La ley, ¿qué ley?

Dagfinn

“Dudar de todo o creérselo todo son dos soluciones igualmente cómodas que nos eximen de reflexionar”.

La ciencia y la hipótesis, Henri Poincaré (1902)

El asunto que me ocupa esta mañana es el siguiente. Desearía abordar el tema de la psicopatología, una forma particular de sufrimiento emocional y su relación con el entorno sociocultural en el que se desarrolla. No pretendo hacer un repaso de la psicopatología hasta la fecha, pero sí me interesaría plantear un tipo de malestar que hoy en día aparece con mayor frecuencia en muchas de las consultas psicológicas y psiquiátricas, así como el papel que puedan estar jugando los cambios socioculturales en su aparición y mantenimiento.

¿Puede ser que a cada época le corresponda un modo de manifestar el malestar psí­quico de forma diferente? No soy el único que considera en la actualidad a los trastornos límite de personalidad o personalidades borderline como la configuración psíquica más significativa de nuestros tiempos. Hasta Woody Allen parece constatar esta diferencia y así sus personajes también se han ido deslizando desde el neurótico de libro hacia los personajes más frágiles e inestables de sus últimas entregas.

 Inicialmente, cuando se comenzó a pensar e identificar esta estructura de personalidad, surgió como bisagra entre el eje neurosis Vs psicosis, es decir, las dos clásicas estructuras de personalidad que dominaron todo el siglo pasado. En la actualidad no se plantea como una concepción dualista entre neurosis y psicosis, sino como un continuo en donde aparecen las tres estructuras de personalidad, a saber: neurosis/neuróticos, trastornos narcisistas de la personalidad/ personalidades borderline y psicosis/psicóticos, sin considerarlos compartimentos estancos, sino más bien como una pluralidad de organizaciones mentales susceptibles de articularse unas con otras. Obviamente esto no quiere decir que un sujeto va saltando de una estructura de personalidad a otra según las circunstancias, pero tampoco se debe hablar de estructuras rígidas, inamovibles y cristalizadas en un momento concreto del desarrollo de un individuo.

 Una aportación fundamental de la teoría psicoanalítica es la de hacer una distinción entre las estructuras de personalidad, el funcionamiento mental y la sintomatología, pues un mismo síntoma puede encontrarse al servicio de diferentes estructuras de personalidad, es decir, el síntoma no es lo fundamental o por lo menos no es el último eslabón de la cadena psicopatológica. La angustia, por ejemplo, se puede entender como un temor a la fragmentación, aniquilación o la confusión entre el mundo interior y el mundo exterior en una estructura de personalidad psicótica, por el contrario, en los trastornos narcisistas la angustia se asocia a sentimientos de vacío o el temor por el abandono y, finalmente, en la neurosis aparece ligada al temor al castigo, sentimiento de fracaso o de culpabilidad. Conocer y asumir esta distinción es crucial para establecer una valoración acertada y diseñar una intervención ajustada a las necesidades del paciente.

 Quizá tengamos mejor ocasión para profundizar en la neurosis o psicosis en otro momento, pero hoy me gustaría centrarme en los trastornos narcisistas de la personalidad, las personalidades límite o borderline (TLP).

 Como indicaba al comienzo, si a cada época le acompaña su psicopatología y los trastornos límite aparecen como entidad propia a partir de finales de los años cincuenta del pasado siglo, esta se ha erigido como una de las cuestiones que más investigación y desarrollo acapara en nuestro tiempo. Los estudios sobre este tema como los de J. Bergeret, L. Cancrini, B. Grunberger, J.G. Gunderson y O. Kernberg son diversos y muy interesantes al tratar de conceptualizar y aportar nuevas formas de intervención para situaciones clínicas antes desconocidas. Hay que resaltar que a día de hoy en nuestro país existen muy pocos recursos tanto a nivel público como privado para atender la demanda que genera esta patología. La mayoría de los centros de la red de servicios públicos de la Comunidad de Madrid se dirige a recursos para pacientes con trastorno mental grave y duradero, es decir, psicóticos de larga evolución, tanto en régimen de internamiento como ambulatorio. Por otra parte, y aunque a nivel privado existen pocas unidades capaces de ofrecer una atención lo suficientemente estructurada y contenedora para atender a los (TLP), es verdad que en los últimos años se están dedicando esfuerzos por ampliar la red de atención sobre todo desde los servicios mixto, público y privado.

 Hoy en día los pacientes que adolecen de este malestar experimentan una amenazante sensación de vacío, por lo general no pueden aprender de los demás, tienen una inmensa necesidad de estimulación, sienten que la vida no tiene sentido y es frecuente que se sientan aburridos. Su funcionamiento depende de la gravedad de su patología, que va desde un rango de personalidades casi “normal” hasta un funcionamiento abiertamente desorganizado. En el caso de estos últimos, se observa con frecuencia una escasa o nula capacidad para tolerar la frustración, un compulsivo consumo de sustancias, adicciones, severas alteraciones de conducta tanto en el entorno laboral como familiar y puede llegar a establecer una similitud con el padecer psicótico e incluso la psicopatía. Por el contrario, aquellos que presentan un elevado funcionamiento, es decir, con menor grado de patología, parecen adaptarse a la realidad social, tienen poca conciencia de su enfermedad a excepción de la crónica sensación de vacío o aburrimiento y una desmedida necesidad de aprobación y de éxito. También presentan una incapacidad notable para manifestar empatía y asignar un valor emocional a sus relaciones con los otros. En definitiva, se podría resumir lo esencial de los trastornos límite de la siguiente manera: debilidad o ausencia de represión, falta de tolerancia a la frustración, omnipotencia, ausencia de control de impulsos, débil desarrollo de los procesos de sublimación, pseudocomprensión de sí mismo sin un reconocimiento real de su situación conflictiva, serias dificultades para el desarrollo de relaciones interpersonales basadas en el reconocimiento y la reciprocidad. Es importante destacar que no se produce una pérdida del sentimiento de realidad ni alteración formal de los procesos básicos de pensamiento.

