La hora de Obama

Antesala

Han pasado algo más de cuatro meses desde que se celebraron los caucuses de Iowa, en los que Barack Obama, un joven senador negro prácticamente desconocido por la ciudadanía norteamericana apenas un año antes, se alzaba con la primera victoria en la carrera hacia la nominación como candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Este hecho habría sido anecdótico si se hubieran cumplido los pronósticos, que vaticinaban unánimemente una holgada victoria de Hillary Clinton el martes 5 de febrero. Sin embargo, las elecciones del “supermartes”, fecha que los estrategas de campaña de Hillary habían marcado como la del final de las primarias, supusieron el lanzamiento de la candidatura de Obama como alternativa de facto.

Tras la sorpresa del supermartes, Obama comenzó a encadenar una serie de victorias abrumadoras hasta el 11 de marzo, ganando en todos los estados, con la excepción de Texas, Ohio y Rhode Island. Las primarias quedaban en suspenso durante un largo mes, hasta el 22 de abril, día en que los electores de Pennsylvania estaban llamados a las urnas. Tras la celebración de primarias y caucuses en 47 estados y territorios de la unión, a más de un mes de las siguientes elecciones y con John McCain proclamado candidato republicano, comenzaron a erigirse voces en el seno del partido demócrata solicitando a Clinton que abandonase la contienda.

La cronología tiene aquí más relevancia que como mero hecho descriptivo. Por una parte, porque los resultados de unas elecciones afectan a los de las siguientes; por otra, porque la agenda de campaña es particularmente sensible a la sucesión de acontecimientos. En relación con el primer aspecto, Obama no sólo afrontaba la última ronda de primarias con una mayoría holgada de delegados y con el apoyo de un número cada vez mayor de compromisarios de libre adscripción, sino que la propia dinámica de las elecciones le había llevado a incrementar el apoyo recibido de forma continuada. Las expectativas de Clinton habían quedado reducidas al consuelo de la aritmética aunque, por otra parte, ésta le confería posibilidades hasta la convención de Denver en el mes de agosto. Este cálculo llevó a Clinton a reorientar su campaña, desoyendo el clamor para que cesara en la disputa.

La nueva estrategia de Clinton, en un intento desesperado de arrebatar a Obama su casi segura nominación, está centrada en varios frentes. En el ámbito administrativo, se ha volcado en conseguir el apoyo del mayor número posible de compromisarios, así como en tratar de revocar la suspensión de los delegados de Florida y Michigan, donde consiguió sendas mayorías. En el político, está multiplicando las intervenciones orientadas a captar el voto de las clases populares, con propuestas fáciles de entender, centradas en sus problemas cotidianos pero que, como en el caso de la suspensión temporal del impuesto sobre los hidrocarburos, carecen de fundamento. Por otra parte, sus colaboradores se han dedicado a hacer aflorar aspectos de la vida de Obama que pueden dañar sus perspectivas electorales, dando cobertura a los discursos más incendiarios del reverendo Wright, o cuestionando las convicciones morales y religiosas de su rival.

La batalla más encarnizada está teniendo lugar en al ámbito de la disputa por el voto de los trabajadores blancos de clase baja. Clinton está rentabilizando los problemas de Obama para conectar con un electorado que rechaza votar a un candidato negro con una imagen elitista. Si bien la proporción de estos votantes no es suficiente para invertir los resultados, Clinton está apelando a un hecho que cuestiona las posibilidades de Obama de ganar frente a los republicanos: sin el apoyo del electorado blanco de clase trabajadora es muy difícil alzarse con la victoria en estados como Ohio, Pennsylvania o Michigan, que son determinantes en la elección del presidente.

Este argumento puede granjearle a Clinton el apoyo de una mayoría de compromisarios, así como hacer mejorar sus resultados en las primarias restantes. Asimismo, este debate ha incrementado la prominencia de la raza como argumento para decantar el voto, haciendo aflorar el racismo de parte del electorado blanco y, en consecuencia, reforzando la percepción sobre las debilidades electorales de Obama.

