La familia: lugar de ruptura

Carlos Montbau

Durante la década de los sesenta hubo un grupo de intelectuales del campo de la psicología y las ciencias sociales que apostaron por abolir los muros de los manicomios, en la jerga de aquella época, y otras instituciones totales porque éstas eran la extensión de un sistema económico injusto y represivo y porque “obligaba” a las personas más permeables a las injusticias a buscar una “protección” en lugares donde la lobotomía a base de fármacos estaba a la orden del día. Es decir, que igual que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad, los sensibles de espíritu, mente y bolsillo, eran los que ocupaban en mayor parte estos espacios totales donde el panóptico, el ojo que todo lo ve, ejercía el autoritarismo y obligaba a los residentes a la simulación continua.


Era un movimiento que podríamos situar bajo el paraguas conceptual de antipsiquiatría. Este grupo de estudiosos de la mente y de los comportamientos sociales también hablaron con poco apego de la institución familiar. Ésta representaba, como un espejo, gran parte de las derias y la represión que engendraba la sociedad capitalista. Era una época donde mayoritariamente la familia se regía por unos roles rígidos dentro de la pareja y la creatividad y la protección no parecía que estuviera entre sus funciones principales.
Algunas de estas propuestas o clamores punks, fueron asumidos décadas después por los ámbitos más académicos e institucionales de la sociedad sobre todo aquella referida a las instituciones totales (psiquiátricos, centros de acogida y prisiones) que en algunos casos pasaron a ser zonas algo más permeables a la sociedad y con un trato más humano (aun queda mucho por hacer).
En las cuestiones relacionadas con el neoliberalismo, un sistema económico pero esencialmente un pulpo con enormes tentáculos que acaba llegando a los lugares más remotos de nuestra día a día, se flexibilizó en el ámbito de los derechos civiles de la mayoría en gran parte de la Europa “occidental” y en algunos otros lugares. Y en el caso de la familia, la realidad dio paso a una institución altamente más flexible, heterogénea, plural y líquido. Donde los divorcios y las familias sobrevenidas estaban y están presentes en nuestra vida diaria. Este neoliberalismo también se perfeccionó creando una máquina bien engrasada, o un cíclope, donde casi todo es devorado y devastado a su paso.
Estando así las cosas creo que el papel de la familia en la actualidad se puede entender de una manera bien diferente o no sólo como un reducto para perpetuar la especie bajo unos cánones tradicionales sino que representa un espacio o lugar en contra de un sistema económico que casi nos obliga a militar en la obsolescencia programada. Más allá de padres que sientan que los hijos, familia extensa y vecinos y amigos son un estorbo por lo poco que tienen de productividad en términos económicos parece que queda claro que la vida en familia/tribu/comunidad lleva una lógica bastante alejada del usar y tirar.
Quizá esta institución que atraviesa sistemas políticos, históricos y culturales sea hoy en día un buen lugar para refugiarse y/o proyectarse ante tanto vendaval neoliberal que atraviesa nuestro entorno. Y cuando se habla de familia, se habla de la familia de progenitor/es pero también se habla de la tribu: abuelos y tías, vecinos a los que consigues atravesar la puerta de su casa. Y porque con la familia extensa/tribu los críos se empapan de diferentes modelos. Modelos que en muchos casos permanecen estables y que alejan a nuestros retoños de la lógica que no todo se compra y se vende, aparece y desaparece de forma rápida sino que hay personas y situaciones que se mantienen relativamente estables durante un tiempo prolongado de la misma manera que el recuerdo de algunos libros o profesorado de secundaria superan el paso del tiempo con enorme calidad.

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