La izquierda y la campaña negativa

Ignacio Sánchez-Cuenca

La celebración del segundo debate sobre la alcaldía de Madrid ha producido gran revuelo y ha ocupado todas las portadas por la insistente pregunta que le hizo Miguel Sebastián a Alberto Ruiz Gallardón sobre su relación profesional con una persona imputada en el sumario de la operación Malaya. Ha habido reacciones histéricas y petulantes: ahí está el editorial de ayer del ABC, usando palabras muy gruesas para destrozar la imagen del candidato socialista; ahí está Cobo, el número dos de Gallardón, que insultó gravemente a Sebastián a la salida del debate y a punto estuvo de agredirle físicamente. Resulta gracioso ver el tono ofendido de la derecha por recibir un poco de la medicina que ellos administran día sí, día también. Sí, la misma derecha que, gracias a la mediación de constructores, sobornó a dos diputados en 2003, forzando una repetición de las elecciones autonómicas.

La derecha está intentando desviar la cuestión haciendo creer que Sebastián se metió en la vida privada del alcalde, rompiendo así una norma no escrita pero respetada según la cual los asuntos privados de los políticos no entran en el debate público. Desde este punto de vista, Sebastián sería un traidor que ha roto esa norma y que por tanto se hace merecedor de ataques tan “rastreros��? como los que él ha lanzado contra su rival. Claramente, están preparando el terreno para entrar como sea en su vida privada.

A mi juicio, las cuestiones verdaderamente importantes suscitadas por el debate son dos: ¿es eficaz para ganar las elecciones municipales en Madrid entrar en escándalos de corrupción? Y si lo es, ¿resulta lícito hacerlo?

Sobre la primera pregunta: es evidente que gracias a la famosa pregunta, Miguel Sebastián ha recibido toda la cobertura mediática que hasta el momento no había conseguido. Sin duda, hoy mucha más gente conoce a Sebastián que antes del debate. Ahora bien, ¿se traducirá ese conocimiento en votos? ¿Arrancará votos en la izquierda o en el centro la estrategia de asociar a Gallardón con la corrupción marbellí?

Es dudoso, por varias razones. En primer lugar, la pregunta de Sebastián choca con su imagen de profesional brillante que se mete en política con ideas frescas y originales que tienen poco que ver con las de los burócratas de partido. Al meterse en el fango de las acusaciones y contraacusaciones, cuestiona esa imagen y se pone al nivel de los políticos tradicionales. En segundo lugar, y esto es mucho más importante, la pregunta de Sebastián transforma la campaña en Madrid al dirigir el debate hacia asuntos de corrupción. Se busca así dañar la reputación y la imagen pública de Gallardón. Es, en breve, una campaña negativa, destinada a erosionar al rival.

Los estudios que se han realizado en Estados Unidos sobre las campañas negativas dejan bastante claro que su principal efecto es el aumento de la abstención. Por eso, no es casualidad que el Partido Republicano en Estados Unidos y el PP en nuestro país recurran con tanta frecuencia y entusiasmo a la campaña negativa: saben estos partidos reaccionarios que la abstención les beneficia. Los abstencionistas en estos dos países están mayoritariamente a la izquierda y por eso, cuanto más baja es la participación, mejores resultados obtiene la derecha. Mi impresión es que la campaña negativa no va a activar mucho voto progresista. Más bien al contrario.

No obstante, si se puede demostrar que Gallardón está implicado en trato de favor a la imputada de la operación Malaya, quizá la imagen del alcalde quede tan tocada que sus apoyos se desmoronen. Pero por lo que sabemos hasta el momento, el juez ha decidido dejar fuera del sumario las conversaciones privadas entre Gallardón y esta persona amiga suya, y Sebastián no ha querido lanzar acusaciones concretas, limitándose tan sólo a sembrar sospechas. Lo que nos lleva a la segunda pregunta, la de si es lícito o no recurrir a este tipo de campaña negativa.

 Sirve de poco consuelo saber que la derecha no tiene escrúpulos a la hora de lanzar acusaciones que sabe de antemano que son falsas. Si Sebastián tenía datos para cuestionar decisiones concretas, tenía que haberlos hecho públicos. La parte más inquietante para mí de la estrategia de Sebastián fue que no formulara una acusación clara, de la que pudiera defenderse Gallardón, prefiriendo hacer insinuaciones con formato de pregunta. Resulta algo pueril insistir en que Sebastián no afirmó nada, que se limitó a preguntar. Hay preguntas tan cargadas de veneno que no pueden disimular su intencionalidad real. Creo que, en ausencia de pruebas contundentes, los políticos deberían evitar estas acusaciones encubiertas. Tan sólo contribuyen a degradar todavía más la política. Si la derecha lo hace sin problemas de conciencia, peor para la derecha. La izquierda debería demostrar su superioridad en este terreno. Otra cosa sería que hubiera pruebas contundentes que puedan hundir a Gallardón. Si así fuera, no sólo sería lógico, sería imprescindible sacar toda la basura a la luz pública. Esperemos acontecimientos.