La marca del meridiano

Lobisón

¿Qué se puede escribir el día de las elecciones catalanas o plebiscito a mayor gloria de Artur Mas? ¿Se puede intentar escribir algo que tenga sentido 24 horas después, o analizar los antecedentes de la cuestión sin acabar corriendo hacia la caja de ansiolíticos? Abrumado por estas dudas se me ha venido a las mientes la última novela de Lorenzo Silva, séptima entrega de las  aventuras del ahora brigada Rubén Bevilacqua y la ahora sargento Virginia Chamorro, picoletos ambos. La novela ha ganado el Premio Planeta de este año, cosa de la que me alegro por el autor y puede ser significativa, pero no es el motivo del comentario.

El título procede de una señal que por la carretera entre Madrid y Barcelona marca el paso del meridiano de Greenwich, y que el protagonista utiliza como símbolo de una frontera hasta ahora sólo simbólica. Bevilacqua, al que los colegas y conocidos llaman Vila para evitar las asombrosas distorsiones que los habitantes de la península pueden lograr a partir de un nombre no familiar, sirvió un tiempo en Barcelona, a la que regresaba en La reina sin espejo (2005), y en este campo sirve de contrapunto a la reciamente castellana Virginia Chamorro.

Para quienes los hemos visto crecer y aproximarse a edades peligrosas, los personajes son no sólo familiares sino interesantes, pese a lo cual la inevitable sinopsis que Vila debe realizar de sus orígenes hispano-uruguayos, de las malas pasadas que juegan el amor y sus desdichas, y de su poco vocacional ingreso en la Guardia Civil, tras una formación en psicología, podría resultar fatigosa si no fuera el contrapunto del inesperado orgullo de cuerpo que ha desarrollado en medio de circunstancias desmoralizadoras y proclives al cinismo.

Cinismo que ha llevado a la corrupción a algunos de sus colegas. Por primera vez en la serie, en esta novela aparece el SAI, el servicio de asuntos internos de la Guardia Civil, en una trama que apunta al deslizamiento quizá inicialmente inadvertido hacia la venta del alma. El tratamiento del SAI es espectacular y casi televisivo, pero bueno, hay que creer en algo. Lo más significativo es que el pasado al que acaba apuntando la trama revela un episodio que marcó sentimentalmente a Bevilacqua, y cuya revelación refuerza el lazo de compañerismo que le une a Virginia Chamorro.

Pero lo que hace adecuada la novela para leerla o recordarla en el gran día de Artur Mas es el apasionado amor que Bevilacqua, el hombre sin patria, manifiesta y trasmite hacia Barcelona y el Mediterráneo. El afán que pone en hincharles las pelotas a los creyentes en las patrias únicas, ya sea recordando el origen borbónico de los Mossos o entendiéndose con ellos, y su meritorio esfuerzo para lograr que Virginia descubra los calçots. En fin, todo un ejercicio de amor y nostalgia para quienes, como González y alguno más, no podemos concebir España sin Cataluña, ahora que la conllevancia puede haberse frustrado.