La Gran Transformación

Frans van den Broek

El problema con las grandes transformaciones es que casi nunca se sabe qué dirección van a tomar. No es difícil recordar la ingeniería social del finado Stalin: transformó a sus súbditos en monstruos, imbéciles o amedrentados, cuando no en prisioneros o exiliados. Al resto les asignó un par de metros de tierra para su eterno reposo, y todo esto en un país poseído en aquel entonces por un espíritu idealista que hubiera hecho mucho más fácil una verdadera alquimia política hacia la piedra filosofal de una sociedad un tanto más justa y equitativa. Es cierto, algo se logró, como industrializar a un país agrícola y atrasado, extender la alfabetización, salud accesible, eliminación (literal, muchas veces) de la miseria. Pero a un costo casi inimaginable para un habitante actual de occidente.

Como en Perú lo hacemos todo o casi todo de manera bastante mediocre y tardía, las grandes transformaciones han solido ser tibias, figurativas, desastradas o simplemente ridículas o caóticas. Recuérdese al dictador de impronta socialista Juan Velasco Alvarado, a quien debemos algunas medidas que la historia y el progreso hacían necesarias, pero que al final se diluyeron en los bolsillos rebosantes de sus generalotes y subalternos, entregados con gran jolgorio y palabras rimbombantes al más miserable latrocinio, mientras al país se deslizaba a uno de los peores períodos de su historia, que subsecuentes líderes nacionales no supieron o no quisieron atajar. Luego vino otro autoritario con ansias de transformación, el ahora preso común Fujimori, y cambió el país, no cabe duda, pero lo hizo al costo también de convertirlo en un imperio oriental lleno de corruptos y lamedores de traseros, y con tanto respeto por los derechos humanos como Drácula por sus víctimas. Su asesor, Montesinos, al parecer consciente de la mediocridad nacional, decidió por una vez hacer las cosas como se deben y en lugar de robarse el milloncito de rigor y coimear a un par de políticos, se birló un presupuesto nacional entero y pasó por el aro a toda la clase política, con video gratis incluido para deleite de las futuras generaciones de peruanos.

Me viene todo esto a la mente al leer con tristeza las noticias en torno a la concesión de las minas Conga a un conglomerado de empresas internacionales y nacionales para su explotación. Las minas se encuentran al lado del pueblo de mi madre en la sierra peruana, en el departamento de Cajamarca, razón por la cual he sabido del proceso desde mucho antes que apareciera en los periódicos y ha adquirido un tinte personal y directo, al afectar toda la región y a personas de mi propia familia. Resulta que ya hace un tiempo atrás se supo del descubrimiento de reservas de oro en la zona, lo cual entusiasmó a la población, una de las más pobres del Perú, pues supusieron que su explotación les favorecería y contribuiría al desarrollo económico de todos, sobre todo de los lugareños, al darles trabajo y aumentar las cajas de los municipios y gobiernos regionales, lo que revertiría en proyectos de mejoramiento estructural.

Pues bien, una mina fue concedida, Yanacocha, y la explotación se hizo realidad. No pasarían muchos años, sin embargo, para que los pobladores empezaran a mostrarse descontentos con las consecuencias más palpables de la explotación minera. No me refiero a las cifras que manejan los gobiernos, esas abstracciones tipo Excel que justifican todo lo que se quiera justificar, y que estoy seguro mostrarán un incremento en el indicador económico tal o cual, sino a las experiencias directas del habitante común de la zona. ¿No irían los pobladores a entrar a trabajar en masa a las minas, dándoles una buena vida a sus familias? Si ocurrió, no lo hizo de la manera esperada, pues son necesarios empleados cualificados que sepan lo que es la minería actual y tuvieron que venir de fuera, dado el poco desarrollo educativo y técnico del lugar. Las posiciones gerenciales y de mando quedaron en manos de foráneos, por supuesto, y de las arcas provinciales vieron poco, como no fuera la inauguración esporádica de un salón de deportes por aquí y una escuelita por allá. Además, la criminalidad aumentó, atraída por los sueldos de los funcionarios y donde antes uno se paseaba sin temores, ahora hay que estar alerta, y donde antes se juntaban los locales a departir y conversar, hoy se pasean prostitutas para despulgar a los mineros de su merecido dinero. Los campesinos, por su parte, empezaron a notar raras enfermedades en sus ganados y en sí mismos, que no pueden ser explicadas de otra manera que por el desastre ecológico que las minas están causando, a pesar de los reportes de viabilidad y garantías de las comisiones, lo que no me extrañaría no signifique otra cosa que dineros mal habidos por funcionarios dispuestos a hacer la vista gorda a lo que sea. La minas, no se olvide, son multibillonarias y comprar a quien sea cuesta menos que la comida de sus perritos, lo que en un país como el nuestro las sitúa en una posición de poder más efectivo que el del ejército o los parlamentos. Con el tiempo, por tanto, los pobladores empezaron a volverse en contra de las minas, hecho que expresaron de varias formas.

