La lírica del rostro

Frans van den Broek

Hace poco falleció el actor británico Pete Postlethwaite, conocido por su actuación en películas intensas y memorables como “Distant voices, still lives”, “In the name of the father”, “The constant gardener” o, últimamente, “Inception”. Su trayectoria podrá leerla cualquiera que use internet, y ha sido mencionada en los periódicos en su momento, pero lo que quisiera comentar a propósito de su muerte es el poder irremisible que puede tener un rostro, su capacidad para contarnos una vida con sólo ponerse enfrente de una cámara o un público. Alguna vez concibió Borges el verbo historiar, también a propósito de un rostro, cuando dice de un personaje que su cara estaba “historiada por una cicatriz”. El rostro de Postlethwaite historiaba aunque no lo quisiera, por lo que su expresividad artística, que era mucha, venía como lanzada por la energía de unos rasgos y unos gestos que parecían haberse creado para emocionar, para apelar a la conciencia de algún modo.

Machado dijo en alguna parte que a partir de los veintiún años uno era responsable del rostro que tenía y aunque no sé por qué exactamente me inclino a darle la razón. Un rostro expresa no sólo la determinación genética, aunque este factor no sea desdeñable, por supuesto, sino también los hábitos de gestualización más tenues, las tensiones más sutiles, las tendencias caracterológicas más secretas. Algunos de sus rasgos son fácilmente explicables, como la tendencia a reír, pues dicha tendencia acentuará algunas líneas mientras que dejará otras en la invisibilidad o el mero esbozo, y presumiblemente quien ríe ha de tener una personalidad más bien optimista o extrovertida. De igual modo, las tendencias a la meditación o la reflexión, a la seriedad o al enojo, dejarán algunas huellas reconocibles cuya apreciación es casi instintiva. Pero el rostro de Postlethwaite, me parece, iba más allá de estas vinculaciones causales -sociales, psicológicas o genéticas-. Con sus líneas pétreas y contundentes, parecía remontarse al origen de la humanidad, a un origen ideal donde no es posible escapar a la mirada, donde cada decisión es de vida o muerte, donde hasta el humor es proclive a la sangre y la ternura al duelo. Su rostro era un mazazo holístico, si me permiten la pedantería, en el que todo confluía a la expresión, una expresión no distraída por el artificio o el truco, y sobre todo no estorbada por las convenciones habituales de la belleza o la propiedad actoral. Usaré una imagen del momento: como tirarse a un río congelado, mientras fuera el mundo oprime a 25 grados bajo cero en un día que dicen ser la Eucaristía, pero que uno sabe es más que eso y mucho menos también. Como se suele decir: un rostro inolvidable, pero que se adhiere a la memoria como lo haría la mano de un náufrago a la mano que se le ofrece en medio de una tormenta y de la soledad del mar

