La izquierda e Israel

El crítico constructivo

Esta noche llega a España en visita oficial el Presidente de Israel, Shimon Peres, para conmemorar el 25º aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países. En enero de 1986 España entró en la Unión Europea (entonces Comunidad Europea) y también, de la mano de Felipe González, dejó de ser el único país de la Europa occidental que no mantenía relaciones diplomáticas con Israel.

En un primer momento fue Israel quién se negó a aceptar la demanda de una España franquista que quería hacer méritos ante Estados Unidos para lavar su pasado filo nazi y dejar de ser un paria en el concierto internacional. Sólo hubo otro país con quién Israel no quiso entablar relaciones después de su creación en 1947: Alemania, por razones obvias. En 1953 España firmó un primer tratado de alianza militar con EEUU, en 1955 entró en la ONU y en 1959 el Presidente Eisenhower visitó España poniendo fin al aislamiento internacional de Franco. En las nuevas condiciones, el fiel aliado israelí mostró su interés por normalizar la situación bilateral con España. A Franco ya no le hacía falta tal aval y, además, había afianzado las relaciones con el mundo árabe, que empezaba a sacudirse el yugo colonial.

La crisis del petróleo de la primera mitad de los años 70 y la segunda ola de primeros de los 80 no ayudaron a remediar la situación en absoluto. Nuestro recién entronado monarca recababa la ayuda de sus “hermanos” del Golfo para España mientras nuestros líderes políticos acudían a los diferentes gerifaltes árabes en busca de financiación para sus partidos políticos (¿recuerdan la foto de Suarez con Sadam Husein?). La situación no era nada fácil. En el plano doméstico la magnitud de la crisis económica propició los Pactos de la Moncloa y ETA estaba siempre al borde de provocar un golpe militar. En el internacional, Israel había dejado de ser un país sitiado por todos sus vecinos y se había convertido desde 1967 en ocupante del Sinai, el Golán, Gaza, Cisjordania y posteriormente el sur del Líbano. En respuesta, la Liga Árabe había establecido un boicot económico primario o directo, pero también secundario y hasta terciario, contra los países y empresas que no se apartaran de Israel. En ningún caso ello exigió romper relaciones diplomáticas con Israel pero establecerlas de nuevas era más peliagudo y las amenazas eran claras. Recuérdese también que estábamos fuera de Europa, flirteando con el Movimiento de países no alineados y hasta 1981, fuera de la OTAN, con incertidumbre sobre nuestra permanencia en ella hasta el referéndum de 1987.

Cuando Felipe González ganó las elecciones a finales de 1982, el PSOE contaba entre sus líderes con algunos filo-israelíes. Además de los hermanos Múgica, judíos, algunos otros como Borrell habían pasado algún periodo en un kibutz o mantenido buenas relaciones con laboristas israelíes en el seno de la internacional socialista. Era lógico. Israel se habría creado como un Estado filo socialista, democrático pero fuertemente colectivizado, no sólo en términos económicos: movimiento kibutzim, sindicato único Histadrut, servicio militar obligatorio y largo…

Las elecciones que siguieron al estrepitoso fracaso de la invasión de Beirut liderada por Ariel Sharon, propiciaron el nombramiento de Shimon Peres como Primer Ministro al frente de un gobierno de coalición con el Likud de Itzhak Shamir. Peres mandó recado confidencialmente a su homólogo español y Felipe González recogió el guante, encargando al Secretario General de Presidencia, Julio Feo, y su asesor diplomático, Juan Antonio Yañez-Barnuevo (hoy Secretario de Estado de Exteriores), conducir una negociación secreta con el laborista Micha Jarisch que culminó el 17 de enero de 1986. Peres estuvo de acuerdo con mantenerse al margen de la negociación para preservar el secreto, única condición impuesta por Felipe, que mantuvo al Ministerio de Exteriores in albis hasta el final del proceso.