Pero cuál no sería su sorpresa cuando el gobierno decide, en lugar de solucionar los problemas mencionados o de investigar apropiadamente las quejas, conceder más minas a las mismas empresas y alguna otra, en lo que sería la inversión extranjera más grande de la historia del Perú, las minas Conga. Su explotación supondría, además, la utilización masiva del agua de la región, en particular de un par de lagos andinos, cabecera de fuente, de los que viven los campesinos y de los que beben pueblos y ciudades aledaños. Los cerros, cuya significación simbólica no es misterio para nadie que conozca un poco de historia o antropología del Perú, serían pulverizados sin misericordia para satisfacer la codicia de unas cuantas empresas extranjeras y de unos cuantos beneficiarios peruanos, y todo para extraer oro, nada menos, el metal que fue causante de la primera gran transformación traumática de nuestra historia, la colonización por el imperio español. El oro que no supo aplacar la codicia de Pizarro y compañía ni siquiera para cumplir su promesa de no matar al Inca, en la mismísima Cajamarca donde ahora se asientan las mineras. Dije pulverizados: esto no es una metáfora. El oro de estas minas no está concentrado en vetas accesibles que permitan una extracción discreta del metal, sino que está disperso en granos y tiene que ser filtrado de la tierra que lo posee, lo que supone un proceso químico que requiere la utilización, entre otras sustancias nocivas, de mercurio, conocido cancerígeno. Asimismo, y agárrese el lector, para extraer una onza de oro tienen que extraerse treinta toneladas de montaña. Sí, treinta toneladas para hacer un par de anillos de matrimonio, un collarcito y dos aretes tipo incaico. Si esto no es una catástrofe ecológica, no sé qué pueda serlo. Y ni siquiera para conseguir un metal que nos sirva demasiado, como el hierro o el aluminio, sino un metal cargado de valor simbólico y del que podemos prescindir sin remilgos.

Todo esto empezó antes del actual gobierno, por lo que la llegada al mismo del Gran Transformador Ollanta Humala (son sus palabras, no las mías), insufló esperanzas a los pobladores de Cajamarca. Un hombre de ideas progresistas, que había prometido renegociar los contratos, investigar las condiciones de explotación y el impacto ecológico, y tomar medidas donde fuera necesario, iría a escuchar, sin duda, las quejas de los cajamarquinos. Sobre todo, no se le ocurriría seguir adelante con más explotaciones sin antes haber consultado a la población extensivamente, y hasta era posible que detuviera los proyectos, cercano como decía estar al espíritu popular. Pues no. El Gran Transformador olvidó decirnos a todos que la gran transformación no era de la sociedad desequilibrada que le tocaba gobernar, sino de él mismo, mago de la alquimia personal y ducho en las lides de la imagen y el oportunismo. El Gran Transformador decidió seguir adelante con las minas Conga, basándose en reportes de viabilidad que todos consideran dudosos. Los argumentos son los mismos que pudiera haber ofrecido cualquiera de sus rivales de la derecha, pero eso no parece preocuparle: él está con el pueblo, pero con el pueblo que le hace caso; al otro, le hace entender de una forma u otra. Los pobladores protestaron y siguen protestando, claro está, pues no pueden hacer otra cosa. A la protesta se sumaron incluso los gobernadores regionales. No faltaron los extremistas que quisieron apropiarse de las protestas, pero son una minoría y es la mayoría de la población la que está en contra de las minas, no los enfebrecidos que ahora le sirven a Humala de excusa perfecta para hacer lo que hizo a continuación, manu militari: declarar el estado de emergencia en toda la región. O sea, no más protestas hasta que estén de acuerdo conmigo. Como tiene que mantener las apariencias, ha convocado conversaciones con los implicados, ha declarado que se harán estudios más extensivos, ha invocado el orden y la democracia para defender sus medidas. Pero, ¿qué saldrá de todo esto? ¿Tienen los pobladores de Cajamarca alguna chance de éxito –en otras palabras, alguna posibilidad de cancelar el proyecto minero, que no desean- cuando hay tanto dinero sobre la mesa? Lo dudo. Las comisiones, conversaciones, delegaciones, diálogos, compromisos, investigaciones o lo que fuera que pretenden hacer ahora, son solo maneras de diluir la rabia local y ganar tiempo para que las mineras puedan venir de todas formas, una vez aplacada la tormenta. Por lo demás, menuda manera de negociar, con estado de emergencia que impide toda concentración popular, exime de responsabilidad a los militares que impongan disciplina y quita derechos a los ciudadanos. Humala, no se olvide, es un militarote a fin de cuentas. Quienes quisieron pensar que esto no afectaría su manera de gobernar saben poco de psicología o pecaron de idealismo. A mí me ha parecido la reacción lógica de quien no está acostumbrado a que le den la contra. Los grandes transformadores no suelen estarlo, por lo demás. Incluso los de mejor raigambre democrática, me atrevería a decir: baste recordar los referéndums de la Unión Europea, los cuales se celebran cuantas veces sea necesario hasta que acuerden con las necesidades de la élite gobernante, o se ignoran o circunvalan hasta que se diga sí o sí.

Ojalá me equivoque, por supuesto. Sé que el país necesita toda la inversión que pueda recibir y que las minas son la principal fuente de ingresos del estado peruano, pero ya es tiempo de diversificar la economía y depender menos de la exportación de recursos naturales. El presidente tiene que velar por el desarrollo económico de la nación, es cierto, y no puede pensar en satisfacer a todos. Pero a las minas Conga no las quieren precisamente aquellas personas que prometió defender de los abusos de los grandes capitales. Transfórmese otra vez en su presidente, le diría, que de lo contrario se repetirá la historia: por más oro que les den, las mineras seguirán acogotando a cuanto Atahualpa se les ponga en el camino, y si no ha aprendido al menos eso de la historia, no ha aprendido nada.