Quien recuerde su rostro coincidirá conmigo en que difiere en todo del rostro de los actores famosos de hoy en día. Me refiero, claro está, a los conocidos, pues no dudo que habrá entre los otros muchos que tengan cualidades similares a la suya. Pero medite quién tenga tiempo para ello en la diferencia entre el rostro de cualquiera de las estrellas de hoy en día y el rostro de Pete Postlethwaite. Generalizar es peligroso, pero me atrevo a afirmar que la preferencia actual por dichos rostros está relacionada a la frivolización general de nuestra sociedad. Es cierto que Postlethwaite pudo hacerse de un lugar eminente en la misma sociedad, lo que contradiría lo que digo, pero podemos reforzar el argumento recordando a los viejos galanes de antaño, cuyos rostros eran más expresivos que las nimiedades de hoy en día. En otras palabras, Humphrey Bogart podría haberse perdido muchos papeles si hubiera nacido en nuestra época. Porque la capacidad de encarnar ciertos papeles depende de las determinaciones de la naturaleza, como los rasgos generales del rostro, pero también de los criterios de apreciación estéticos. Jack Lemmon, en una entrevista hacia el final de su vida, contó que cuando era joven creía que un buen actor tenía que estar en capacidad de interpretar todos los roles, cualquiera que fuera, independientemente de su rostro o complexión gestual. Al conceder la entrevista, confesó que creía haberse equivocado. Parte del éxito de una película u obra de teatro, afirmó Lemmon, estriba en escoger con cuidado al actor que interprete un papel, por lo que no podía subestimarse la valía del “casting”. Estoy de acuerdo con Lemmon, dentro de ciertos márgenes, se entiende. Ciertos rostros poseen una poesía trágica en sí mismos, apta para los papeles más intensos y dramáticos, mientras que otros incitan a la risa con sólo tenerlos delante. Desestimar estos hechos lleva a la confusión. Las necesidades del mercado del cine han producido en los últimos tiempos (y antes también, qué duda cabe) disonancias espectaculares, ansiosos como están los productores de poner a las estrellas donde sea. ¿Qué demonios hacía Brad Pitt de guerrero griego, por ejemplo, en “Troya”? ¿Quién le dijo a Keanu Reeves que podía interpretar a Buda? Por el contrario, ¿es posible imaginarse a un mejor Zorba el griego que Anthony Quinn?

No sé en qué medida su rostro debía algo a su procedencia de clase trabajadora, ya que suele decirse también que los rostros no son inocentes de referencia social o política. Aquí me viene a la mente, sin demasiadas razones, debo confesarlo, el concepto de habitus de Bourdieu, tomado de manera muy laxa, como una intersección vital de lo subjetivo y lo objetivo. Postlethwaite, es conocido, fue un viejo defensor de los derechos de los más desfavorecidos y hasta apareció en un anuncio del partido laborista para la campaña de Tony Blair. Me preguntó qué habrá pensado de la posterior evolución del nuevo laborismo, aunque sospecho su decepción. En los últimos años abrazó la causa ecologista, por simple decencia y sentido común. Vi en un programa de homenaje de la BBC que había participado en un documental ecologista que se ha hecho famoso, “The age of stupid”. En él dice: How could we willingly know that we’re going into extinction… and let it happen? Me parece que esta frase condensa su credo político también. ¿Cómo podemos dejar que acciones que llevan al ser humano a la desventaja o incluso a la miseria ocurran sin más? No me lo imagino compartiendo los aspectos más infantiles de dichos movimientos políticos, pero sí puedo imaginármelo como un defensor del sentido común, aquel que sabe que algunas acciones no admiten racionalizaciones edulcoradas ni excusas ideológicas. Si uno se cuelga de una horca, tal vez disfrute por unos segundos de la vista, pero a la larga acabará morado y tieso. Tal vez en esto consiste parte del apelativo de su rostro: en recordarnos, como diría Levinas, que el rostro, todo rostro, apela a nuestra responsabilidad como seres humanos y que esta responsabilidad implica acción, una acción que es casi siempre de orden moral o político.

El mundo cinematográfico y con él, la cultura en general, ha perdido a uno de sus mejores actores. Quizá esté en consonancia con la naturaleza de su arte que jamás haya recibido el ambiguo Oscar, aunque obtuvo otros premios y, en 2004, el título de Oficial del Imperio Británico, OBE, el cual amenazó con devolver si se admitía la apertura de más plantas de producción de energía basadas en el carbón. El mejor premio, sin embargo, será siempre el que su rostro, en sus múltiples encarnaciones, haya sido uno de aquellos que impregnan la conciencia y no la dejan incurrir en la complacencia, la indolencia o la irresponsabilidad, aun cuando no fuera más que por los preciosos minutos u horas que nos regaló en la pantalla o el estrado. Aunque estoy seguro que esto no le hará descansar en paz, pues seguirá interpelándonos mientras tengamos memoria, y tanto mejor por ello. Rostros como el suyo serán siempre necesarios.