La guerra civil, las responsabilidades individuales y una calle para Melchor Rodríguez

Alberto Penadés

 

Los fascistas no hicieron demasiados esfuerzos por ocultar sus crímenes, salvo tal vez en el caso de Gernika. Cuando al general Yagüe, que tiene calle en Madrid, le preguntó un periodista si era cierto que había fusilado a dos mil personas en Badajoz espetó un “no habrán sido tantos”. Incluso hay fotografías de las hileras de cadáveres. Y es al menos verosímil que Franco subrayara en público que no se detendría ante nada al ser preguntado si no habría que fusilar a media España para poder cumplir sus planes: “he dicho ante nada”.

 

Otros no han sido tan francos. Muchos de quienes se adhirieron al movimiento comunista internacional, supongo que la inmensa mayoría, necesitaban poder negar sus crímenes, en España como en la URSS. Así, lo más frecuente es que los asesinatos cometidos en la retaguardia republicana, además de combinarse con acusaciones pseudo-justificatorias que no se detienen ante el ridículo,  se atribuyan sobre todo a los anarquistas o a turbas incontroladas.  De todo eso hubo, naturalmente, pero también escuadrones de la muerte tan bien organizados como cabe esperarse, y con vínculos de obediencia con organizaciones políticas tan disciplinadas como el partido comunista. El ejemplo más extremo son las matanzas de Paracuellos.

 

Hablar de estas cosas con mis amigos me lleva siempre a escuchar el reproche de que no se puede ser equidistante. Sobre eso hay que detenerse. Sin duda me encuentro en una posición equidistante ante las masacres de Badajoz y Paracuellos, no puede ser de otra forma. En ambos casos se procedió en pocos días al exterminio masivo de cautivos, a un ritmo que solo igualan algunos Lager. Esto no significa ser equidistante ante los “bandos”. Sé lo que habría elegido hace 70 años, pero por suerte no tengo que hacerlo hoy, ni nadie.

 

Una de las cosas que me gusta de que se proponga juzgar al franquismo en los tribunales es que nos ayude a pensar en qué significa ser responsable. La responsabilidad legal es individual, salvo casos de actores colectivos bien definidos, y es calculable: culpable o inocente. Lo que llamamos  juicio de la historia pretende ser algo mucho más matizado en su conclusión y atribuye responsabilidades colectivas de forma bastante más generosa. El juicio moral ordinario, me parece a mí, es algo intermedio en este respecto: sabemos que es muy difícil discernir siempre la responsabilidad de un hecho y hasta qué punto se extiende la culpa entre los actores implicados.  Pero aspiramos a ello. La responsabilidad es como la libertad vuelta del revés, y la libertad se predica de los individuos.

 

Tratar de sustituir el juicio legal por el histórico me parecería un error, ni la ley está para dictar verdades históricas ni el juicio histórico sobre un periodo (del que la condena parlamentaria al franquismo es una expresión clara) debería empujar (lo haría como prejuicio) la investigación judicial. Mezclar juicios morales, digamos, “de escala ordinaria” y juicios históricos me parece que puede ser perezoso. Hay demasiada distancia entre “los bandos” y los individuos.

 

Ignoro si es posible juzgar legalmente a nadie implicado en la guerra civil o en la dictadura franquista (todos sospechamos que no) y tengo muy claro el juicio histórico que cada uno de los bandos, en tanto que bandos, debe merecer. Sí creo que se puede juzgar moralmente a los individuos.  Lo que me gustaría proponer hoy no es una condena sino un pequeño homenaje. La historia no es desconocida, pero en estos días no se habla de descubrir hechos ocultos, sino de esforzarse para ponerlos en la conciencia pública.