Lo que en aquel momento suponía un desafío diplomático de primer orden, que requirió de un intenso y continuado proceso de explicaciones a nuestros amigos árabes para prevenir las temidas sanciones, desde la perspectiva de hoy aparece como una obviedad indispensable para corregir cuanto antes una anomalía histórica. La ausencia de relaciones hacía sospechar que el antisemitismo franquista no había desaparecido. Además, constituía una dificultad añadida para la entrada en Europa: Países Bajos exigía el establecimiento de relaciones con Israel para dar su visto bueno a nuestra integración. En el lado positivo, la solución del problema nos permitió albergar la Conferencia de paz de Madrid de 1990, lo que habría resultado imposible de haber seguido manteniendo interlocución con sólo una de las partes en el conflicto. Igualmente inviable habría sido el nombramiento de Miguel Ángel Moratinos como Enviado especial de la UE para Oriente Medio en 1996, o incluso la presencia en el Cuarteto de Oriente Medio del hasta hace muy poco Alto representante de política exterior de la UE, Javier Solana. Es decir, además de ser lógica y propiciar el aprovechamiento de sinergias entre los dos países, la normalización de relaciones con Israel ha permitido a España estar presente e influir en el proceso de paz de oriente medio.

En la actualidad, apenas nadie reclama en España la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel. Y sin embargo, son demasiadas las voces que abogan por enfriar las relaciones e incluso boicotear el comercio o los intercambios culturales con Israel. Así, una cantante israelí inequívocamente pro paz como Noa, ha tenido que hacer frente a campañas en su contra por haber señalado que si bien la ocupación israelí de Cisjordania debe terminar, la invasión de Gaza de 2008 respondía a que el lanzamiento de cohetes no había cesado tras la retirada israelí tres años antes. ¿Se boicotea en España a un director de cine chino que no condene Tiananmen? ¿Alguien consideraría legítimo tratar de impedir un concierto del cubano Pablo Milanés o una representación de ballet bielorusa por no explicitar su rechazo a los regímenes dictatoriales de Castro y Lukashenko? ¿Tiene sentido vetar a la carroza de Tel Aviv del desfile del Orgullo gay exigiendo a sus integrantes que condenaran el ataque israelí a la flotilla de Gaza?

Lamentablemente, un sector de nuestra sociedad exige a los ciudadanos israelíes que se desmarquen de la política de su gobierno para poder ser aceptados con normalidad, con el agravante de que Israel no es una dictadura sino una democracia consolidada desde 1948, varias décadas antes de que España llegara a serlo. El caso de la carroza gay es paradigmático porque el contrasentido es flagrante. Israel es el único país de su zona que no castiga legalmente la libertad sexual pero antes que reconocerse como algo positivo, los gays israelíes fueron estigmatizados por condición de su nacionalidad.

Se podrá criticar las políticas israelíes todo lo que se quiera, como las de cualquier otro país, y en ocasiones con mucha razón, sin duda. Cabe exigir a Israel un avance más decidido y rápido hacia la paz con sus vecinos, que aproveche las oportunidades que ofrece la Iniciativa árabe de paz de la Liga Árabe, que desmantele los asentamientos en Cisjordania y que, en todo caso, respete los Derechos Humanos y la legalidad internacional. Todo ello es exigible y también opinable hasta qué punto Israel merece ser reprendido por escudarse en argumentos variados para excusarse.

Lo que no es de recibo es reservarle a Israel un trato especial propio del campeón mundial de las violaciones de Derechos Humanos. Es cierto que la minoría árabe (alrededor de un millón) que vive dentro de Israel no recibe en la práctica el mismo trato que sus compatriotas judíos, pero también que su libertad de culto y cultural son plenamente respetadas, de iure y de facto. Es decir, su situación es infinitamente mejor que las de otras minorías en otros países de oriente medio que, sin embargo, no suscitan el mismo rechazo.

Es posible que los activistas de Derechos Humanos deban centrarse exclusivamente en lo que Israel no hace bien, como lo hacen con China desdeñando sus progresos y las grandes oportunidades que ofrece su mercado y crecimiento. En el caso de Israel, sin embargo, el estigma se extiende a colectivos en general no proclives a preocupaciones ilustradas.

Israel es un Estado joven de apenas 64 años de existencia, en un entorno geográfico y político muy complejo. La mejor manera de contribuir a que aproveche lo mejor de la cultura judía de tolerancia y conocimiento es intensificar las relaciones bilaterales en todos los ámbitos, multiplicando los intercambios culturales, sociales, económicos y políticos. Si ello es válido para regímenes totalitarios y represivos con los que preferimos el diálogo antes que el enfrentamiento, con más razón en el caso de una democracia, imperfecta como todas pero democracia al fin y al cabo, como la israelí.