La izquierda y las palabras

 drodrialbert

La victoria de Syriza en Grecia es sin duda una buena noticia, que en España ha sido acogida con entusiasmo entre aquellos que proponen un cambio social. Pero resulta curioso como diversas fuerzas políticas intentan apropiarse de este triunfo y como se recurre para ello al lenguaje. ‘Syriza’ es de izquierdas, dicen unos, y no les falta razón pues así se autodefine. ‘Syriza’ defiende a ‘los de abajo’  y es el triunfo del sentido común, claman otros. Así pues, ¿izquierda, ‘los de abajo’ o sentido común? Y es que es una tradición entre los partidos progresistas contraponer términos que en realidad son compatibles. ¿O acaso la izquierda no defiende a ‘los de abajo’? ¿O acaso la izquierda no realiza propuestas de sentido común en un momento de crisis tan terrible como el actual?

La trayectoria de políticos y académicos de izquierda está plagada de debates en exceso nominalistas. ¿Hablamos de Países del Sur o del Tercer Mundo? ¿O mejor utilizamos los términos de Centro y Periferia? ¿O simplemente pobres? O bien, para que no suene peyorativo y destacar el carácter explotador del sistema, ¿empobrecidos? ¿O subdesarrollados, como indican los organismos oficiales? Para referirnos a España, ¿es correcto hablar de patria? ¿O mejor usamos los términos país o nación? ¿Y Estado, para destacar su carácter plurinacional? Cuando hablamos de unos ingresos mínimos para la población, ¿hemos de decir renta básica,  renta mínima o renta de ciudadanía? Y así podemos poner ejemplos hasta el infinito.

Quién ha participado en Congresos, Asambleas o Conferencias de diversas organizaciones de izquierdas, sabe que muchas veces en los escritos  se tiende a analizar hasta la exageración cada oración, cada término e incluso los signos de puntuación. Aparecen enmiendas interminables cuya retirada se implora para poder entrar en el terreno de lo sustancial. Las transacciones que intentan contentar a todo el mundo se acaban convirtiendo en parrafadas ilegibles e incluso incoherentes. En definitiva, somos unos auténticos expertos en la exégesis de todo documento que tiene el infortunio de caer en nuestras manos.

No quiero decir que las palabras no sean importantes. Reivindico la izquierda, me parece evidente que existe la lucha de clases y creo que es erróneo establecer estrategias en sentido contrario. También pienso que debe utilizarse un lenguaje claro y preciso. Y que es legítimo buscar aquellos términos que más conecten con la ciudadanía, siempre que no desvirtúen el significado último de lo queremos decir. En este sentido, el discurso no debe someterse al marketing, pero algo de técnicas de comunicación nunca está de más. Lo que en realidad critico es caer en debates bizantinos que muchas veces nos impiden ver el fondo de cuestiones que son vitales.

En los últimos meses volvemos a padecer estos interminables debates nominalistas. Cuando Izquierda Unida habla de romper con el régimen, otros salen y prefieren usar el término ‘casta’, que más allá de lo afortunado que resulta viene a significar lo mismo. Y cuando unos hablan de clases, otros prefieren el mencionado término ‘los de abajo’, que para sus detractores suena en exceso paternalista. El debate es viejo. Recuerdo que cuando el magnífico filósofo Paco Fernández Buey usaba este término algunos ya manifestaban su descontento.

Desde la humildad de estas líneas, propongo que cambiemos un poco el foco de la discusión, y que comencemos a debatir el programa, las propuestas políticas, el fondo de las cosas,  y luego busquemos las  palabras y los discursos que de manera consecuente lo acompañen. Volvamos al ‘Programa, programa, programa’ que proclamaba Anguita, uno de nuestros dirigentes más lúcidos. Por ejemplo, ¿qué hacemos con la deuda de España? No tiene sentido hablar en términos genéricos de condonación, quita o reestructuración, hay que concretar un poco más (aconsejo escuchar atentamente a Alberto Garzón sobre este asunto). ¿Cómo garantizamos unos ingresos mínimos y para quién? Luego ya veremos cómo lo llamamos. ¿Qué hacemos con las libertades básicas y con los derechos sociales? ¿Cómo concretamos la progresividad fiscal? ¿Qué modelo de Estado queremos y cómo se reparten las competencias? Buscarle un nombre a todo esto es importante, pero colocar etiquetas sin contenidos definidos no creo que sirva sino para confundir al personal.

Una vez debatido el programa de lo que es fundamental, tendremos que analizar el grado de coincidencia conseguido, y en base al mismo hablar de confluencia, convergencia, frente popular, nuevo espacio, polo alternativo o lo que sea. Porque plantear esto último sin discutir lo primero no creo sinceramente que nos lleve a nada provechoso. Y si finalmente se consigue alguna forma de unidad, hecho que me parece totalmente deseable, ya hablaremos de si se hace mediante coalición electoral, con  más o menos siglas, con partido instrumental o agrupación de electores. Las palabras son importantes, pero no pueden estar por encima de aquello que realmente quieren decir, pues en última instancia nos estamos jugando la dignidad de muchas personas e incluso la misma Democracia.