La Farsa

Guridi 

No hay nada como ser de izquierdas para pegarse tiros en el pie. Y si el PSOE, a quien algunos denominan “la izquierda de metacrilato”, ya lleva unos cuantos y está a punto de volver a apretar el gatillo, Podemos -como herederos de la “verdadera izquierda” del falso demócrata Anguita- está usando el modo automático y se dispara ráfaga tras ráfaga.

Podemos siempre quiso -y aún quiere- subvertir la democracia con el objetivo de acabar con el poder. Para ello no ha dudado en retorcer el lenguaje de maneras que recuerdan a viejos autoritarios. Tan viejos, por desgracia, que sus jóvenes votantes no le reconocen. Pero hacen cosas como decir que la “verdadera democracia” es aquella en la que ellos ganan siempre. Que la violencia no es violencia, sino que sólo es violento lo que ellos determinen. Y siembran en su electorado ideas tan alejadas de los ideales de igualdad de la democracia como que los jóvenes tienen más derecho al voto que los mayores, o que el voto de las personas sin títulos académicos vale más que el de aquellos que no ostentan papel académico alguno.

Por desgracia para ellos, la democracia, aunque es difícil de definir, sí es fácil de recoger cuando está ausente. Y su electorado y sus cuadros están asistiendo al momento en el cual Pablo Iglesias incurre en modos muy dudosamente democráticos. Iglesias afirma combatir el personalísimo mientras alimenta el culto a su persona. Dice que no sobra nadie mientras purga su partido. Y se autodenomina feminista, mientras aparta a mujeres elegidas democráticamente de puestos de responsabilidad para poner a hombres obtusos, sin más mérito que la lealtad ciega a su persona.

Podemos está resultando ser un partido tan hecho a imagen de su semejanza de su líder que está evidenciando sus mismo defectos: egolatría, adanismo, antipatía, elitismo, endogamia universitaria, machismo y matonismo. Pues tales rasgos han adornado siempre a Pablo Manuel y ahora ya han empapado a fondo a ese partido instrumental que ha creado a la medida de su ego.

No entraré a discutir si Podemos es más o menos de izquierdas. Pero sí que mantengo que no es un partido democrático. Del mismo modo que los líderes de Podemos aprovechan a la universidad como un medio a través del cual extraen rentas y manipulan a los alumnos -vaciando de contenido su función principal, que es la de difundir el saber-, lo mismo hacen con la democracia, a la cual quieren vaciar de libertad, diálogo y acuerdos para convertirla en otra estructura vacía de la que servirse para aumentar su poder personal, su renta y su capacidad de obligar a la gente a servir a sus propósitos personales.

Que sea necesario actualizar nuestro sistema político no es lo mismo que pretender subvertirlo para ponerlo al servicio de una sola ideología. La democracia es ese sistema mediante el cual la gente te puede aupar o descabalgar del poder mediante el voto universal, secreto, directo y emitido siempre de acuerdo a las mismas normas, que también son iguales para todos aquellos que se decidan presentar.

Hay una mayoría de españoles que consideran que el Partido Popular es un partido corrupto, cuyas políticas no deben regir los destinos de 45 millones de españoles. Pero esa misma mayoría no se pone de acuerdo a la hora de elegir una alternativa de gobierno.

Si Podemos hubiera sido un partido verdaderamente democrático, habría usado las instituciones para su verdadero propósito. Esto es: el Parlamento sirve para parlamentar. Pero para Iglesias Turrión llegar a acuerdos con diferentes es el equivalente a claudicar.

 Lo mismo se ha visto que ocurre dentro de su propio partido. Mientras que el Congreso del PP va a ser una balsa de aceite, el Congreso de Podemos -llamado Vistalegre para hacer olvidar los Vistalegres de Zapatero- va a ser la escenificación de cómo Pablo Manuel termina de aniquilar a cualquier opinión diferente a la suya y dónde va a quedar claro que la única idea permitida es aquella que haya salido de la sesera del pleclaro líder. Ese “tipo con coleta que va dispuesto a comerse todas las balas”, según los babosos escritos de Pablo Echenique, que se encuentra muy a gusto en las fantasías guerrilleras de su inmaduro caudillo.  

Y Errejón, víctima de todo esto, no es mejor demócrata que Pablo Manuel. Sólo es más sensible a los miedos que despiertan la antipatía y el matonismo de su partido, que se autodenomina “la sonrisa de un país” mientras muestra su dentadura de tiburón.  

Como cadavérico acompañante del macabro viaje del ego de Iglesias Turrión queda lo que antes era Izquierda Unida, que ya carece de identidad y cuyo papel en la construcción de la democracia de hoy es visto como una traición por los arrogantes académicos que les han mandado al cajón de la historia. 

Como militante del PSOE, no voy a aceptar ni una sola lección de los de Podemos. Ni les voy a ver con los mismos ojos benevolentes que Pedro Sánchez. Porque para mí, el socialismo y la democracia se construyen a la vez. Y ninguno ha de estar supeditado al otro. Ambos son medios y no fines. Y porque creo con todas mis fuerzas en que el voto de la señora de la limpieza ha de seguir valiendo lo mismo que el del catedrático al que vacía la papelera.