La libertad del absurdo

Frans van den Broek

El 7 de noviembre, en su amada Argelia, nació hace cien años Albert Camus, quien fue uno de los pensadores y escritores más importantes del siglo veinte. Suele considerársele un filósofo, pero siento reticencia a usar dicha cualificación, porque lo asocia con quienes obran bajo lo que me parecen demandas distintas del lenguaje y el pensamiento. La cualificación no es falaz, por supuesto, más aun dados los giros que la escritura filosófica ha tomado desde entonces, en parte gracias a pensadores como Camus mismo, pero sugiere un rigor y un sistematismo que es hasta cierto punto opuesto a su quehacer intelectual. Albert Camus era ante todo un librepensador, un ensayista y un escritor de hermosas obras de ficción, cuya pertinencia y relevancia no ha mermado el tiempo.

Es difícil juzgar el efecto que la obra de un escritor ha tenido en nosotros cuando se lo ha leído en la temprana juventud, sobre todo después de que los años hayan añadido tantas capas de lecturas posteriores, de reflexiones, de experiencias, y diluido aquella primera impresión, llena de asombro, de deleite, de frescura. No recuerdo cuál libro suyo fue el primero que leyera, pero recuerdo que lo hice en una edición de la editorial Aguilar de sus obras completas, tal vez la serie de los premios Nobel. Si algún escritor hizo mella en mi conciencia, de modos que es ahora imposible discernir, fue este escritor intenso y singular, que supo ver con claridad lo que a otros les veló la ceguera ideológica o la mera estupidez, ilustrada o malintencionada. Me tocó leerlo en uno de los períodos más prometedores y a la vez más terribles de la historia peruana, cuando se iniciaba el proceso de recuperación de la democracia después de los gobiernos militares de Velasco Alvarado y Morales Bermúdez y se avecinaba la demencia terrorista de Sendero Luminoso, quienes anunciaban en las narices de quienes quisieran escucharles el inminente comienzo de la lucha armada, algo que nadie les creyó hasta que aparecieron los perros colgando de los postes de luz y los primeros atentados y muertos. No fue difícil que nadie les creyera, entre otras por la sencilla razón de que no eran los únicos que propalaban la necesidad de la lucha y la revolución violenta: casi todo grupo que se considerara inspirado por el marxismo advocaba por la violencia de uno u otro modo y en algún momento histórico, si las condiciones lo permitían. No es exagerado afirmar que casi toda la clase intelectual misma jugaba con la idea, si bien desde la comodidad de sus casas miraflorinas o sus mullidas poltronas, cuando no desde la cátedra o las aulas, como lo hiciera el mismo Abimael Guzmán, líder de Sendero, profesor universitario de filosofía en Ayacucho, si bien casi seguro que no lector de Camus. ¿Por qué habría de ser distinto el caso de un grupúsculo insignificante y lleno de ideas absurdas, que hacía el ridículo en las asambleas y concentraciones, y a quienes nadie tomaba en serio? Pero al final pasó lo que pasó y más de 70.000 muertos después cabe preguntarse si dichas ideas no debieran haberse tomado más en serio y confrontado de manera radical, como hizo Camus con la violencia política de cualquier signo, ideas que no debiera haberse tolerado ni siquiera de modo hipotético, pero que formaban parte del clima intelectual de entonces, un clima que llevó al mundo a justificar atrocidades de todo tipo. En dicho ambiente político e intelectual, Camus fue una voz algo insular y lúcida en extremo, que expuso sus ideas con brillantez e intensidad emocional, en ensayos, cuentos, obras de teatro y novelas. Una vez comenzada su lecturas, me costó dejarlo hasta que consumí enfebrecido toda su obra de ficción y varios de sus ensayos. Mi entusiasmo se vio alentado por mi viejo profesor de psicología y filosofía, Leopoldo Chiappo, quien aceptó que lo usara como tema de exposición en sus clases, y me permitió adentrarme en una obra llena de claroscuros y misterios, a pesar de la opinión de muchos contemporáneos, quienes consideraban a este escritor un reaccionario y un burgués. En la obra de Camus descubrí una suerte de misticismo secular, celebrador de la vida, a pesar de sus absurdos o, mejor dicho, justamente por lo absurdo de la misma, entregado el ser humano a su destino sin otro soporte que su propia conciencia y su capacidad de decisión y de responsabilidad. 

