La curiosa “victoria” ideológica de la derecha

 Ariamsita

La izquierda está en crisis. Ha perdido su esencia, sus valores, su razón de ser. A lo largo de las últimas décadas, la ideología de derechas, con el malvado neoliberalismo por bandera, ha afianzado su posición hegemónica en el mundo occidental. Mientras tanto, la socialdemocracia ha capitulado renunciando a la lucha contra las desigualdades, a ayudar a los menos favorecidos y, en definitiva, a su identidad ideológica. Un discurso cada vez más generalizado y aceptado. Sin embargo ¿se apoya este relato en premisas válidas? 

Pensemos en la gestión de la política económica. Una observación superficial podría hacernos pensar que a partir de los años 70 hay un giro ideológico en todo Occidente, por el cuál el público y los economistas ganan una suerte de fe en los mercados y pierden la que tenían antes en los Estados debido a un cambio brusco en el peso que se da a los trabajadores (y al desempleo) frente a los capitalistas (y la estabilidad de precios). Esta visión es probablemente poco fina por dos motivos. En primer lugar, no está nada claro que hacer de la estabilidad de precios beneficie a los más ricos: hay, por ejemplo, investigación que apunta a que la inflación afecta con más fuerza a los más desfavorecidos. En segundo lugar, tampoco termina de estar claro que el giro en la política económica responda claramente a un cambio en los valores. Una de las figuras más destacadas de la nueva economía keynesiana, Olivier Blanchard, ha descrito los orígenes de la política fiscal y monetaria actual en varios artículos (  http://economics.mit.edu/files/2003 o http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=1555117) y un examen detallado de su exposición muestra que responde a un cambio en la estructura de la economía y en debates de orden muy técnico, y hace, en cambio, difícil ver en qué punto exactamente entran los valores o la importancia relativa que se dé a la igualdad. 

Sí es cierto que ha existido una convergencia considerable en el tipo de política económica que llevan a cabo los partidos de distintas orientaciones políticas: la mayoría de los estados usan la regla “un instrumento, un objetivo”: la regulación financiera se utiliza para mantener la estabilidad financiera, la política fiscal se articula a través de los estabilizadores automáticos evitando la discrecionalidad (las grandes recesiones como la actual son una excepción) y la política monetaria se usa para mantener la estabilidad de precios y desempleo. 

En donde sí hay diferencias sistemáticas entre partidos políticos es en una parte muy importante, tal vez la que más, de la política macroeconómica que es lo que los economistas llaman las políticas de oferta. A diferencia de la política fiscal o monetaria, éstas no buscan afectar a la economía a corto plazo, sino la estructura económica a largo plazo: aspectos como el crecimiento de la productividad, la distribución de la renta y la igualdad o la tasa estructural de desempleo. Estas políticas son las que afectan a la regulación del mercado de trabajo, la estructura y el diseño de los impuestos, la política educativa y el Estado de Bienestar. En este ámbito hay mucha divergencia entre partidos en función de su orientación política. Esta idea, según la cuál los partidos de izquierdas y derechas tendrían políticas de oferta sistemáticamente distinta, fue defendida por el polítólogo de Princeton Carles Boix aquí: Political Parties, Growth and Equality: Conservative and Social , donde usa como estudio de caso precisamente la España de Felipe Gonzalez frente a Gran Bretaña de Thatcher. Una idea similar ha sido desarrollada recientemente por un antiguo contribuyente de este blog, Ignacio Urquizu, en un libro que bien podria dar título a este artículo. 

¿Es realmente la crisis del Estado del Bienestar una crisis ideológica? Si miramos hacia atrás, nos encontramos con que el desarrollo del mismo, sobre todo en la Europa continental, viene en buena medida de la mano de partidos democristianos y delega muchas tareas -como el cuidado de los hijos y los mayores- en un modelo de familia de corte tradicional. Un modelo, digámoslo de paso, que era sostenible solo a costa de mantener a las mujeres en un segundo plano social y económico. Por este motivo, factores como la incorporación de la mujer a la vida laboral o la aparición de nuevos modelos de familia -logros indiscutibles de las fuerzas del progreso- tensan las bases del Estado de Bienestar continental. Es ilustrativo el hecho de que en los países nórdicos, donde los esquemas de solidaridad social dependen menos directamente de las familias, el modelo haya acomodado mucho mejor los retos económicos y demográficos. Son, además, estos países, los que han logrado participar con más éxito los beneficios de la globalización y de la flexibilidad económica de los mercados, sin por ello renunciar a sus objetivos de cohesión social. 

Hablar de un escenario en el que la derecha ha ganado olvida, por otra parte, los enormes avances que se han producido en el mundo entero en términos de desarrollo y de lograr una sociedad más inclusiva y moderna.  Yendo más allá de lo estrictamente económico, el siglo XX es sobre todo el siglo del reconocimiento del papel de las mujeres como ciudadanas de primera, y como decíamos, muchas de las tensiones que afectan al Estado de Bienestar son el (modesto) precio a pagar por este incuestionable logro. Un éxito similar puede identificarse en el ámbito de los derechos civiles y la protección de las minorías. Seguir hablando de hegemonía de la derecha en España, un país cuya ideología oficial era el nacional-catolicismo hace solo cincuenta años, se encuentra entre los más tolerantes respecto a las homosexualidad solo parece explicable por una escala de prioridades un tanto peculiar de los nuevos políticos. En contra de las ideas preconcebidas, el último de tercio del siglo veinte es un éxito rotundo para el desarrollo de los países emergentes, como lo es globalmente para los países desarrollados. En este sentido, parece de locos negar que el conservadurismo ha sufrido una derrota rotunda, y que la sociedad en la que vivimos, es no solo mucho más progresista sino también mucho más justa e igualitaria a nivel global.