La legislatura ineludible

Senyor_J 

En estos tiempos de negociaciones para formar gobierno, el panorama político parece poco despejado. Ha trascurrido más de un mes y medio desde las elecciones generales y la forma que va a cobrar el nuevo gobierno sigue siendo incierta. El bueno de Mariano Rajoy le transmitió en un par de ocasiones al Rey que no lo veía claro y que necesitaba más tiempo, pero Felipe, ni corto ni perezoso, optó por dejar el encargo en manos de Pedro Sánchez y por ahí transita ahora la misión de ponerse al frente del destino de España.

Que sea ahora el turno de que Sánchez juegue su mano no implica ni mucho menos que vaya a salirse con la suya. La propuesta inicial de pretender cuadrar un gobierno de la mano de Ciudadanos y Podemos es absolutamente tramposa, como acertadamente señalaba Drodri el pasado martes. Puede ser con uno  con otro, pero no con los dos a la vez ni tampoco solamente con uno de ellos. Y si esa suma no cuadra, a Pedro tan solo le queda la opción de dar forma al gobierno de progreso  con Podemos o de girar hacia el otro lado del espectro para encontrarse con Ciudadanos y PP.

La formación del gobierno de progreso es un reto político mayúsculo y eso es precisamente lo que parece hacerlo inviable. Ante dicha posibilidad el PSOE presenta dos escollos casi insalvables por separado y que, para más inri, en este caso deben abordarse conjuntamente: el asumir un tipo de agenda reformista con unas claves que van mucho más allá de lo que el PSOE se siente capaz de asumir y acercarse a la lógica de la plurinacionalidad en cuanto a la cuestión territorial. Representaría ni más ni menos que saltarse alguna línea roja defendida con ahínco en campaña y los últimos año. Demasiado pedir para un partido con una crisis multinivel galopante (de dirección, de cohesión interna, electoral, ideológica…), que ocupa la segunda posición en cuanto a resultados pero que apenas cuenta con el 25% de los escaños del hemiciclo. No obstante, el intento de conseguirlo no es tan solo una gesticulación: es la forma que tiene Sánchez de emanciparse de sus enterradores y de alcanzar el Gobierno. En el otro escenario lo tiene bastante más difícil para salvar la vida.

Los acuerdos con los otros dos grandes actores del hemiciclo, PP y Ciudadanos, son un campo de minas para un PSOE que ambicione la presidencia. Por mucho que el turno este en manos de Pedro, un doble fracaso en el voto de investidura le condenará a perder su gran oportunidad y pondrá en serio peligro su continuidad al frente de la formación socialista. Una vez que el acuerdo con estas dos fuerzas sea el único posible, el PSOE no tendrá ninguna posibilidad de liderar nada y la capacidad efectiva quedará en manos del PP. Los embajadores populares no están perdiendo el tiempo: mientras Sánchez hace como que quiere cortejar a Podemos y Ciudadanos,  es indudable que PP y Ciudadanos andan madurando sus puntos de acuerdo en reuniones secretas, pero lo fundamental es que sería inexplicable que el PP se aviniera a apoyar un gobierno de Sánchez y la geometría variable no da para más. Pedro, tras haber accedido a intentar la investidura, no sé si es consciente de que probablemente le toque pasar por eso, pero cuesta imaginar que no se dé cuenta de lo tocado que va a quedar si al final le toca aplaudir a un presidente del PP. Y si no lo viera, pues bueno, ya se sabe que son tiempos veloces, en los que se hace política como si no hubiera un mañana. También hay que reconocerle que lo suyo es pura voluntad de ser y eso a veces te da el impulso necesario para superar un escenario, por adverso que sea.

Así las cosas, vamos quemando etapas y acercándonos  a ese resultado final que no se visualiza aun pero que supone mantener al PP en el Gobierno, más o menos vigilado por Ciudadanos y PSOE. Esto no es una partida de póker si no una de mus, en donde la gente va envidando y envidando hasta que alguno hace el envite final y triunfa o lo pierde todo. El caso es que Pedro ya va camino del órdago y los otro dos se lo van a aceptar. Bueno, eso si no se vuelven a convocar elecciones, ¿no?

Pero más bien va a ser que no. Los distintos actores han necesitado su tiempo para asumir la nueva realidad electoral y eso alarga las cosas, pero si la situación es nueva para todos, también lo es para el electorado y ahora mismo la sociedad no va a ver con buenos ojos un adelanto electoral. Más aun cuando las encuestas subrayan que los nuevos equilibrios resultantes no diferirían mucho de los existentes actualmente. El problema principal es que para que dichos equilibrios cambien no basta con que los partidos digan que han sido incapaces de ponerse de acuerdo, sino que es necesario que se abra un periodo legislativo donde eso se haga evidente y donde los ciudadanos puedan cambiar su voto según lo observado. Primero habrá que hacer honor a aquello de que la política es el arte de lo posible, aunque lo que sí que parece evidente es que no cabe esperar grandes cosas de esta legislatura. La forma que cobró el proceso de formación de gobierno en Cataluña no es que marque el camino, pero sí que manda una señal de cómo se resuelven estas cosas: con acuerdos tardíos (en ese caso, in extremis) y mediante la creación de un escenario de varios partidos gobernando donde parece que van a pasar cosas pero en el que en realidad no va a pasar nada importante.

Es una pena que la cosa no dé para más. Los planteamientos de Pablo Iglesias, tan denostados por opinólogos y viejas guardias, ofrecen verdaderamente una gran ocasión para la regeneración política en clave reformista pero dirigida a alcanzar acuerdos profundos. Formular la necesidad de  un gobierno de coalición, declinado en equipos ministeriales plurales y articulado alrededor de un programa de cambio, ofrecería enormes oportunidades para salir del atolladero en el que nos han ido dejando la crisis de 2009, Zapatero con su reforma constitucional y Rajoy cada vez que se levanta por la mañana siendo presidente del gobierno. La sociedad está también madura para ello, pero no un PSOE que vive atemorizado por el sorpasso, que tiene a la vieja guardia sublevada, que a menudo vive cualquier invitación al acuerdo como una agresión y que tiene tras de sí a una enorme casta de políticos anquilosados, opinólogos y lobbies varios que no hay quien se la saque de encima. Solo si algunos se dan cuenta que Felipe, Guerra, Corcuera, los editoriales del País y un largo etcétera se sitúan actualmente en la derecha política y en la bunkerización , como el tema territorial ya hace años que viene poniendo en evidencia, será posible que exista oportunidad de algo decente a corto plazo. Ahí Pedro Sánchez igual tiene algo que decir.