La crisis de la Identidad Blanca

Magallanes

El auge del sentimiento nacionalista se ha acentuado en los países europeos y en EE.UU., materializándose en los seguidores de Donald Trump, el triunfo del Brexit y los partidos de extrema derecha en Francia, Noruega, Alemania, Austria y Hungría. Detrás de estos movimientos se halla la nostalgia por la pérdida de hegemonía de la raza blanca.

La identidad blanca puede definirse como la pertenencia dentro del mundo occidental a un conjunto de personas que comparten tradiciones, idiomas, permisividad social, religiones, vestimenta y costumbres alimenticias. En la identidad de las personas que se sienten formando parte de este conjunto se solapan nacionalismo y raza.

Por supuesto que a veces esta identidad ha sido más restrictiva. Los inmigrantes irlandeses e italianos no fueron recibidos en EE.UU. como blancos; tardaron muchas décadas en ser considerados como miembros de este conjunto. Recientemente los inmigrantes provenientes de países del Este Europeo también han sido rechazados en el Occidente de Europa como si no fueran blancos de pleno derecho. Es cierto que la crisis económica ha exacerbado estos sentimientos en la mayoría de los casos, viendo en los extranjeros, blancos o no, personas que no forman parte de la identidad nacional.

La identidad se puede definir de dos maneras: la que se ha conseguido gracias al esfuerzo personal de estudios y logros económicos, y la que proviene del grupo social del que se forma parte por cultura y herencia. Todo el mundo posee las dos identidades, pero normalmente se presume más de la conseguida por el esfuerzo personal. La segunda aceptación hoy en día, sin embargo, es la predominante. Es el ingrediente básico de los partidos de extrema derecha.

Durante generaciones, los blancos han gozado de ambas identidades. Por un lado, su blanquitud les situaba por encima de otras razas y, por otro lado, también tuvieron prioridad en beneficiarse del aumento continuo de salarios a lo largo de las sucesivas décadas de desarrollo económico que siguieron a la segunda guerra mundial. Pero el creciente acceso de otras razas a la educación superior y, por tanto, a poder gozar de los mismo salarios que los blancos en la segunda mitad del siglo XX, hizo que los blancos no se sintieran tan propietarios del país como anteriormente. Además, esta situación se agravó con la crisis de 2007-2008 que, además de crear condiciones laborales más duras, hizo que se tomara conciencia de que las nuevas generaciones ya no podrían tener ni los mismos puestos de trabajo ni los mismos salarios que sus padres, aumentando la sensación de igualdad entre blancos y no blancos. La socióloga A. Russell Hochschild, autora de “Extranjeros en su propio país: acritud y llanto de la derecha americana”, describe la frustración de las comunidades blancas rurales de Louisiana que estudió durante 4 años. Este estado de frustración puede extenderse a muchas otras comunidades blancas sin caer en un grave error de generalización.

Además, al poder gozar los ciudadanos de otras razas de los mismos derechos civiles que los blancos, han podido acceder a puestos políticos importantes en cuanto su crecimiento demográfico ha multiplicado su base electoral. Ello ha aumentado el sentimiento de frustración de los blancos residentes en muchísimos núcleos poblacionales. Ejemplos extremos serían el presidente Obama, el alcalde de nueva York De Blasio, casado con una negra, o el alcalde de Londres de origen paquistaní. Así, en los mítines de Trump, en los del partido del Brexit y en los de otros partidos nacionalistas europeos es frecuente el eslogan “quiero que me devuelvan mi país”.

El sociólogo Robin Diangelo ha bautizado esta actitud como la “fragilidad blanca”. Es decir, el sentimiento que surge cuando se dan cuenta de que su raza ha perdido la situación implícita de Primus inter Pares que tenía hace medio siglo. Para muchos sociólogos, lo que provoca el aumento del sentimiento de rechazo no es tanto la proporción existente de otros grupos raciales en una comunidad, sino el ritmo al que está creciendo. Por ejemplo, en Dinamarca la proporción de la población blanca en el total ha disminuido del 97% que tenía en 1980 hasta el 88% en 2015, y actualmente el partido xenófobo, el Partido Popular Danés, es el segundo en importancia en el parlamento. En Alemania, donde la población nacida fuera del país creció un 75% entre 2011 y 2015, el partido xenófobo Alternativa para Alemania está creciendo rápidamente. En Inglaterra, la población nacida fuera del país aumentó un 66% entre 2004 y 2014. Los votantes del Brexit citaron como su mayor preocupación la inmigración. También el partido Nacionalista Inglés creció más en las zonas de mayor aumento del número de extranjeros. En EE.UU., las poblaciones extranjeras en los estados Arkansas, Carolina del Norte y Tennessee se triplicaron desde 1990, según Lee Drutman, de la New American Foundation. Esto puede explicar por qué los votantes blancos de dichos estados apoyan mayoritariamente a Trump.

La fragilidad blanca se ve reforzada por las importaciones provenientes de países de fuera del área de EE.UU. y Europa Occidental. Las clases sociales dedicadas a la fabricación de bienes industriales han sido desplazadas por operarios de otros países mayoritariamente no blancos y esto ha creado la alianza entre el intento de restaurar la supremacía blanca y el retorno al proteccionismo comercial. Las clases sociales más perjudicadas por los tratados internacionales de libre circulación de bienes y servicios se revuelven contra las élites liberales que los promovieron. Hillary Clinton se ha visto obligada a rechazar el Pacto de Libre Comercio entre EE.UU. y Asia Oriental para el que tanto ha trabajado Obama. Tanto Trump, que ha derivado al partido republicano hacia la extrema derecha, como los partidos nacionalistas europeos, admiran a los jefes de gobierno autoritarios como Putin. La democracia liberal está amenazada por la crisis de identidad blanca y el proteccionismo.