La irracionalidad de que nos guste que nos den la razón

Sicilia

 Hace pocas fechas Ricardo Parellada en este mismo sitio nos hablaba de la elección racional como piedra de clave en la teoría económica, de hecho en aquella parte de la teoría que nos habla de las relaciones económicas entre individuos, o sea, la microeconomía.

El supuesto de que los agentes económicos, consumidores, empresarios, trabajadores etc., se comportan de un modo racional es lo que permite formular la mayor parte de los modelos de la teoría económica. Bien es cierto que además, en la mayor parte de los casos, se añaden muchas otras asunciones o suposiciones, sobre la realidad que se pretende explicar.

Así, se habla de que “todas las empresas fabrican un bien homogéneo”, o de que “hay información completa” (es decir, lo sabemos todo, por ejemplo sobre un mercado, o incluso sobre el futuro), o de la “ausencia de costes de transacción” (el coste de cambiar de tienda donde compramos, o de seleccionar un nuevo trabajador o cualquier otra situación análoga, es inexistente).

La necesidad de suponer determinadas circunstancias surge de la conveniencia de introducir un cierto orden y simplificación en el caos y la multiplicidad que es la realidad de la conducta humana. Al fin y al cabo, la microeconomía trata, ni más ni menos, de explicar por qué las personas nos comportamos como nos comportamos y qué haremos ante determinados cambios en variables como precios, salarios etc. Ambicioso.

Todos los modelos funcionan como mecanismos perfectamente ajustados, dan respuestas inequívocas a un sinnúmero de cuestiones, cada uno dentro de su ámbito de aplicación. Desafortunadamente, no todos ellos son capaces de capturar igualmente en sus supuestos y simplificaciones un retrato suficientemente fiel de la realidad que tratan de explicar; por eso algunas veces sus respuestas teóricas no encajan exactamente con lo que vemos en la calle, y hay que ajustarlos, rediseñarlos, o inventar maneras distintas de descubrir el mecano de la conducta económica.

Una de estas realidades incómodas la constituyen, por ejemplo, los servicios sanitarios privados. Aplicando con rigor muchos de los supuestos que hacemos en el análisis microeconómico general, y que seguimos usando para muchas cosas, la existencia de la sanidad privada sería teóricamente casi imposible.

El hecho de que, a efectos de elegir nuestra cesta de consumo, convivan servicios públicos “cuasi gratuitos”, con servicios privados, que sí se pagan directamente por lo que para usarlos tenemos que renunciar a consumir otras cosas, implica necesariamente que algo deben tener los servicios sanitarios privados para que aceptemos pagar por ellos. El supuesto de racionalidad fuerza a que ante dos o más servicios idénticos, preferiremos siempre el más barato.

La frase, aparentemente pura lógica destilada, contiene un supuesto descomunal. El de que somos capaces de discernir con precisión los distintos elementos que componen los servicios sanitarios hasta el punto de poder establecer con precisión qué es idéntico y qué es distintivo; y que, acto seguido, sabremos asignar de inmediato valores precisos a cada diferencia; y que, a continuación, sabremos si los valores de las diferencias se corresponden con el precio al cual se nos ofrece la sanidad privada; y que, después, aquellos que podemos asumirlo, optamos por pagar y consideramos satisfactorio el servicio privado.

La sanidad privada debe ser, por tanto, mejor que la pública, ya que si no, no pagaríamos por ella; y, lógicamente, si en algún momento fuese percibida por sus usuarios como peor, dejarían de pagar este servicio, volviendo al sistema público

El hecho es que existen abundantes ejemplos que ponen en entredicho esto de que sepamos perfectamente analizar la importancia de cada uno de los componentes de un servicio y de que actuemos inmediatamente a consecuencia de ello.

Si no, echemos un vistazo a cuatro ejemplos -insisto en que son ejemplos y no provienen de fuentes estadísticas que los conviertan en generalidades de manera probada, pero entiéndase que pueden resultar interesante exponerlos-:

  • Equipamiento sanitario (es decir, quirófanos, equipamiento de diagnósticos etc.).

 No es posible ni establecer comparación, la red sanitaria pública se impone abrumadoramente, todos los grandes hospitales en nuestro país son públicos, y ahí es donde vamos cuando estamos “malitos-malitos”, lo privado queda poco más que para partos de la familia real u operaciones a la carta de esos huesos extraños que solo tienen los futbolistas.

  • Equipamiento no sanitario.