Pero las papas quemaban en Perú y los muertos seguían creciendo en una guerra absurda y celebratoria de la muerte, y aún así, no faltaron quienes siguieron justificando la violencia, quienes dudaron, quienes opusieron a la violencia más violencia, y quienes no supieron qué decir, y en este tráfago de confusiones Camus fue olvidado, sin cabida en un clima que prefería las posiciones estúpidas de un Sartre a la moderación de Camus, los malabarismos verbales de un Foucault o un Derrida a la límpida prosa de este escritor nacido en una Argelia aún francesa, que murió demasiado pronto y de manera tan absurda e irónica como lo hizo, en un accidente de tráfico. Un escritor al que el tiempo ha vindicado, si es que necesitaba tal vindicación.

Quizá la imagen de su obra que ha perdurado con más insistencia en mi memoria sea la de Sísifo, el personaje mitológico que Camus utilizara para ilustrar su concepción del absurdo y de la situación del hombre en un mundo en el que Dios ha muerto y no hay instancias metafísicas en las que podamos ampararnos. Sísifo se ha revelado en contra de los dioses y por ello es condenado a empujar una piedra enorme a la cima de una colina, solo para verla caer de nuevo y tener que comenzar, así por la eternidad. Nada puede hacer para remediarlo, pues son los dioses quienes lo han condenado y su castigo es irremisible. Sin embargo, y la frase ha resonado para siempre en mi memoria, Camus termina su bello ensayo con las palabras: il faut imaginer Sisiphe heureux, hace falta imaginar a Sísifo feliz. Condenado a un castigo absurdo, lo único que puede hacer Sísifo es ejercer su libertad de decisión en el único predio que le queda, su conciencia, su alma, su actitud para con el mundo y el destino que le toca. Sísifo decide entonces amar su piedra, hacerla suya, celebrar su solidez, su presencia inevitable, amar el sudor que le causa empujarla, amar la vida que aun tiene y que dedicará para siempre a empujarla, amar el sol que le quema las espaldas, la arena que se opone a su marcha, los músculos tensos y la colina, el cielo y la caída. Sísifo decide ser feliz, a pesar de todo. Recuerdo que este texto de Camus me causó estupor, azoramiento ante una conclusión tan disímil de lo que había pensado hasta entonces. De muchas maneras, nuestra cultura asocia la felicidad con las condiciones materiales de nuestro destino, con el éxito en nuestros quehaceres mundanos o, de otro lado, con la recompensa en la otra vida. Y asocia la transgresión con el castigo y la culpa, el sufrimiento con la infelicidad, cumplir una pena con la miseria. Pero he aquí que Camus hace responsable al hombre de su felicidad, cualquiera su destino, es más, lo hace responsable de su destino en la medida en que lo hace suyo, en que se atreve a hacerlo suyo, sin otra arma que su propio libre albedrio. Camus revive el epicureísmo y estoicismo de la antigüedad, pero desprovisto de toda referencia metafísica e insuflado de goce mediterráneo, solar. Recuerdo también la controversia que causó este texto en la clase cuando lo expuse. Algunos consideraron esta actitud cobarde, pasiva, indiferente. Otros urgieron a Sísifo a rebelarse de nuevo, a intentar escapar de su piedra. Alguien dijo que había que considerar a Sísifo infeliz, desgraciado. Confieso que no supe con claridad qué pensar al respecto, hasta que me tocaron mis propias piedras, mi propio sol quemante, mi propia arena espesa. Fue entonces que recordé al viejo Sísifo y me di cuenta que algunas filosofías, algunas ideas, no son para el deleite intelectual tan solo, sino que hallan su justo lugar en la experiencia, en la corriente ineluctable y fortuita de la vida. Es cierto que nada puede prepararnos para los golpes del destino, pero a veces algunas palabras, algún libro leído tiempo atrás renacen en nuestra alma y nos ayudan a seguir viviendo. Pero enfatizo el sinsabor con injusticia: Camus fue un vitalista, y si usó a Sísifo para ilustrar sus ideas, no fue porque se inclinara al nihilismo o a la oscuridad. Muchos de sus textos son perlas de luz mediterránea, que nos enseñan a amar la vida, una vida que no debemos entregar a promesa ultramundana ninguna y menos aún sacrificar en nombre de ilusiones ideológicas. Su compromiso político fue con la libertad y la justicia, pero también con el deleite moroso de los sentidos. Para ello la rebeldía eterna contra toda imposición ajena, una rebeldía que le roba a los dioses el castigo y lo convierte en destino elegido, en felicidad, en piedra y sol y arena luminosas. Quizá sean pocas cosas más las que pueda enseñar la filosofía, no lo sé. Pero si hay una verdad fundamental que aprender de la misma es esta: nada nos exonera de nuestra responsabilidad para con los demás y para con nosotros mismos. Cualquiera las circunstancias, fueran las que fueran las condiciones, seremos responsables de al menos una cosa: nuestra conciencia.