La gente que sólo come pasteles

Guridi

Nunca me he molestado en comprobar si es verdad esa anécdota que cuentan de María Antonieta que, molesta porque el pueblo protestaba frente a las puertas de palacio, preguntó que qué era lo que querían. “No tienen pan, majestad” le dijeron. “Pues que coman pasteles” dicen que respondió la austriaca.

Sea verdad o no, demuestra una actitud que es consustancial a la condición humana y que se hace especialmente dolorosa en tiempos de crisis como en los que vivimos. La gente que no comparte los problemas de los demás, tiende a irritarse por ellos y a pensar que son inventados. Por eso hay gente que cree que el que no tiene trabajo es porque no quiere, que los jóvenes son unos blandengues que ya deberían tener casa o emigrar, o que el tipo que hace cola, muerto de vergüenza para pedir comida en un banco de alimentos, se ha gastado todo su dinero en un móvil y una tele de plasma.

Que sea parte de la condición humana, sin embargo, no es eximente para mantener esa actitud en pleno siglo XXI. También son parte de la condición humana el canibalismo, los sacrificios rituales a algún diosecillo o golpear violentamente a todo aquello que nos molesta. Por eso mismo, no perdono los “que coman pasteles” con los que el Gobierno del Partido Popular nos obsequia a diario y, mucho menos, cuando gente que se declara progresista las esgrime como pretendida verdad científica. ¿Sabéis a quién me refiero?

Puede ser a mucha gente, pero en este caso, me refiero a Moscoso (hijo), que ha escrito un libro y salió en el El País diciendo que eso de las clases sociales está muy anticuado, que hay que mirarse en el espejo de Barack Obama y que Zapatero… Ese Zapatero nunca me gustó, aunque tuvo sus cosas buenas, el chico.

Humanamente se entiende a Moscoso. El chico se ha criado sin que le faltase de nada, se ha beneficiado siempre de los contactos de papá, en Navarra huía como podía de esos raros seres, los militantes, de sus abrazos, sus viejos jerseys de lana y sus historietas de desgracias y sus desventuras de pobres que no hablan idiomas, ni tienen carrera. Las ideas de Moscoso (hijo) se han cocinado entre clases en el extranjero, aulas caras y los amigos de papá, que tenían el Estado entero en la cabeza; hablando en cifras, teorías, balances y modelos matemáticos; que no hacen ruido, no huelen y no quieren darte abrazos cuando te presentas a alcalde. Cuando vives en el mundo feliz en el que la gente de izquierdas escribe libros, dice leer a autores de alto copete y organizas actos en hoteles de lujo, para que tú y tus amigos conozcáis a Bill Clinton… Pues ¿qué narices pintan las clases sociales ahí? ¿Para qué vas a hablar con alguien que no ha cenado con Miterrand? ¿Cómo vas a hacerte entender con gente que no distingue entre la Comisión Europea y el Consejo Europeo? Nada, lo mejor es eliminar a esa gente de tu mundo y escribir un libro para llamar un poco la atención de los que leen, que se avecinan tiempos revueltos. Y a usar conceptos como “micropolítica” para no reconocer que hacer un programa dedicado a luchar contra las injusticias y las desigualdades es complicado y tiene que pelearse. Y no estamos para peleas, no vaya a ser que nos hagan pupa.

Pues eso, humanamente se le comprende. Pero comprender no significa aprobar y menos perdonar. Igual que también se entiende el impulso de pretender llamar la atención. En estos días todo el mundo quiere llamar la atención. Moscoso y sus compañeros de Ejecutiva se pasan el día quejándose de que no pintan nada, de que todo lo hacen Elena y Alfredo sobre la marcha y sin decir nada a nadie, de que las ejecutivas son un paripé…

Imaginad esas ejecutivas en las que Rubalcaba y Valenciano se hacen unas risas, diciendo que ya se encargan ellos de todo. Y los demás, riéndoles los chistes y callados como tumbas en el resto del orden del día. Tanto esfuerzo por estar callados les lleva a querer expresarse de alguna manera. Algunos escriben libros y otros se esfuerzan porque les dejen hacer alguna declaración en la sala de prensa; aunque sea un domingo por la mañana, cuando no te hará caso nadie. Otros hablan con los periodistas en los rincones del Congreso, para quejarse de lo poco aprovechados que están, con lo que ellos valen. Y así siguen: callando y asintiendo

 Uno de los motivos por los cuales nadie desmiente tajantemente la inclinación del actual PSOE a formar una “Gran Coalición” es porque no están seguros de que la cosa no se decida una de estas noches en las que Elena y Alfredo tienen esas charlas en las que parecen un matrimonio mayor.

 Es desesperante comprobar cómo personajes así viven, se mueven y prosperan en ese mundo tan reducido, de declaraciones facilonas, esgrima de moqueta y peloteo al plumilla y al carguito. No es de extrañar, por tanto que la brecha entre el PSOE y su militancia, el PSOE y su gente, se hagan más grandes todavía. 

Así que… ¿Qué es ser de izquierdas en ese polvoriento Camelot en el que han convertido Ferraz 70? Ni ellos lo saben. Lo peor es que, mientras ellos sigan, no dejan sitio a la gente que sí que lo sabe.