La guerra de nunca acabar

Frans van den Broek

Algunos de los pasajes más emotivos y hermosos en la larga obra de Doris Lessing se refieren a su padre, un veterano de la primera guerra mundial. Como tantos en aquel entonces, su padre fue a la guerra con espíritu patriótico y juvenil, tal vez llevado por cierto sentido de aventura, influido por la propaganda nacionalista y los ideales del Imperio Británico. Volvió roto y desmoralizado, habiendo perdido una pierna desde la rodilla en la inmolación absurda que fue la guerra del 14. Lessing recuerda que jamás le abandonó la amargura de dicha experiencia, que afectó su espíritu de modo profundo, acercándole al cinismo y el descreimiento. Se sentía engañado, traicionado por su propia nación, por sus gobernantes, por sus políticos. ¿De qué había servido aquella matanza espantosa, realizada por primera vez en la historia, según nos cuentan los entendidos, a escala industrial? Lessing reflexiona entonces que la guerra mundial no solo afectó a su padre, sino a ella misma y a quienes heredaron de los combatientes sus memorias y su persistente dolor. La guerra, de muchas maneras, sigue su curso mucho más allá del armisticio, rendición o catástrofe que le pone fin. La historia no se detiene en fechas, sino que reverbera en el espíritu de los hombres y las generaciones, a veces por los siglos de los siglos. Pero no hay amén que las consagre o bendiga.

Este año se hará patente de nuevo este verismo histórico al celebrarse los cien años del comienzo de la gran guerra mundial. Supongo que muchos países se unirán a las conmemoraciones, que alcanzarán su clímax en el verano, cuando caigan las fechas exactas de las declaraciones de guerra que la iniciaron. La televisión inglesa BBC se ha adelantado, sin embargo, al emitir la semana pasada una pequeña serie que dramatiza los días previos al inicio de la guerra, 37 Días. Con su acostumbrada calidad, la BBC nos presenta a los principales actores de aquellos extraños días pre-bélicos, con un natural énfasis en el lado británico. Allí están el Kaiser y el general Moltke, de Alemania, el Zar de Rusia, Edward Grey, el ministro de Asuntos Exteriores inglés, y el gabinete de Asquith. No faltan Gavrilo Princip y el asesinato del archiduque del imperio Austro-Húngaro, ni un belicista Winston Churchill. Todo escenificado de modo eficiente y ágil, como suele hacer la televisión británica, pero no sin incurrir en controversiales interpretaciones de sus protagonistas y las naciones implicadas. En pocas palabras, no sin incurrir en la simplificación y el estereotipo.

Si algún mensaje condensa dicha serie, es que la guerra pudo evitarse, si tan solo se hubiera usado el sentido común, y dejado de lado vanidades y pretensiones inútiles, y disipado malentendidos y errores diplomáticos. La obvia ventaja de hacer la serie es que puede presentarse al propio bando como del lado de la razón y el comedimiento, siguiendo la vieja máxima que hace de los vencedores (y los productores de espectáculos audiovisuales) los narradores oficiales de la historia. Grey, el ministro británico, trata por todos los medios de evitar la guerra, pero el militarismo alemán y la incuria Rusa, la hacen inevitable. El Káiser es interpretado como poco menos que un imbécil, cegado por la vanidad y la ambición, resentido por la superioridad británica y deseoso de hacerles ver a sus parientes británicos que con él no se puede jugar, y que Alemania ha de ser respetada y temida. Moltke, el generalote alemán, encaja el estereotipo clásico del prusiano fortachón y agresivo, que solo entiende el lenguaje de los cañones y las movilizaciones. Una escena particularmente cómica (para mí, se entiende) lo muestra recibiendo masaje en su retiro, y hablando con otro militar acerca de sus intenciones, que quiere avanzar por encima del Káiser mismo o de los diplomáticos. La escena termina con un primer plano del general, mirando a ninguna parte y pensando en su deseada guerra y diciéndole a quien lo masajea, en tono grave y decidido: más fuerte. Un hombre, sin duda, capaz de aguantar el dolor y de mandar a millones a una carnicería. El zar no queda mucho mejor, como alguien aislado de los acontecimientos reales, pero decidiendo de forma unilateral que tiene que defender a sus hermanos eslavos del sur, los serbios. Causando en buena parte una guerra, en suma, que terminaría por derrocarle y destruir a su país. Y todo mientras sus hijas aprenden el piano y toman el té en buen francés. Y el embajador de dicho país, Francia, no puede menos que ser un cabeza caliente que tira los papeles del escritorio de Grey cuando su actuación no acuerda con sus expectativas. Solo faltó que le pusieran alguna amante al lado, en un buen menage a trois.

Todo lo anterior no es razón, empero, para desdeñar 37 Días al canasto de los documentales nunca vistos. En general, ofrece una buena imagen, hasta donde lo entiendo, del alambicado sistema de pactos y tratados y pesos y contrapesos que a la larga terminó involucrando al mundo entero en una guerra que no consiguió nada y que causó inmensa miseria. Pero al centrarse en los personajes que toman decisiones no puede ofrecer una buena contextualización de sus actos, como no sea más que en líneas generales y, como dije, más al servicio del imperio británico que de la verdad objetiva. Para darse una mejor cuenta del complejo de fuerzas en juego que llevaron a la guerra, recomiendo leer el excelente libro de Cristopher Clark, “The Sleepwalkers: How Europe went to war in 1914”. Aquí encontrará el lector una buena explicación de cómo países civilizados, en pleno proceso de crecimiento y desarrollo, herederos de la ilustración, pudieron embarcarse en una empresa tan estúpida como la primera guerra mundial. Un evento no desprovisto de cierta racionalidad, sin embargo, como hace claro el libro mentado, si bien se trate de una racionalidad histórica convoluta y torcida, un castillo de naipes basado en un equilibrio precario que se desmoronó al caer una de sus cartas más débiles. Pero es fácil especular después de lo acontecido y llenarnos la mente de contra-fácticos. Si algo queda claro, viendo dicha serie y leyendo este libro, es que la imbecilidad humana no tiene límites y se apropia hasta de la racionalidad más preclara. Es más, la imbecilidad y la estupidez humanas tienen la manía de hacerlo, y de razonar como el mejor filósofo, tal como lo hacen la psicosis o la psicopatía. Pero lo hacen guiadas por premisas falsas o emociones basales que se disfrazan u ocultan bajo un arsenal de palabras y de ideales. La misma BBC emitió hace poco un par de documentales argumentativos en los que un historiador defendía la participación de Gran Bretaña en la guerra y otro la acusaba de innecesaria. Ambos, no obstante, daban por descontado que la preservación del imperio británico era importante. Importante para quién, me pregunté. ¿Para los millones de indios que eran tratados como niños? ¿Para los habitantes de la Patagonia, que ni habrían oído hablar de Gran Bretaña? Esto es lo que pasa con la razón muchas veces: de tanto mirar al cielo, se olvida uno de los huecos del camino, como le pasó, dice la leyenda, al pobre Tales de Mileto. Y allí quedan quienes, como el padre de Doris Lessing, tienen que llevar a cuestas toda su vida los cañones y las trincheras.