 Vayamos entonces al centro de nuestra reflexión: ¿Qué hace que esta particular estructura, esta organización psíquica, sea una patología actual? Sin entrar a valorar la situación actual como lo haría un sociólogo, ni tratar de dar respuestas que desconozco, sí puedo plantear alguna idea y animo a los lectores de Debate Callejero a unirse a esta reflexión.

 Es probable que alguno de ustedes habrá escuchado la siguiente frase en relación a los avances en tecnología: “Cuando un aparato X sale al mercado, este ya está caducado”. Es probable que sea una frase sin mayor importancia o incluso mentira, pero ¿qué ocurre cuando un individuo se pone a la cola de un megastore para ser el primero en comprar un aparato que ya está caducado en el mismo momento de consumar la transacción? Da la sensación de que hay que llenar un vacío insaciable con todo lo que supuestamente aporta un valor añadido al individuo. Podríamos sugerir la idea de que nada es suficiente y en el mismo momento de adquirir aquello que se desea pierde su valor por una nueva “necesidad”.  Por otra parte, ¿qué ocurre cuando un profesor de secundaria no puede reprender a un alumno por temor a la respuesta de los padres? No es casualidad que un colectivo como el de los profesores de infantil y secundaria sea en estos momentos uno de los que más acuden a consulta por bajas laborales asociadas al estrés que provoca enfrentarse a sus alumnos y los padres. O ¿qué sucede en la actual crisis económica para que ciudadanos, empresas y administraciones públicas estén endeudados a unos límites incapaces de asumir?

 En cuanto a la relación padres e hijos se ha pasado de una situación excesivamente totalitaria y directiva respecto a los menores hasta el polo opuesto, en el que los padres y cuidadores se muestran en muchas ocasiones incapaces de educar y estructurar el desarrollo de sus hijos. Entiendo que el valor fundamental de los padres respecto a la educación de sus hijos consiste en dotarles y facilitarles las herramientas necesarias para que estos alcancen un desarrollo adulto en condiciones de valerse por sí mismos, consigan la capacidad de establecer relaciones interpersonales de carácter reciproco y suficientemente satisfactorias, así como el estímulo y búsqueda de superación ante la adversidad y la interiorización de valores éticos para la convivencia en comunidad. Educar y cuidar requiere entrar en conflicto en muchas ocasiones, enfrentarse a situaciones de tensión. Parece que de un extremo se pasa a otro sin posibilidad de encontrar un punto medio para la crianza de los niños, en donde sea posible la intimidad de la pareja respecto a los hijos, se establezca claramente la diferencia de generaciones, el necesario ejercicio de autoridad o la asunción de la pérdida de los hijos desde el mismo momento del nacimiento hasta que  alcanzan a marcharse de casa, ofrecerles la posibilidad de asumir tareas y responsabilidades adecuadas a su periodo de desarrollo, asumir la independencia y autonomía de los hijos frente a los deseos e ideales de los padres, etc.

 Desde luego el tema es complejo y daría para más de un artículo, pero no me gustaría terminar esta reflexión sin atender por un momento a una situación personal que guardo como un tesoro en mi memoria. No debía de tener más de seis o siete años cuando me encontraba en casa de mis abuelos. Mi abuelo se disponía a salir de casa en coche acompañado por una persona que trabajaba para él y me preguntó si quería ir con ellos. Siempre disfruté muchísimo acompañando a mi abuelo en sus paseos, en sus recados, así que no dudé en unirme a la expedición. Mi sorpresa fue que al subir al coche mi abuelo me dejó solo en el asiento trasero. Yo le pregunté que por qué no venía conmigo atrás y él me dijo contundentemente que eso sería una grave falta de respeto hacía la persona que conducía. No me di por vencido e insistí: cuando vas con la abuela, os sentáis juntos atrás, ¿por qué eso no era una falta de respeto?, le solté yo, a lo que me contestó: tú eres un niño, así que o te montas atrás o te vuelves a casa. Desde luego ese día me subí en el asiento trasero muy compungido y confuso. No recuerdo nada más de lo que ocurrió después, pero desde luego, seguí disfrutando del cariño y la compañía de mis abuelos durante muchos años. Sí puedo decir que he rememorado esta escena en numerosas ocasiones y en cada momento ha adquirido un significado diferente como uno de los hitos que más ha influido en mi desarrollo, y con el paso de los años cada vez que la rescato continúo asombrándome y emocionándome.

 Con esta breve viñeta deseo ejemplificar la importancia que tiene colocar/situar al niño en su lugar, sin temor y sin violencia pero con autoridad y cariño, de ese modo, el adulto otorgará un espacio propio al menor y le permitirá tolerar la frustración y asumir los límites de la realidad externa.