Por mucho que se diga que las clínicas privadas pueden llegar a parecer balnearios de lujo, esto solo ocurre en dos o tres (véase partos reales y futbolistas), la mayor parte son exactamente igual de poco bonitas que las instalaciones sanitarias públicas. Lo mismo sucede cuando hablamos del nivel de las consultas médicas no hospitalarias, las salas de espera son iguales de feas en todas partes, o iguales de “cutrecillas”, sillas de plástico, estrechez etc. Incluso podría afirmarse que las salas de espera de los centros públicos suelen ser, dentro de lo malo, más amplias.

  • Atención al paciente.

No parece haber una diferencia extraordinaria y las diferencias parecen ser más atribuibles a la persona que atienda o al día que pueda tener, jamás a si la red es pública o privada. Como ejemplo absurdo, la única vez que servidor se ha visto atendido de manera manifiestamente negligente ha sido en la sanidad privada cuando acudí a urgencias con una fractura. Pretendían mandarme a casa y se vivieron momentos de enorme tensión en admisiones. Luego tuve que irme a la pública a que me curasen bien.

  • Tiempo de cita/tiempo de espera en la consulta.

Generalmente en la privada te citan más rápido, eso sí todo el monte no es orégano. Si se trata de ver a un especialista, puede ir muchísimo más rápido. Si se trata de hacer un seguimiento de algo importante, puede ser que no.

Volvemos de nuevo al ejemplo personal de la fractura: en el tiempo que el médico privado accedía a verme, me vieron 3 veces dos médicos de la pública (6 visitas), rigurosamente una a médico de cabecera y otra a especialista cada semana, y eso que en Madrid la cosa pública no está precisamente genial.

En cuanto al tiempo de espera en la consulta, es decir, la diferencia entre la hora a la que te dan cita y a la que luego realmente te atienden, el chuleo nunca es tan grande como en la privada. Pueden pasar una hora, dos horas o más esperando a que la “eminencia” de turno te atienda.

Desde un punto de vista de rentabilidad, la situación expuesta tiene una estricta lógica de rentabilidad empresarial. La sanidad privada es un negocio en el que su resultado depende estrictamente de la diferencia entre ingresos y gastos. Si gasto mucho en equipamiento que voy a usar relativamente poco, peor. Si atiendo a un paciente en el tiempo en que puedo meter a tres, peor. Si no saturo mi agenda y me quedan huecos en el día, peor.

¿Hasta dónde el equilibrio entre la rentabilidad empresarial y la calidad del servicio puede deteriorar la eficacia de este último? Parece que en Estados Unidos han asumido que, desde luego en su país, ese punto de equilibrio se había superado hacía mucho y han optado por revertir la situación. Y es que no estamos capacitados, las personas de a pie, para discernir los diferentes elementos de calidad de prácticamente nada, menos aún de algo tan complejo como los servicios sanitarios. Nos quedamos en lo que podemos valorar como tiempos de espera etc…

…O a veces incluso ni eso, he aquí la paradoja. Muchas veces los usuarios de servicios sanitarios privados, entre los que me incluyo, le dan la vuelta al indicador de calidad según convenga… Así, una espera de veinte minutos en la consulta del centro médico del barrio es “intolerable” y “para esto pagamos impuestos” y la misma en la consulta del doctor X se transforma en “en esta época del año viene mucha gente”, o “los jueves ya se sabe”, o “es que este hombre es muy bueno y tiene muchos pacientes”.

Porque los costes de transacción, desafortunadamente, sí existen y si algo nos ha costado mucho, interpretamos que debe ser bueno por narices, o nos da pereza admitir que nos podemos haber equivocado. Nos pasa al comprar un coche, un piso, una prenda de vestir etc.

Recuerdo una potente vivencia al respecto en la Expo 92 de Sevilla. Ya cuando la cosa estaba muy rodada, la organización había calculado cuánto tiempo te quedaba para entrar, o hasta qué punto quedaban entradas para ciertos eventos para las que se necesitaban en función de la longitud de la cola. Asimismo, la gente se concentraba desde primera hora de la mañana, con el consiguiente madrugón, en los lugares más demandados. Era curioso ver cómo la gente seguía añadiéndose a las colas dónde la espera era casi igual al tiempo que quedaba hasta el cierre (y hablo, recordemos, de primera hora de la mañana) o cómo, cuando aparecía un empleado de la Expo al lado con un cartel que decía “a partir de aquí entradas agotadas”, la gente miraba al suelo, a los pies, al cielo, menos al cartel, negándose a asumir su existencia.

No hay peor ciego que el que no quiere ver.

En fin, que la elección racional es una pieza clave para que funcionen las explicaciones del mundo, pero no para que funcione el mundo. Nos las apañamos genial siendo irracionales.