias, carreteras, autos y todo lo demás que se toma por progreso, y en el que dudo mucho que la contemplación de los programas como el mencionado haga mucho bien.

Es probable que el desarrollo económico, al distribuirse por la población, cambie también los modos de pensar de la gente y mejore las condiciones de los grupos desventajados, como le ocurrió a Europa y a América, algo que la globalización tiende a propalar. Pero también es probable que no. He tenido oportunidad de conversar con gente de países que han experimentado un enorme desarrollo económico, como Singapur o Corea del Sur, o incluso Japón, y mientras que las condiciones han mejorado en general, no se puede decir que hayan traído como consecuencia el abandono de modos de pensar que son desventajosos para las mujeres o algunas minorías. El caso de India puede también mencionarse al respecto, un país que sigue creciendo a un ritmo desaforado, pero en el que aún persisten las castas y la opresión de la mujer. Todas estas realidades son muy complejas, claro está, y magro servicio se hace a las mismas al simplificarlas demasiado. Pero abrigo la sospecha de que en algún nivel, por vías más o menos tortuosas, hay una relación soterrada entre la emisión de un programa estúpido como “El valor de la verdad” y el asesinato de una mujer más a manos de un enfermo celoso o ambicioso en un país donde aún hay, hermanos hombres, muchísimo hacer, como dijera alguna vez el finado Vallejo en un famoso y hermoso poema.