La iglesia y la ambigüedad calculada

Millán Gómez

El obispo de Sigüenza (Guadalajara) y que en su día fue el número dos de la Conferencia Episcopal tuvo ayer su minuto de gloria en los medios de comunicación. El afán de la iglesia española por acaparar páginas de periódico y minutos en la radio y la televisión es de sobra conocido por el común de los mortales pero cada día consiguen, para nuestra sorpresa e indignación, subir un escalón más. En el ejemplo que hoy nos ocupa, el tal José Sánchez afirmó, sin tapujo alguno, que “es muy difícil condenar en bloque una época que duró cuarenta años y que tuvo maldades, pero también tuvo bondades”. La supuesta equidistancia que pretende mantener la iglesia con respecto a la dictadura franquista es vergonzosa. El clero español necesita hoy mejor que mañana una profunda renovación de sus planteamientos para adaptarse al nuevo contexto sociopolítico. Lo contrario es agarrarse a la nostalgia y al pasado.

Todas las instituciones necesitan con el paso del tiempo adecuarse a los nuevos tiempos que corren y la iglesia es, quizás, el ejemplo más claro en estos momentos. La actual jerarquía eclesiástica española mantiene en pleno siglo XXI postulados decimonónicos y más propios de tiempos felizmente superados que del actual período democrático que vivimos en España desde 1975 y que, mal que les pese a algunos, supone la mejor etapa de la historia de nuestro país.

Su falta de sensibilidad y su apoyo ora explícito ora implícito a la dictadura franquista son causa directa de que progresivamente la sociedad española otorgue un menor nivel de credibilidad a esta institución. Deben hacérselo mirar.

En un estado aconfesional como es España es un sinsentido que la iglesia mantenga a día de hoy semejante influencia y cobertura mediática. Los medios de comunicación también deberíamos reflexionar en este sentido. La prensa ofrece una cobertura en sus informaciones a agentes sociales que, con todos los respetos, no gozan de una credibilidad ciudadana proporcional a la cobertura que se les da día a día.

El cumplimiento del derecho constitucional de libertad de credo debe ser velado pero es necesario recordar que la política emprendida por el Gobierno de adoptar medidas a favor de una sociedad más laica, moderna y con menos sabor a un pasado arcaico e inmóvil es coherente y asume un deseo latente en la calle. Y es un deber constitucional.

Los ciudadanos deben tener la opción de elegir si optan por una religión pero sin imposiciones previas. Para el clero español, el gobierno socialista y la asignatura de “Educación para la ciudadanía” es el epicentro de todos los males. Por favor, un poco de sentido común. Las cosas no son ni blancas ni negras, existen una gran variedad de tonalidades en medio que no debemos obviar. Entre los extremos, siempre hay más espacio.

Un sector importante de cristianos se siente decepcionado con la filosofía actual de la iglesia española. Cada vez es más complicado ver a jóvenes que mantienen creencias religiosas y podemos decir que existe un desencanto notorio por parte de  las nuevas generaciones con respecto a la religión. La iglesia debe hacer autocrítica porque una institución tan influyente en la opinión pública no puede ser ambigua con respecto al franquismo o al terrorismo etarra y estar viviendo una sangría en cuanto a pérdida de prestigio y confianza en la sociedad civil.

Supuestamente la iglesia es una entidad que apoya a los que más sufren, a los seres humanos que menos recursos tienen, a los desamparados, a las víctimas de la injusticia, etc. Pues nada más lejos de la triste realidad. La iglesia, con la opinión manifestada muy especialmente en los últimos años, se encuentra más cerca de los victimarios que de las víctimas, más cerca de “A longa noite de pedra” que de la democracia. Si Cristo levantase la cabeza…