La dificultad de ser bien visto por los musulmanes

Barañain

Tras las algaradas y asaltos de embajadas norteamericanas por turbas árabes islamistas, al principio se especulaba en los medios sobre el efecto que podrían tener estos  episodios y concretamente la reacción de la Casa Blanca en el resultado de las inminentes elecciones presidenciales. Ahora, a medida que los desmanes se han ido extendiendo, lo que se ve peligrar es toda la estrategia occidental – y de Obama en particular-, con respecto a la los efectos de la “primavera árabe”.

Muy prematuramente se dio por hecho que el candidato Romney había patinado al mostrarse más crítico que solidario con su gobierno por la respuesta inicial ante el asalto a su embajada en Libia. En El País, por ejemplo, se leía: “Romney, probablemente, había contado con que estos sucesos dañasen lo que ha sido hasta ahora uno de los puntos fuertes de Obama, su política exterior. Pero podría ser exactamente el contrario.” O no.

En realidad el (supuesto) error de Romney podría haber sido sólo su apresuramiento en la  crítica –sin esperar al pronunciamiento de Obama-, ya que en su declaración aludía a un primer y lamentable comunicado de la embajada de EEUU en Egipto que condenaba “los esfuerzos continuados de individuos equivocados por herir los sentimientos religiosos de los musulmanes”. Para Romney “es terrible que EE UU tenga que disculparse por defender sus valores”. Que aquel comunicado fuera rápidamente corregido indica que no andaba tan descaminado el candidato republicano.

 Por otra parte, la promesa de Obama de que “se hará justicia” respecto al asesinato de su embajador, no le ha  impedido seguir en esa línea de hacer prevalecer el rechazo a “todos los intentos de denigrar las creencias religiosas de otros” sobre la defensa de la libertad de expresión como uno de los valores fundamentales de las sociedades democráticas.  La señora Clinton se ha empeñado en mostrar a los musulmanes que su gobierno consideraba repugnante y censurable – ¡sí, hasta dijo lo de “censurable”!-, el vídeo de marras.

De los líderes árabes lo único que se ha escuchado han sido condenas airadas del vídeo, que no de la violenta acometida de los fanáticos a las embajadas americanas. Y no ha habido apenas distinción entre unos y otros, entre los viejos y los “primaverales”. Los Hermanos Musulmanes de Egipto incluso han sido pillados in fraganti haciendo uso de su característico doble lenguaje, moderado en inglés hacia el exterior e incendiario en árabe para el consumo interno. El modelo ha sido el del secretario general de la Liga Árabe, que ha pedido al  Gobierno de EEUU que adopte “una posición firme contra los responsables de la producción del vídeo” ya que, según ha señalado, “acciones como esa suscitan la discordia, ofenden a las religiones e instigan al conflicto entre culturas y civilizaciones”. Menos fino, un diputado árabe israelí, además de acusar de lo sucedido -¡cómo no!- al sionismo,  advirtió de apocalípticas   consecuencias si las Naciones Unidas no intervienen en contra del vídeo.

Esta movida me recuerda una antigua viñeta en la que un tipo que, cuchillo ensangrentado en mano, no dejaba de apuñalar salvajemente a otro, se explicaba diciendo que lo hacía porque su víctima le había llamado asesino. Las sociedades árabes y musulmanas parecen incapaces de salir de ese círculo vicioso en el que prevalecen quienes sintiéndose siempre víctimas de conjuras sin fin se sienten legitimados u obligados a agredir a sus vecinos.

Lo peor es cuando estas, las víctimas reales, recurren a la autoculpabilización creyendo poder calmar así a la bestia. Y es que en el Occidente impío, como movidos por viejos tics y prejuicios, muchos siguen recurriendo a las “frustraciones” de  árabes y musulmanes para explicar lo que ocurre y se esfuerzan en criticar….a los “provocadores”. Estos días se ha podido leer a sesudos intelectuales (en El País sin ir más lejos) que daban por imposible seguir apelando a la libertad de expresión, que ya no sería lo importante, cuando los “extremistas y provocadores de ambos lados” tienen tan fácil -con internet- desestabilizar el mundo. Con esa inverosímil equiparación entre los difusores de unas imágenes provocadoras y los que asesinan porque creen que están obligados a ello, algunos creen poder zanjar el asunto. 

La generalización de los ataques y la falta del más elemental sentido autocrítico en los políticos árabes ponen en evidencia la candidez con que se han venido juzgando los levantamientos en esos países. Crece la sensación de que en estas fechas críticas Obama se puede estar  jugando todo el crédito de su estrategia, iniciada con el conciliador discurso en El Cairo con el que inició su andadura. El caso es que si hasta hace poco se consideraba aguafiestas a quienes desconfiaban de la primavera árabe, ahora lo sospechoso es seguir manteniendo el mismo discurso acrítico al respecto y la ilusión de que el papel del islamismo moderado en esos países es simplemente un calco del que jugó la vieja democracia cristiana en Europa.

Inasequibles al desaliento, algunos cronistas políticamente correctos constatan que “la transformación del mundo árabe hacia la democracia está lejos de ser un proceso ordenado y pacífico”. ¡Si para ellos el problema es que el proceso no es “ordenado”, sólo cabe desearles que Santa Lucía les conserve la vista! Establecido el dogma –que por tanto no necesita ser demostrado con datos objetivos-, de que está en marcha una imparable transformación hacia la democracia en ese mundo, sólo queda mostrar perplejidad cuando la  realidad se empeña en contrariar  nuestros deseos. Patéticamente, la Secretaria de Estado Clinton se preguntaba: “¿Cómo pudo pasar esto en un país que ayudamos a liberar, en una ciudad que ayudamos a salvar de la destrucción?”.

Y, al final, la conclusión habitual de quienes siguen contemporizando con las frustraciones y deseos de los musulmanes que, al parecer, no son suficientemente atendidas por el malvado Occidente: dice un periodista de El País aludiendo a la administración de EEUU que “es difícil ser bien visto por los musulmanes cuando se practica el doble lenguaje, la triple moral….”  Para este bendito, lo que importa es ser bien visto por los musulmanes. Los cuales, por supuesto, ni son responsables de sus acciones, ni tienen doble o triple moral. Lo que, bien pensado, es de agradecer,…. ¡con un versión suya ya es suficiente!