La estrategia electoral del PP

Lobisón

Sería exagerado decir que la montaña parió un ratón, porque Arias Cañete encaja mal como figura ratonil. Pero lo cierto es que tras muchas semanas de misterio Rajoy ha designado como cabeza de la lista del PP para las elecciones europeas al ministro de Agricultura, que había sido siempre considerado el candidato favorito y más probable. ¿Por qué se ha mantenido tanto tiempo la duda sobre algo que se daba por descontado?

Se pueden buscar explicaciones estratégicas, pero no es fácil hacerlas convincentes. Quizá lo más simple sea pensar que Rajoy ha tratado de posponer al máximo la sustitución de Arias Cañete, para evitar la presión mediática a favor de una remodelación amplia del gobierno. O el deseo de demostrar que a él no le impone nadie sus tiempos, que eso es algo de lo que los gobernantes gustan enorgullecerse, aunque los resultados no siempre sean buenos.

Pero lo que resulta más llamativo es que, al menos en estos primeros momentos de lanzamiento del candidato, la estrategia del PP parece girar en torno a la herencia recibida. Si triunfaran los socialistas en las elecciones europeas, se nos dice, podría perderse todo lo avanzado con los sacrificios de estos dos últimos años. Una vez más, los socialistas (ya no sólo Zapatero) como fuente de incertidumbre e inquietud para los mercados.

A simple vista se diría que esta estrategia es una sandez. En primer lugar, como comprobó con dolor Rajoy al llegar a la Moncloa, no era Zapatero la causa de la especulación contra la deuda española, sino la posibilidad de una ruptura del euro, o de una salida de España de la eurozona, a causa de la falta de respaldo del Banco Central Europeo a la deuda de los países del sur. Por eso bastaron unas simples palabras de Draghi, que se interpretaron como una amenaza de comprar esa deuda si continuaba la especulación, para calmar la situación e invertir la tendencia de la prima de riesgo.

Pero además una posible victoria socialista en las elecciones europeas no tendría ningún impacto en la política macroeconómica del gobierno español, por lo que difícilmente podría crear incertidumbre en los mercados. De hecho, lo peor que nos puede suceder es que un avance de los partidos antieuropeos o unos niveles espectaculares de abstención —en el conjunto de la UE— creen nuevas dudas sobre el futuro del euro. Que la primera minoría en España sea del PP o del PSOE es bastante irrelevante para los inversores.

¿Es entonces irracional la estrategia del PP? Lejos de eso, e independientemente de que le pueda funcionar mejor o peor, es una estrategia muy racional. La lógica en las elecciones europeas, vistas por los electores como elecciones de segundo orden, lleva a castigar al gobierno, y a una mayor movilización de los partidarios de la oposición. Por tanto, lo que el PP pretende es echar sal en la herida de los electores socialistas desencantados, reavivar sus rencores contra el PSOE (y el pobre Zapatero) para que se queden en casa, contando con salvar los muebles sobre la base de los electores incondicionales del PP, y recordando a los electores de centro la razón por la que votaron al PP en noviembre de 2011. Les saldrá mejor o peor, pero tiene más sentido que una campaña triunfalista sobre logros y avances que muy pocos perciben aún en el día a día.