La igualdad como objetivo

Ignacio Urquizu

Si tuviéramos que elegir un principio que distingue claramente a la izquierda de la derecha, nos quedaríamos con la igualdad. Los partidos progresistas siempre han perseguido la reducción de las desigualdades sociales, mientras que los conservadores, o no se preocupaban, o lo planteaban como un acto de caridad. Pero, ¿son todas las desigualdades injustas? Y, ¿en qué tipo de desigualdades estamos pensando? Para responder a estas preguntas tenemos que pensar primero en qué instrumentos tenemos para combatir la desigualdad. Las políticas que tratan de reducir las diferencias sociales pueden perseguir dos fines distintos: la igualdad de oportunidades y la igualdad de resultados. La primera de ellas pretende que todos los individuos tengan posibilidades similares en la vida. En cambio, la igualdad de resultados persigue que todas las personas obtengan objetivos parecidos. Quizás un ejemplo puede aclarar las diferencias. La educación tiene distintivos niveles: primaria, secundaria y superior. En los estadios más inferiores –hasta los 16 años-, las políticas progresistas siempre han buscado una igualdad de resultados. Es decir, que todo el mundo alcance un mínimo de conocimientos que permita defenderse en la vida. En cambio, el acceso a la educación superior siempre se ha planteado desde la igualdad de oportunidades: no todo el mundo tiene que acceder pero, si alguien quiere, sus características socioeconómicas no deberían de ser un impedimento.

Existe la tentación de adscribir cada uno de estos objetivos a una ideología concreta. Así, la igualdad de oportunidades sería más propia de las posturas liberales, mientras que la igualdad de de resultados sería la primera preferencia de la izquierda “pura”. Pero este argumento es un tanto maniqueo. Lo que define a una ideología no son los instrumentos que usa para lograr un fin, sino los objetivos que persigue. Por lo tanto, en la medida que una política combate la desigualdad, es una política progresista.

La siguiente pregunta que nos podemos hacer es: pero, ¿es bueno reducir la desigualdad? Durante mucho tiempo, los economistas más liberales defendían que existía un trade-off entre igualdad y eficiencia. Se argumentaba que aumentar las tasas de igualdad en un mercado implicaba la pérdida de eficiencia de éste. No obstante, esta relación es falaz. Existen numerosos casos de políticas redistributivas que aumentan la eficiencia de los mercados. Por ejemplo, pensemos en una política de fomento del alquiler. Por un lado, permitiría que mucha gente con dificultades económicas accediese más fácilmente a una vivienda. Por otro lado, introduciría más movilidad en el mercado laboral porque facilitaría que la gente alquilase un apartamento si tuviese que cambiar su lugar de residencia por cuestiones laborales. Por lo tanto, incrementar la igualdad no implica reducir la eficiencia de los mercados.

Finalmente, ¿cómo somos de desiguales en España? Existen numerosos índices que miden las diferencias sociales. El más popular entre los científicos sociales es el índice Gini. Este índice toma valores entre 0 y 1, y cuanto más se acerca a 0, más igual es la sociedad. Es difícil conseguir una serie temporal completa de los últimos 25 años, aunque existen numeras bases de datos que abarcan momentos concretos del tiempo. Quizás, la mejor de ellas sea Luxembourg Income Study. En 1980, el índice Gini en España era de 0,34. Diez años más tarde, en 1990, descendió a 0,317. Una década después, en el año 2000, era de 0,34. Por lo tanto, en los años 80 se hizo un enorme esfuerzo por reducir las desigualdades en España, mientras que la década de las 90 ha producido los efectos contrarios.

Pero no sólo del índice Gini viven los economistas y sociólogos. La desigualdad también se puede estudiar desde la perspectiva de la pobreza y la privación. Un reciente estudio de la Fundación Alternativas (Rosa Martínez López, Renta y privación en España desde una perspectiva dinámica) concluye que entre 1996 y 2001 la pobreza ha pasado en España del 31% al 19%. Por lo tanto, existen menos pobres. En cambio, las diferencias entre el percentil más rico de la sociedad y el más pobre se mantienen constantes. Quizás, esta última conclusión nos debería hacer reflexionar.