La homofobia. Comprender para combatir

Arthur Mulligan

De entre todos los racismos,  la homofobia y la misoginia son los que mejor se  expresan porque lo hacen de manera natural; si el delirio de Gobinau sobre la desigualdad de las razas fue incapaz de doblar el cabo del siglo XX , la consideración de la homosexualidad como un vicio es, de lejos, mucho más difícil de extirpar de la opinión más general, por mucho que se haya progresado en la protección de los derechos de las personas y no siempre, ni de lejos en todo el mundo;  apenas en algunos países occidentales y tras los recientes años de lucha. 

Hay que escuchar, en primer lugar , los argumentos que se emplean , los sofismas de un odio que recoge en su formulación derechos inapelables de cientificidad y, en cualquier caso, de sentido común. Porque recorrer, aunque sea incómodo , este pestilente mundo de ignorancia, permitirá comprender para después poder combatir en lugar de lo contrario, ya que se presta a una segunda injusticia, rebajada de alcohol si se quiere pero igualmente peligrosa: la tolerancia. En definitiva, comprender las cosas es combatir la homofobia en sus raíces. 

La homosexualidad para un gran número de personas se revela cómo una monstruosidad; algo contrario a la naturaleza y solo reducible (como la monstruosidad ) a un número insignificante de casos. Este vicio, piensan, de carácter odioso, aparece en todo tiempo y en todas las poblaciones e incluso los antiguos nos hablan de su aceptación. Es por ello que algunos filósofos intentaron -siempre desde el extrañamiento- su estudio , singularmente  Schopenhauer, quien  tiene el mérito de no oponer argumentos morales, es decir, una antimoral de reacción al fenómeno que observa, sino que trata de explicar que lo que parece antinatural es producto de la naturaleza misma. Sus argumentos aparecen en los apéndices de  “ El mundo como voluntad y representación” y tienen una calidad  superior a lo escrito hasta entonces por  rechazar el anatema, aunque no impide que (falsamente) lo estudie como un problema; y ya se sabe lo que ocurre en estos casos: se comienza a estudiar el problema de la homosexualidad y se termina hablando de los homosexuales como problema. Para no cansarles, el argumento del filósofo es teleológico y limitado  a las relaciones de mayores y jóvenes para una mejora en la calidad de la reproducción al separar a los primeros de ésta mediante su cambio de orientación sexual en el ocaso de sus vidas. 

Sin embargo, a pesar de esta excepción, el llamado problema mantiene para los que así piensan,  dos hechos mayores:

a) la homosexualidad es una monstruosidad

b) aparece en todo el mundo

Es por tanto una aberración antropológica y deben limitarse, como tal, la plenitud de derechos y de reconocimientos sociales positivos. Deben tratarse, en el mejor de los casos, como asuntos privados y no molestar con demandas propias del derecho civil. Rechazar con su vicio la alteridad propia de las relaciones sexuales para que se mantenga la especie les niega el acceso a los beneficios que concede la ley. 

Este argumento es, en apariencia, difícil a de construir incluso en la gente mas desprejuiciada, es decir que la homosexualidad niega la alteridad. Rehusar mantener relaciones con el otro sexo demuestra una incapacidad, un defecto, una anormalidad y, por lo tanto, un problema para quien así se comporta; problema del que carecen los que siguen el curso natural de las cosas. 

Pero ¿qué hacen con esta posición ?: pues reducir al otro a su sexualidad, porque defienden al otro desde su heterosexualidad. Reconocer  a los homosexuales como una masa indiferenciable  pegada a su sexo  en lugar de individuos igualmente complejos que los hetero, ha reproducido y sigue reproduciendo unos clichés de desprecio de los que se nutre el cine, las canciones y el teatro, incluso como queda dicho , desde una amable tolerancia. 

Y aunque parezca ridículo, no son pocos los que se dicen  « Si todos fuéramos homosexuales , la humanidad desaparecería », del mismo modo que podrían decir « Si todos fuéramos panaderos no habría vinateros »

La fuerza de la costumbre es tan sólida aún que cuesta borrar las sonrisas comprensivas ante la revelación de una amistad homo. La naturaleza es normativa y establece la complementariedad de los órganos reproductores. Entra de lleno en la hipótesis de un plan divino o, para los no creyentes, en la perpetuación de la especie, mediante la trampa del amor romántico o cualquier otro decorado que estimule la heterosexualidad. El peligro moral es la supresión de la vida en última instancia. En ambos casos reducen al hombre a su condición animal. Masculino y femenino significa, antes que nada, macho y hembra. Luchar contra la homosexualidad desde esta posición contradice su intención de defender la civilización ya que ésta es siempre una orientación que se opone a la fuerza ciega de la naturaleza. En cierto modo es un biologismo extremo, al igual que el reduccionismo de la vida como unión de un óvulo y un espermatozoide desprovisto de significación espiritual. 

Hace poco tiempo pude escuchar a una señora a la que había que suponer un nivel cultural superior afirmar que sentía una “invasión” de argumentos y personajes homosexuales en el cine y las revistas. Cuando todo lo más que se puede reconocer es que su proporción es conforme a la realidad de la sociedad española, la señora en cuestión hablaba de invasión y dejaba claro que consideraba la homosexualidad como una anormalidad. Jamás hubiera dicho algo parecido respecto a los cristianos o, tal vez, los rumanos. Un caos mental que anuncia el grado de confusión en que se encuentra una gran parte de la sociedad al respecto. 

Los defensores del matrimonio homosexual son atacados sistemáticamente bajo el pretexto de defender la cultura y luchar contra la animalidad; en otras palabras, lo que valida el matrimonio desde el punto de vista de la cultura no es el acoplamiento en la postura del misionero u otras para reproducirse;  “no somos bestias ”, dicen. 

De esta manera desdibujan con desconfianza los instantes en que nos comportamos muy cerca de la más pura animalidad, incluyendo en los juegos de alcoba el lenguaje que no toleraríamos en otras circunstancias y que transforma la indignación en excitación. Decir no a la animalidad es decir no a la parte de nosotros que dice y hace esas cosas  para mayor disfrute de la pareja. Y como no, decir que no somos bestias es denunciar la “suciedad ”del acto sexual, porque la sexualidad  es “sucia”. En el fondo se desarrolla una crítica implícita, no nos engañemos, a la sodomía, pràctica que se realiza por donde salen los excrementos. Este es un prejuicio mayor. Su antropomorfismo inherente adjudica valores como suciedad allí en donde solo existe sexualidad como celebración de la vida. Para los homófobos , decir que no somos bestias significa decir que no hacemos cosas sucias, pero la suciedad es una representación humana. 

Sin embargo , la sodomía no es un privilegio de los homosexuales ( hombres ), faltaría más. Es el punto ciego de esta historia y , muy probablemente, la razón del odio homófobo. Y por cierto, la sodomía es, hasta cierto punto,  algo refinado dentro del orden de las prácticas sexuales por su mayor exigencia de higiene si cabe que otras prácticas hetero, tal y como nos hace ver Proust en su delicada  Recherche. 

No es el reino de la necesidad sino del placer. Al igual que otras prácticas, no necesariamente homosexuales, lo propio de lo humano se desliga de la reproducción, del mismo modo que la gastronomía de la estricta nutrición. 

Este 17 de Mayo se celebró el día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia para conmemorar la eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales. 

Sirva este modesto artículo como un discreto homenaje a quienes tanto han sufrido por la terrible estupidez humana.