La crisis y la polí­tica

Lobisón 

Desde el comienzo de la crisis en 2007 se ha extendido cada vez más la sensación de que la polí­tica es impotente frente a las exigencias de los mercados. En su forma más caricaturesca lo ha expresado Alessio Rastani, el famoso por un dí­a entrevistado por la BBC: el mundo lo gobierna Goldman Sachs. Lo que pretendo subrayar en esta nota, por el contrario, es que en buena medida es la polí­tica lo que explica el desarrollo de la crisis.

Sólo en parte, por descontado. En los primeros meses de 2008 se creí­a que era el momento del regreso de Keynes y de la intervención pública. Pero el rescate público de los bancos, al evitar una gran recesión como la 1930, dio paso a un nuevo problema: los bancos no daban crédito porque estaban fuertemente endeudados y temí­an adquirir nuevos compromisos en un contexto de desconfianza global.

Esta era la resaca de la burbuja de crédito, asociada en algunos paí­ses él pero sólo en algunos a la burbuja inmobiliaria. Al evitar la quiebra de los bancos y la evaporación de los ahorros, se pasó a lo que podemos llamar el momento Minsky de la crisis: el endeudamiento generalizado era lo que impedí­a la recuperación. Y no es seguro que mayores paquetes de estí­mulo, como los que defiende Krugman, hubieran tenido un efecto rápido.

Lo que es seguro es que al dar prioridad a la reducción del endeudamiento público no se resuelve el problema del endeudamiento privado, sino que se agrava, lo que nos deja en una perspectiva de estancamiento duradero, en el mejor de los casos, o de una nueva recesión como la de 2008. Ahora bien, ese cambio de prioridad no es sólo una consecuencia de la actuación de los mercados, sino que tiene claves eminentemente políticas.

La emergencia del Tea Party o la desconfianza de los electores luteranos del norte de Europa frente los derrochadores paí­ses del sur no son problemas culturales. Son un fenómeno polí­tico aunque tengan raí­ces culturales. La oposición en una democracia es parte de la polí­tica: si la oposición bloquea a los gobiernos, o el temor a la impopularidad frena a los gobernantes, no se puede echar la culpa a los mercados, sino que hay que pensar en cambiar las preferencias y la información de los electores.

También hay un problema institucional, que en el caso europeo es evidente e impide tomar decisiones con rapidez y eficacia, como se ha visto sobradamente ante la crisis de la deuda griega. Pero en Estados Unidos lo que hay no es crisis de las instituciones, sino gobierno dividido (entre el Capitolio y la Casa Blanca) y una oposición republicana rehén del irracional fundamentalismo del Tea Party. ¿Es culpa de la Constitución o de los votantes del Tea Party? Y si esos votantes son irracionales habrá que preguntarse qué responsabilidad tienen los medios de comunicación y algunos polí­ticos en que se haya llegado a esta situación.