Esta pelea, como es obvio, está dañando la percepción de la ciudadanía sobre las cualidades de Obama y, en definitiva, está lastrando las posibilidades del partido demócrata frente a un candidato republicano que sigue haciendo campaña con el respaldo en bloque de su partido, mientras sus rivales se enzarzan en asuntos irrelevantes, pero de elevada repercusión mediática. Más allá, está forzando a Obama a cambiar parte de su estrategia para dar respuesta a los ataques de Clinton.

El apoyo a la candidatura de Obama hace tan solo unos días por parte de John Edwards, que había mantenido una escrupulosa neutralidad entre los dos candidatos y cuya base de seguidores está formada por trabajadores blancos, se ha interpretado como una petición encubierta a Clinton para que se retire. El propio New York Times, que ha dado su apoyo a Hillary, le dedicó un editorial con una crítica furibunda a su nueva estrategia de campaña, haciendo énfasis en el daño que está infligiendo a las expectativas electorales del partido.

Clinton debería abandonar ahora y concentrar todos sus esfuerzos en apoyar al candidato demócrata que, por otra parte, ha mostrado capacidad suficiente para imponerse a McCain en las elecciones presidenciales.
  
El éxito de Obama se basa en una nueva forma de hacer política que ha arrastrado tras de sí a una marea de jóvenes, profesionales liberales y afroamericanos que, de otra forma, no se habría acercado a las urnas. Se ha criticado hasta la saciedad que, tras sus exquisitos modales de jurista formado en Harvard y su dominio de la lengua y del lenguaje corporal, sus discursos están vacíos de contenido. Obama, como todos los candidatos, conoce la importancia de los aspectos insustanciales, como los ademanes o la vestimenta, para ganarse el favor de una parte del electorado. Pero, precisamente, ha huido sistemáticamente de las campañas centradas en estos aspectos, de actos que muestran al candidato bebiendo cerveza a la salida de las fábricas o jugando en una bolera. Obama ha conseguido movilizar a tantos electores apáticos porque ha sido el candidato que ha apelado a los grandes problemas del país con mayor empeño, arrastrando al resto de candidatos al debate político.

Las propuestas de Clinton y Obama acerca de los grandes problemas nacionales son, de hecho, muy similares. Ambos pretenden revocar los recortes de los tipos impositivos a las rentas altas que introdujo Bush, así como reducir la carga fiscal de las clases trabajadoras y medias. Sus planes sobre salud son muy parecidos, con la universalidad de la cobertura sanitaria en el horizonte. Incluso coinciden con el candidato republicano en una plétora de políticas: son partidarios de introducir medidas de apoyo a los afectados por la crisis de las hipotecas subprime, coinciden en la conveniencia de imponer un sistema de cuotas comerciables para reducir las emisiones de dióxido de carbono y optan por el refuerzo de las fronteras, así como por legalizar a los inmigrantes ilegales que residen en el país en la actualidad.

Pero las primarias tienen como principal objetivo elegir al candidato del partido a las elecciones presidenciales. Más allá de las coincidencias programáticas, e incluso de los matices que hacen diferentes sus políticas, como en el ámbito de las relaciones internacionales o de la guerra de Iraq, lo que está en liza es un estilo muy diferente de hacer política. La fuerza de Obama reside en haber transgredido los esquemas tradicionales, con un talante desconocido en las últimas décadas entre los candidatos a presidir el país. La principal virtud de su candidatura consiste en haber hecho conscientes a muchos norteamericanos de que la solución a los problemas que afectan a la nación se pueden resolver con el concurso de todos.

En la historia de los Estados Unidos las transformaciones profundas han ocurrido cuando han confluido una masa civil consciente de la necesidad de cambio y un Presidente capaz de catalizarla. Así ocurrió con Jefferson, con Lincoln y, más recientemente, con Kennedy. La sociedad norteamericana necesita una transformación profunda, que pueda dar respuesta al deterioro de las condiciones de vida de los más desfavorecidos, a los problemas de acceso de las clases bajas a la atención sanitaria y a la reducción paulatina de la igualdad de oportunidades. Obama tiene la voluntad para promover el cambio y el entusiasmo para convencer a las masas de que éste es posible. Ha llegado la hora de Obama.