La leyenda del tiempo

Senyor_J

Me confieso sin palabras. Sin nada que decir. Completamente embotado por la contaminación atmosférica, acústica, lumínica y desde luego política. Todo está tan tremendamente contaminado que me voy a poner a cantar:

A mon dernier repas

Je veux voir mes frères

Et mes chiens et mes chats

Et le bord de la mer

¿Recuerdan esta canción los más veteranos? Jacques Brel, ¡Qué tiempos aquellos, eh! Ahora alguno se caería de la silla escuchando algunos versos:

“J’insulterai les bourgeois

Sans crainte et sans remords

Une dernière fois”

Pero bueno, son canciones muy viejas. En aquel entonces los socialistas aun no habían renunciado ni al marxismo ni a la autodeterminación, así que miren si ha llovido. De hecho ni siquiera había sucedido el Mayo del 68 cuando se publicó. Nosotros estábamos en pleno desarrollismo Marca España a base de 600 y los Beatles no habían alcanzado todavía su plenitud. Corría el año 1964, ¡qué tiempos! Aunque los tengo un poco olvidados, no en vano me faltaban todavía diez años hasta mi nacimiento.

Pero recuerdo como si fuera ayer mi llegada al mundo en el año 1974. Para entonces los parecidos con lo que sería el futuro eran más notorios que nunca, porque se conspiraba contra los secretarios generales con el mismo arte que ahora, aunque con un acento más alemán. Era el año en que Bob Dylan llamaba a la puerta del cielo, pero nadie respondía, un poco como sucedía con los chistes de Gila, que para rellenar tenía que hacer ver como que hablaba. Recuerdo perfectamente aquellas primeras palabras que yo creía que eran de amor maternal nada más salir del útero. Creía oír a mi madre decir que me amaría con locura, pero no era su voz sino la de las Grecas y el acento carnal de dicho amor rápidamente me dio a entender que eso iba de otra cosa que algún día comprendería en toda su complejidad. Asistí poco después con ilusión a la primera y última felicitación navideña del Generalísimo, que optó por morirse y dejar paso a la demos-cracia, aunque muy transicionada.

Diez años después tenía, valga la redundancia, diez años y vivía en 1984, el año del 12-1 entre España y Malta, un partido que algunos aseguran que estuvo amañado como nuestra demos-cracia, al mismo tiempo que otros niegan la afirmación y reniegan de la comparación. Era el año en que The Boss se declaraba nacido en los USA, y nosotros, más modestos y más de Movidas, nos recreábamos en la escuela de calor. Eran tiempos de Felipe y felipismo, en los que España navegaba con un rumbo mucho más claro hacia la reconversión industrial que hacia los 800.000 puestos de trabajo. Si sería grande ese año, que fue en el que se fundó el Partido Comunista de los Pueblos de España, mítica organización que aun sobrevive en las papeletas de no pocos comicios. Roberto Carlos quería tener un millón de amigos y yo también, pero ni imaginándolos me salían, y amigas ya ni te cuento…

Aceleró el tiempo su paso y cuando nos dimos cuenta estábamos en 1994, paseando por una vieja universidad, que sin duda no lo debía ser tanto en 1984 o 1974. En mi todo era diferente, pero anda que lo que había fuera… Ese fue el año de los GAL y el señor X, el momento en que se iba sedimentando el mito de la pinza PP-IU, pero ante todo triunfaba el tabaco, puesto que Celtas Cortos creaban su inmortal “tranquilo majete“, esa canción que deja a la mayoría de los jóvenes como unos vagos teleadictos y a una selecta minoría como ilustrada y contestataria. Un poco lo que listos y listillos piensan siempre, pero en este caso lanzado contra un grupo social fácilmente atacable. Yo me los miraba de reojo y pensaba que prefería aquel rey que tenía tres hijas, las metió en tres botijas y las tapó con pez, al que cantaban algunos años antes, no sé si porque vitalmente me sentía algo más fuerte y renovado que en ese túnel universitario donde la vida se convierte en una ficción. Éramos también un país que se declaraba en huelga general pero ya sin el ánimo de unos años antes y luego tampoco fuimos a mejor en ese sentido. Menos mal que Bruce, al menos, aun seguía por ahí.

¿Y el 2004? ¿Qué decir de 2004? Un desastre… Tú decías: “¡Canta!” Y te gritaban: “Bulería, buleriaaaaa” o te salían con no se qué de una camisa negra que estaba negra porque el amor estaba de luto. Para morirse… Pero bueno, era 2004, tiempo de perfiles bajos y de felicidad de perfil bajo: no en vano Llamazares lideraba las izquierdas y Zapatero sacaba la cabeza. El socialismo estaba contento y mis coetáneos también, convencidos de que la treintena aun era un tiempo de plenitud, incluso de revitalización. Luego descubriríamos que era muchísimo peor que la década anterior e incluso que la siguiente, un espejismo a la altura de la era Zapatero, tan ficticia e ingenua como lo que crees que eres cuando tienes 30 años. ¿Si no, como se explica que nos fiásemos hasta de la IU de Llamazares? Ni a nuestra juventud de entonces, ya en vías de extinción, podemos echar la culpa de eso.

Miren si fue mala la treintena, que los de mi generación llegamos a los 40 arrasados, tanto por nuestro no saber hacer las cosas mejor como por la pertinaz crisis. Tuvo que venir un tipo a renovar el triste panorama en que habíamos convertido lo político, para entonces en manos de unos seres tristes pero que muy tristes. Era 2014: con una sonrisa traviesa y un verbo encendido, Pablo Iglesias sacaba la coleta y España volvía a sonreír. Cambiar a Pablo Iglesias por Llamazares o Cayo Lara era tan bueno para nosotros, como cambiar a Bisbal por Shakira y su La La La, ni que fuera porque salía Piqué en el videoclip. No en vano éramos la España heredera del 15M y del título mundialístico: todo molaba cada vez más, aunque no a todo el mundo, porque el prusés estaba ya en plena efervescencia en los campos catalánicos. Gozamos de todo lo que había de maravilloso pero como siempre pasa, nos había de acabar arrasando lo que teníamos de cutres.

Y por fin hemos llegado a 2024. Si los 30 fueron una mierda y los 40 una decepción, preparémonos para los 50. Con Cospedal de presidenta, con Trump de presidente perpetuo, con la Merkel todavía reinando, todos los Beatles y los Rollings ya muertos y con Pedro Sánchez inaugurando su octavo año conduciendo por España para reunirse con militantes, mientras Pablo se relaja en las aulas universitarias y Albert va ya por el tercer ministerio con el PP. ¿Qué nos queda? Pues siempre nos quedará mirar atrás, hacer caso al fallecidísimo Leonard Cohen y aceptar que la demos-cracia no es más que algo que siempre está llegando. También comprender que no podemos ser más que el material del que estamos hecho. Aceptar que nuestra vida es como la visita a una exposición de la que una vez vista se puede salir sin mayor inquietud y que cuando movemos algún objeto que no nos gusta como está puesto, siempre viene un vigilante a devolverlo a su posición original. O que somos incapaces de ponernos de acuerdo en cómo cambiar algo pero que no tenemos dificultad alguna en decidir que se quede como está. Así somos nosotros y así es el tiempo, la leyenda del tiempo. O igual soy y yo mis 50 los que me hacen hablar así. Miedo me dan los 60.