La invasión de la novela negra sueca

Lobisón 

Entre las posibles razones de que pasen casi desapercibidos los asuntos de espionaje interno de la Comunidad de Madrid, sus tramas inmobiliarias y la extraña financiación del vestuario del presidente Camps, se podría sugerir que un gran número de aficionados a la crónica negra están mucho más interesados en una avalancha de autores suecos del género, comenzando, cómo no, por el autor de la trilogía ‘Milennium’ (Destino), Stieg Larsson.

 

Por si alguien aún lo ignora, Larsson, un periodista fallecido a los 50 años sin haber visto publicada la obra que acababa de terminar, se ha convertido en el gran éxito de la novela negra actual, y en el segundo autor (de cualquier género) en ventas durante 2008. Su protagonista femenina, Lisbeth Salander, una versión cyber-punk de Pippi Calzaslargas, es el centro de la fascinación por su obra al menos desde la aparición del segundo volumen.

 

Asocial y casi autista, flaca, bajita y tatuada, Salander es ya una figura de culto para muchas lectoras: si ven en un aeropuerto a una chica joven hipnotizada por un grueso libro, hay grandes posibilidades de que esté leyendo el segundo volumen de la trilogía, ‘La Chica que Soñaba con una Cerilla y un Bidón de Gasolina’, fascinada por la violencia con la que Salander responde a la violencia masculina. (‘Tranquilo’, me dijo una amiga, ‘que sólo sublimamos’.)

 

Salander es una hacker, pero eso no es demasiado nuevo. Desde que Pérez Reverte presentó, en ‘La Piel del Tambor’, a una anciana dama sevillana que penetraba en el sistema informático del Vaticano, han proliferado las hackers en la novela negra. Otra anciana dama desclasada ayuda en esa calidad al comisario Adamsberg de Fred Vargas, y la signorina Elettra cumple la misma función con el comisario Brunetti de Donna Leon. Probablemente el (la) hacker se ha convertido en el ‘deus ex machina’ de la novela negra.

 

Salander, al menos, no es de clase alta, como todas las anteriores, ni socialmente respetable. Además el autor nos presenta su autismo acompañado del genio para las matemáticas abstractas, dos rasgos que al parecer serían muy infrecuentes entre las mujeres. (Por hablar de ello debió abandonar la presidencia de Harvard Larry Summers, actual asesor económico del presidente Obama tras haber sido secretario del Tesoro con Clinton.)

 

Así, en mitad de una de sus partidas de caza —la más importante de su vida, por cierto—, Salander encuentra de pronto una demostración del teorema de Fermat, toma ya. También posee memoria fotográfica, y otras cualidades menos edificantes. En comparación con ella palidece su contraparte masculina Mikael Blomkvist, cuyo apodo (Kalle Blomkvist) es otro homenaje a Astrid Lindgreen, la creadora de Pippi Calzaslargas.

 

Una de las ventajas de la arrolladora moda Larsson (o Salander, como gusten) es que ha pasado a segundo plano Henning Mankell, el creador del inspector Wallander (Tusquets), coincidiendo además con la reedición de las cuatro primeras novelas del detective Martin Beck (RBA), considerado por mucho lectores (y por el propio Mankell) como el principal precedente de Wallander.

 

El problema es que Wallander ha envejecido mal, y que Mankell le ha abandonado por otra narrativa, crecientemente desequilibrada. La parte policíaca de ‘El Chino’ (Tusquets), protagonizada por una pacífica jueza sueca, casa mal con los relatos paralelos sobre la migración china a América en los tiempos del ferrocarril al Pacífico, y peor aún con la descomunal batalla que enfrenta a dos hermanos, ella representante del idealismo de la Revolución Cultural y él de las nuevas mafias capitalistas.

 

A estas alturas ni siquiera un autor sueco puede creer realmente en la Revolución Cultural o en la necesidad de defender a Mugabe frente al imperialismo occidental: en todo tiene que haber un límite. Mankell es un tipo simpático, que escribe libros infantiles y pasa la mitad del año en Mozambique, como director del Teatro Nacional de Maputo, pero la ideología y la edad parecen haberle llevado por un derrotero bastante infumable.

 

La ideología también les jugó en su momento una mala pasada a Maj Sjöwall y Per Wahlöö, la pareja creadora del detective Martin Beck. En su última novela (‘Los Terroristas’), publicada el mismo año en que murió Wahlöö (1975), una inadaptada social, madre soltera y de pocas luces, mata al primer ministro como protesta por la intrusión del Estado de bienestar en su vida privada. En aquel momento el primer ministro era Olof Palme, que de nuevo lo fue en 1982 hasta su asesinato (real y nunca esclarecido) en 1986.

 

Puede que aquel infortunado augurio explique en parte la larga ausencia de Martin Beck, y de sus impecables novelas, en las librerías españolas. Por cierto, la muerte de Palme es el eje de otra trilogía, ‘El Declive del Estado de Bienestar’ (Paidos), obra de Leif Gustav Willy Persson. No es excusa, claro, pero entre Salander y Palme se le quitan al lector los deseos de seguir con detalle la trama de los señores Correa, Pérez y sus amigos.