 

Melchor Rodríguez (1893-1972) es conocido sobre todo por haber detenido los fusilamientos de presos de Madrid en Paracuellos y alrededores, que comenzaron el 7 de noviembre del 36. El 10 de noviembre Melchor Rodríguez fue nombrado delegado especial de prisiones, pero se vio obligado a ir a Valencia a presentar su dimisión cuatro días más tarde, días en los que,  no obstante, no hubo sacas. Obtuvo plenos poderes de García Oliver y retomó al cargo el día 4 de diciembre; a partir de entonces cesaron las ejecuciones, que habían ocupado 13 días. Puede que salvara miles de vidas (además de frenar las sacas se le atribuye haber impedido con una acción decidida el linchamiento de presos en Alcalá, donde había 1400 detenidos). Algunos eran mala gente, otros se lo agradecieron siempre. En marzo fue destituido por el gobierno Negrín, presionado por los comunistas, y pasó a ocuparse de la dirección de cementerios.

 

Sevillano de Triana, huérfano de un obrero muerto en un accidente, fue monaguillo en el hospicio, calderero y, como muchos jóvenes de entonces, buscó salir de la miseria en los ruedos. Se vistió de luces como novillero en Salúcar en 1915 y fue presentado en Madrid, en la plaza de Tetuán, en 1918, siendo cogido grave por el segundo. La prensa dijo que “sus faenas de muleta fueron vulgares aunque valentonas”. Antes de abandonar tuvo otras cuatro cogidas, una en Salamanca. El Cossío lo reseña como el único torero que haya tenido un papel en la política (aunque no era raro encontrar activistas en la profesión; hay un cuento, flojo, de Hemingway sobre dos banderilleros sindicalistas).

 

Emigrado a Madrid en los años 20 trabajó como chapista. Allí se afilió a la CNT y, en 1927, fundó el grupo Libertos, que se adhirió a la FAI ese mismo año. Concentró su militancia en asistir a los presos políticos, en denunciar la represión, en exigir excarcelaciones. Fue arrestado 34 veces en su vida. Cuando le hicieron delegado de prisiones se pudo decir que conocía su trabajo como su casa.

 

Hombre de pésima pluma, escribió malos artículos y peores versos. (“Vida, nobleza, bondad/ satisfacción, alegría…/ todo esto es Anarquía”). Lo decía de sí mismo: “Torpe, sí, porque es la pluma de un explotado”. Son palabras de una pieza dedicada a lo que sí sabía hacer: contar uno por uno los 166 obreros muertos por balas de la fuerza pública en el primer año de gobierno republicano (La Tierra 18-4-32). De él se recuerda una frase blanda que describe bien a este tolstoiano andaluz: “Se puede morir por los ideales, pero no matar”.

 

Fue concejal, designado por la FAI, en Madrid, de donde, como Besteiro, no quiso huir, ocupándose de la transmisión de poderes. Hay quienes le siguen llamando traidor, pero lo cierto es que un tribunal franquista le condenó a seis años de cárcel. Cumplió sólo año y medio. Algunos mandamases del nuevo régimen, como Muñoz-Grandes, que le debía la vida, habían testificado en su defensa. Según sus compañeros de militancia rehusó cualquier ayuda del régimen y trabajó como agente de seguros el resto de su vida, llevando una discreta actividad a favor de los prisioneros políticos. Para ello pudo servirse de sus vínculos con quienes le habían apodado “el ángel rojo”. Se cuenta que ganó un concurso de eslóganes publicitarios para una marca de anís, y que acogió en su casa a un viejo banderillero y a su esposa.  No he podido saber nada de su familia, pero hay una hermosa foto en la que besa a una mujer mientras ella ríe; en otra  señala a la cámara con una niña en los brazos.

 

Murió como anarquista. Puede ser cierto que Martín Artajo, antiguo cedista al que había librado del paredón, fuera a visitarle al hospital vistiendo una corbata roja y negra; tampoco es imposible que le ofreciera un crucifijo y lo besara. Varias fuentes aseguran que su entierro reunió a muchas personas de los dos bandos; en la única foto que he encontrado se ven bastantes caras jóvenes. En el cementerio de la Almudena el ministro Martín Artajo rezó un padrenuestro, tras lo cual los compañeros de Melchor cantaron “A las barricadas”. Hay que imaginar el imponente son de La Varsoviana, en 1972, escuchado en silencio por las autoridades.

 

Desde agosto tiene calle en Sevilla; el ayuntamiento de Madrid no se decide, aunque la CGT recoge firmas.