La crisis y la desatención al desarrollo

Ricardo Parellada

 Un terrible efecto colateral de la actual crisis económica es la desatención a los problemas sobre el desarrollo, la miseria y las desigualdades internacionales. Como la mayor parte de los países desarrollados, España ha sufrido de forma muy virulenta el embate de la crisis económica desencadenada en 2008. Y, como otros países del sur de Europa e Irlanda, España sufrió en 2010, tras el anuncio del falseamiento de los datos del déficit de Grecia, la crisis de la deuda soberana.

 Cuatro años después, la prima de riesgo se ha relajado y el Estado español puede financiarse a intereses más razonables. Pero el paro sigue en niveles inimaginables antes del estallido de la crisis. En 2007 era inferior al 9 %, mientras que en 2014 es superior al 25 % y entre los jóvenes al 50 %. Los servicios públicos han recibido un duro golpe debido a los recortes y las políticas de austeridad. En estas circunstancias, levantar la mirada más allá de nuestras fronteras parece una frivolidad y preguntarse por el desarrollo de los pueblos y la justicia en las relaciones entre ellos algo fuera de la realidad.

 En estas líneas me voy a referir simplemente a algunos planteamientos un poco decepcionantes de los recientes Informes sobre el Desarrollo Humano de las Naciones Unidas y a algunos proyectos de una jovencísima organización puesta en pie con el objetivo capital de introducir estos problemas en la agenda internacional. Se trata de Academics Stand Against Poverty, liderada, como no podía ser de otra manera, por el filósofo Thomas Pogge, y en cuyo capítulo español ha sido fundado hace un año.

 En primer lugar, hay noticias e informaciones que provienen desde el corazón mismo de las políticas de desarrollo humano que nos invitan a mirar para otro lado. El último Informe de Desarrollo Humano, publicado por el Programa de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas en 2013, es un poco desconcertante. Con el elocuente título El ascenso del sur: el progreso humano en un mundo diverso, ofrece un optimismo y una complacencia inusitados en este tipo de informes. Quizá este optimismo se deba a la cercanía del año mágico de 2015 y la necesidad de hacer un balance oficial positivo de los famosos Objetivos de Desarrollo del Milenio.

 Como el propio Informe señala desde el principio, los datos sobre el ascenso del sur se refieren fundamentalmente a China, India y Brasil. Desde luego, el aumento del nivel de vida de millones de personas en estos países es una noticia maravillosa. Pero el Informe presenta de forma desequilibrada los logros frente a los problemas de estos grandes países. Además, cuando se refiere a otros países del sur, enfatiza mucho más el efecto positivo de la pujanza económica de esos tres gigantes sobre algunos de sus vecinos que el estancamiento y la perpetuación de la miseria en algunos Estados empobrecidos, muchos de los cuales cabe calificar de Estados fallidos, dentro y fuera de África.

 Desde luego, no se debe perder de vista la riqueza de los análisis y los datos ofrecidos por los Informes del PNUD, fuente de información e inspiración para todos los estudiosos y activistas de este campo. Pero precisamente por su enorme importancia es necesario señalar estos sesgos. Con ello no se menosprecia su labor, sino todo lo contrario, se pide que esté siempre a la altura de su capital importancia. En mi opinión, otro detalle discutible en la presentación de los datos es un pequeño cambio de denominación que se introdujo en las categorías de desarrollo humano en torno a 2007. Antes de esa fecha, se ofrecían tres grupos en función del Índice de Desarrollo Humano: países con Índice de Desarrollo Humano alto (entre 8 a 10), medio (entre 5 y 8) y bajo (menos de 5). Desde 2007 la categoría de desarrollo humano alto se ha escindido en dos: muy alto (entre 9 y 10) y alto (entre 7 y 8). No son más que etiquetas, pero las de desarrollo humano muy alto, alto, medio y bajo, y el hecho de que solo 44 países de 186 figuren en esta última, parece promocionar la idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y eso no es verdad.

 Sobre el peligro de invisibilizar la miseria tras los datos de los grandes países del sur contamos desde hace años con dos aportaciones fundamentales. El economista del Banco Mundial Branko Milanovic ya mostró en Worlds Apart: Measuring International and Global Inequality (2005) que la desigualdad en el ámbito internacional se puede concebir y medir de varias maneras. Cuando se mide la desigualdad entre personas, parece que ha ido disminuyendo a nivel global en las últimas décadas, pero eso es solo por el aumento de la renta por habitante de China con su inmensa población. Este dato enmascara un aumento notable de la desigualdad entre países ricos y pobres en el mismo período.

 Por su parte, Paul Collier, Director del Centro de Estudios de las Economías Africanas de la Universidad de Oxford, tituló su primer gran libro sobre el desarrollo precisamente The Bottom Billion: Why the Poorest Countries are Failing and What Can Be Done About It (2007) para indicar que el problema del desarrollo y la desigualdad debe estudiarse en los mil millones de habitantes más pobres que viven en Estados sometidos a lo que llama trampas que imposibilitan el desarrollo. Como señala Collier, la mayor parte de los programas e incluso oficinas permanentes para el desarrollo se encuentran ubicadas precisamente en los países que el PNUD considera integrantes del sur exitoso que está saliendo a flote y no en los Estados fallidos en los que se perpetúa la miseria.

 Muy de otra forma, en el panorama de la reflexión académica sobre la influencia del orden internacional sobre la pobreza en el mundo destaca la organización ASAP, fundada en 2009. Entre sus distintas áreas de trabajo, se encuentran las propuestas de reformas institucionales coordinadas por Thomas Pogge. De acuerdo con la apuesta de ASAP, hay reglas del orden mundial perjudiciales para los países más pobres, que es posible identificar y cambiar para que dejen de tener este efecto. ASAP propone que en esta línea deberían ir unos objetivos internacionales claros herederos de los Objetivos para el Desarrollo del Milenio de 2015. Y pone todo el énfasis en la identificación de programas concretos, el desarrollo de indicadores para medir el progreso y la atribución de responsabilidades claras sobre ello. 

Las diez áreas principales identificadas por ASAP en las que la reforma de las normas y prácticas globales podría tener un gran impacto en el desarrollo humano y la erradicación de la pobreza son las siguientes: (1) transparencia e integridad financiera, (2) los privilegios internacionales de recursos y préstamos, (3) la ley de propiedad intelectual, (4) la toma de decisiones participativa e inclusiva, (5) las normas internacionales del trabajo, (6) el comercio internacional, (7) la sostenibilidad ambiental y el cambio climático, (8) la migración global, (9) el comercio de armas, y (10) deuda. 

Por delicada que siga siendo la situación en nuestro país y en otros países vecinos y por graves que sean los problemas de gobernanza y crisis de la Unión europea, la reflexión sobre nuestro lugar en el mundo y la interpelación de la pobreza y la miseria no pueden ser desatendidas. No es cierto que haya que poner orden en casa antes de abrir la ventana. Solo se puede poner orden en casa con las ventanas abiertas, mirando claramente dentro y fuera y atendiendo por igual a los imperativos económicos y morales que nos reclaman.