La Iglesia, fuera de su casilla

Miguel Sebastián

En todas partes  las empresas de los sectores regulados tienden a llevarse bien con sus respectivos gobiernos, de cualquier color político. Y además, aquellas que viven del presupuesto público también mantienen una cordial relación con la Administración correspondiente, central, autonómica o local, que son importantes demandantes de bienes y servicios provistos por dichas empresas privadas. El caso de las empresas constructoras es paradigmático, porque reúnen esas dos relaciones con el sector público. Se trata de un sector regulado y, además, tienen como principal cliente a las administraciones públicas, que contratan sus servicios de obra civil. 

La Iglesia católica en España también reúne ambas condiciones. Por un lado, se trata de una actividad regulada, porque el criterio de financiación de la Iglesia, según el Concordato vigente, corresponde al Gobierno de la nación. Y, por otro, el sector público es un demandante de los servicios provistos por la Iglesia, fundamentalmente en materia de educación. Pese a este fuerte y doble vínculo económico, hemos asistido a lo largo de toda la legislatura a una fuerte tensión entre la institución religiosa, manifestada a través de su cúpula, la Conferencia Episcopal, y el Gobierno socialista. Tensión que ha culminado en la actual precampaña electoral, con críticas a la acción del Gobierno en diversas materias de índole política, social y económica. El escritor y presentador televisivo, Sánchez-Dragó, afirmaba en una de sus memorables peroratas que “la Iglesia, como empresa privada, tiene todo el derecho a manifestar sus opiniones políticas, como también lo tiene un club de fútbol o la asociación de putas de la madrileña calle de la Montera”. No sé si a la Iglesia le habrá gustado esta comparación, pero yo comparto su defensa de la libertad de expresión y me encanta que se reivindique desde Telemadrid. Pero ese no es el tema relevante. La cuestión es ¿por qué están tan molestos?, ¿puede haber un motivo económico detrás de esta irritación episcopal?

Repasemos las fuentes públicas de financiación de la Iglesia, que alcanzan los 5000 millones de euros.

 Una parte importante corresponde al presupuesto de los colegios concertados, donde la Iglesia cobra al Estado y decide sobre la contratación, la admisión, y otros criterios relevantes para ofrecer una educación de calidad y en la que se garantice la igualdad de oportunidades. Con el Gobierno socialista nada ha cambiado en lo que se refiere a este apartado financiero, pese a que los resultados de la gestión privada dejan mucho que desear. Sirva como ejemplo que la integración de los alumnos con dificultades especiales o la de los inmigrantes se hace a un ritmo inferior en los colegios concertados que en la escuela pública, pese a que ambos están sufragados con impuestos.

El resto de la financiación es la que corre a cargo del IRPF. Siguiendo la ley de 1987, vigente hasta 2007, los contribuyentes, al presentar su declaración anual del IRPF elegían dedicar el 0,52% de los ingresos por IRPF o a la Iglesia Católica o a otros fines de interés social.
 

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Como se muestra en el gráfico, hace 15 años el porcentaje de contribuyentes españoles que decidían asignar una parte de su cuota a la Iglesia era superior al 40%. Desde entonces, ese porcentaje ha ido bajando significativamente. De 1992 a 1998 uno de cada seis contribuyentes que habían señalado la casilla de la Iglesia cambió de opinión. En 1999 se introdujo un cambio de las reglas del juego que no se recoge en el gráfico. Se permitió asignar dinero conjuntamente a la Iglesia y a las organizaciones sociales, cuando hasta entonces había que optar entre ambas. De ese modo la Iglesia recuperó un 3% de “los casilleros”, hasta el 34%, correspondiente a personas que estaban asignando un 0,52% a fines sociales y que no tienen inconveniente en que se le asigne otro tanto a la Iglesia. El Gobierno socialista ha mantenido esta doble opción, favorable a dicha institución. Pero lo más llamativo es que, desde 1987, la cuantía anual que se viene entregando a la Iglesia es muy superior a la que los contribuyentes manifiestan en la casilla de su declaración. El mecanismo presupuestario utilizado es el siguiente: se adelanta una cantidad a cuenta para el año y en el presupuesto siguiente se “liquida” en función de lo que los contribuyentes hayan decidido asignar. Si lo que sale de la casilla del IRPF es inferior a la cantidad adelantada por Hacienda, la Iglesia debería en teoría “devolver” el exceso asignado. Pero en la realidad eso no ha ocurrido y en los presupuestos de todos los años se ha consolidado la diferencia entre lo que efectivamente ha recibido la Iglesia y la cantidad que los españoles decidían asignarle en el IRPF. Una diferencia sustancial, en torno a un 30%, y que podemos denominar el “cupón bendito”. Dicho “cupón” se ha ido manteniendo año a año en una cuantía que ha oscilado entre los 25 y los 35 millones de euros anuales. Así, durante estos 20 años de alguna forma se ha escamoteado la voluntad de los contribuyentes españoles y, en un acto de dudosa transparencia democrática, aunque con la bendición divina, se le ha dado a la Iglesia unos 600 millones de euros más de lo que los españoles les habíamos asignado.Este mecanismo podía tener una justificación transitoria, y de hecho nació de esa forma hace 20 años. En 2007 se ha suprimido este mecanismo del “cupón bendito”. Pero se ha hecho de forma muy generosa con la Iglesia. En primer lugar, se consolida el cupón de todos estos años, es decir, se renuncia a la devolución. Y, lo que es más importante se eleva al 0,7% el porcentaje a asignar de la cuota. Se trata de una subida del 33% por cada contribuyente. De esta forma, la cantidad que decidan los españoles con el nuevo coeficiente se aproximará o incluso superará  a la que recibían de facto, con el “cupón bendito” incluido. Este sistema tiene una ventaja, la transparencia. El Estado coopera haciendo de gestor de esa recaudación con unas cuentas claras, y generosas. Pero, probablemente, a la Iglesia, volver a su casilla es lo que le saca de sus casillas.