La derecha rabiosa y los medios de comunicación

Lobisón 

Escribía el otro día Paul Krugman, con motivo de la muerte de Edward Kennedy, que estaba comenzando a echar de menos a Richard Nixon, porque en sus tiempos la derecha de Estados Unidos era capaz de negociar con los ‘liberales’ —el centro izquierda— sobre políticas concretas y cuestiones sustanciales. La nostalgia le surgía por el nivel ideológico enloquecido en el que los republicanos están plantando batalla a la reforma sanitaria de Obama, como ya comentó aquí Sicilia.

Krugman califica de ‘derecha rabiosa’ a ese ala ideológicamente enloquecida que ha logrado secuestrar la voz de los conservadores norteamericanos. Qué nos va a contar a nosotros, con Camps hablando de la voluntad del gobierno de crear ‘un régimen de terror’, por recordar sólo una ocurrencia reciente. Existen muchas similitudes entre la estrategia de crispación del PP y la de los republicanos, que se explican no sólo por la fascinación de Aznar por Bush sino por la utilización de asesores republicanos para las campañas del PP.

Pero probablemente hay otro factor que explica que un discurso tan agresivo e ideologizado haya prendido en el electorado conservador de ambos países. Me refiero al ascenso hasta una posición central —por su peso, no por su ubicación— en la formación de la opinión pública de medios de comunicación que constituyen su fundamento de credibilidad. En efecto, otra diferencia con los tiempos de Nixon en Estados Unidos, o con los años de la transición en España, es que entonces los medios que defendían los puntos de vista de la extrema derecha eran marginales.

Hay posturas o creencias que a priori cabe esperar que sean marginales. Que los atentados del 11-M fueran obra de ETA y los socialistas, por ejemplo, es una idea que no debería haber tenido credibilidad más allá de esa franja paranoica de personas dispuestas a creer que fue el propio Bush quien organizó los atentados del 11-S o que Elvis Presley sigue vivo —o lo estuvo, que ya son muchos años— en alguna parte, quizá secuestrado por el FBI.

A otro nivel, nadie con una mínima información podía sostener la existencia de vínculos entre Sadam Husein y Al Qaeda, y era evidente que las pruebas de la existencia de armas químicas en Irak eran muy frágiles. Se puede sostener que la desinformación en estas materias del público norteamericano es inabarcable, pero habría cabido esperar que los ‘expertos’ fueran capaces de aclarar las cosas.

Hay varias razones de que no fuera así, desde luego. La primera es el comprensible clima de patriotismo herido tras el 11-S: la agresividad consiguiente no favorecía la argumentación racional. Y es muy posible que entre los expertos ese clima pesara o al menos debilitara su voz en público. Pero creo que hay además un problema de los medios. Fox News se convirtió en una máquina de deslegitimar cualquier argumento contrario a la doctrina oficial, como antes había impuesto el desistimiento de Al Gore frente a las razonables sospechas de que le habían robado la elección presidencial en Florida, gracias al gobernador Jeb Bush y a su secretaria de Estado, Katherine Harris.

El problema no es sólo que Fox News hubiera llegado a ser muy fuerte, sino que esta cadena y los demás medios derechistas —el comentarista Russ Limbaugh en radio, por ejemplo, actual ‘líder moral’ del partido republicano— lograron que la agenda de los medios diera un vuelco a la derecha. Tony Judt —autor de una voluminosa y excelente historia de la Europa de posguerra— caracterizó como ‘tontos útiles de Bush’ a varios destacados intelectuales y periodistas que sucumbieron a la lógica de la guerra e incumplieron lo que debería haber sido su responsabilidad moral y profesional.

Entre ellos menciona a Thomas Friedman, destacado columnista del New York Times y ganador del Pulitzer, pero no a Judith Miller, más conocida por haber aceptado ir a la cárcel antes que revelar sus fuentes durante una investigación contra el jefe de gabinete de Dick Cheney, Lewis Libby. Sin embargo, Miller estuvo implicada en esa investigación a causa de sus vínculos con la Casa Blanca, perceptibles en la información bastante sesgada que había ofrecido sobre las famosas armas de destrucción masiva.

Estas dos firmas famosas del NYT son un ejemplo de la pérdida de imparcialidad y de criterios informativos que se impuso en aquel momento. Ahora las cosas pueden ser distintas en un sentido, pero la erosión de los criterios de objetividad y rigor permanece: el daño ya está hecho. Los medios ‘objetivos’ exponen los argumentos a favor y en contra frente a cada cuestión conflictiva, pero no pretenden tomar partido, aunque sea evidente —con casi cualquier criterio de objetividad— que una de las partes manipula de forma escandalosa los datos sobre el problema.

Volviendo a España, el papel que ha desempeñado El Mundo para cambiar la agenda de los medios es bastante evidente. Al convertirse en el portaestandarte de la estrategia de la pinza —PP e IU contra Felipe González por razones de ‘salud pública’— se convirtió en el diario de referencia para una nueva derecha española ‘sin complejos’, que ya no se sentía inhibida por el recuerdo de la dictadura, y a la que se fueron decantando los electores de izquierda que, frustrados por la gestión socialista, decidieron comenzar una nueva vida electoral.

El problema, naturalmente, no son los objetivos políticos —y empresariales— de El Mundo, ni tampoco sus preferencias ideológicas, sino el hecho de que su éxito en los años noventa le ha permitido infringir casi cualquier criterio imaginable de objetividad cuando desea hacerlo así. El contraste que se produce muchas veces entre la información y la línea editorial del diario, que probablemente exaspera a muchos redactores, no parece afectar a su credibilidad o a su fuerza empresarial. Y ahí está, habiendo sobrevivido a la refutación de su peculiar teoría sobre el 11-M, y dispuesto a relanzar la discusión sobre los explosivos en cuanto puede.

Igual que el ascenso de El Mundo refleja un relevo generacional de los lectores de prensa en los años noventa, es posible que esta década que casi termina sea el comienzo de un nuevo relevo. Sólo es posible. El ascenso de los medios digitales, con la primacía de la rapidez por encima del rigor, lo hace todo sin duda más difícil, si consideramos que lo importante es la seriedad informativa y no las simpatías políticas. Que no nos pase nada.