La cobra enrevesada

 

Frans van den Broek

Hace algo más de un mes, el premio Nobel de literatura V.S. Naipaul tuvo que pasar por la inusual experiencia de ser atacado por un escritor indio. Digo inusual no porque haya mucha gente que lo adore en dicho país -antes bien, al contrario-, sino porque por lo común es Naipaul quien se dedica a administrar puyas a diestra y siniestra, conocido como es por su temperamento atrabiliario y contreras. La ocasión fue un festival literario en Mumbai en el que también se le agasajaba y el responsable del ataque fue el escritor y director de cine Girish Karnad. El hecho llegó a los medios, incluida la televisión, que es donde me enteré del asunto, pero las razones particulares que impulsaron dicho intercambio se me escaparon, aparte de las conocidas, referentes a la implacable crítica con que Naipaul regala a cuanto país o tema se le ponga de por medio. Creo que Naipaul había en cierta ocasión denigrado el estado cultural o político de la India, o ambos, cosa que irritó a la clase gobernante e intelectual y dejó impertérritos a la inmensa mayoría que ni sabe ni le importa quién será aquel viejito amargado que de vez en cuando salía por allí y que, al parecer, era indio o de origen indio, a juzgar por la apariencia, no por su lengua o las ideas que propalaba. Karnad le reprochaba el que Naipaul se creyera en su derecho de criticar a la India sin saber en realidad ni pío de lo que pasaba allí, solo por su procedencia y amparado en su renombre. Le reprochaba, además, que dijera cosas falsas o incorrectas, como acusar al Islam de haber arruinado la cultura india con su fanatismo, siendo ajeno al espíritu fundamental de tal nación. Karnad le recordó, no sin razón, que se podía decir más bien lo contrario, pues el imperio Moghul contribuyó a enriquecer la cultura de aquel país de muchas maneras, pero ya se sabe que Naipaul lo que quería, en esencia, era incordiar al patio y aliviar su bilis sempiterna.

Como fuera, la polémica hizo que me interesara por Karnad (1938) y leí una de sus obras teatrales, Naga-Mandala, lectura que me suscitó un par de reflexiones literarias y extra-literarias que procedo a consignar. La obra, de la que se ha hecho una película, puede sin dificultad ser considerada moderna y hasta pos-moderna, dados los recursos estilísticos y formales. Al inicio aparecen el Hombre -así, en abstracto-, la Historia o narración, Llamas de lámparas, a las que se ha apagado durante la noche y que se reúnen a contarse cosas, y entonces se narra una historia, que es el meollo de la pieza teatral. El argumento transcurre, pues, en dos planos y es fantástico o, si se quiere usar el término que se hizo famoso con el boom latinoamericano, mágico-realista. La obra se inspira en cuentos tradicionales de Karnataka, el estado de donde procede el autor, y fue escrito originalmente en Kannada, el idioma del autor, y traducido por él mismo al inglés, lengua, como señala, de su adultez. La historia trata de una mujer cuyo marido, al que ha sido entregada en matrimonio como estipula la tradición, encierra todos los días sin misericordia y solo ve para comer y espetarle un par de órdenes. El resto del tiempo, nos enteramos, el marido lo pasa con otra mujer, que ejerce un poderoso efecto seductor sobre él, tal vez de naturaleza mágica. Rani, la desdichada esposa, sufre y no sabe qué hacer, pero por allí pasa una ciega con su hijo que trata de ayudarla en su encierro, dándole unas raíces que debe usar para enamorar a su propio marido. Pero este arreglo falla, pues el marido no responde a su efecto o solo se duerme y continua tan indiferente como antes. Entonces, una cobra, que ha observado todos estos ires y venires, entra por la noche a la habitación de Rani y se transforma en el marido (las cobras pueden asumir cualquier forma, se supone), y consuma el matrimonio que el marido desprecia. La cobra se enamora de Rani y vuelve todas las noches, pero el marido real sigue apareciéndose al mediodía, brutal y distante como siempre. La mujer no entiende qué pasa, pero acepta al hombre que la visita de noche y agradece su pasión y sus atenciones. Hasta que un buen día se queda embarazada, lo que enfurece al marido real, quien la lleva a ser juzgada por los ancianos de la aldea. La tradición quiere que la mujer se someta a ciertas pruebas de expiación, como agarrar un hierro candente y confesar su culpa, pero el marido de noche –o sea, la cobra- le ha dicho a la mujer que opte por ir a la guarida de la cobra, un hormiguero abandonado, y meta la mano en el mismo y saque a la cobra, para confesar en su presencia. Así lo hace, y la cobra no la mata. La confesión ha sido manipulada de tal forma que no hubiera forma de condenarla. Ante esto, el pueblo se postra en adoración, creyéndola diosa, y la convierte en su divinidad. El marido tiene entonces que aceptar la situación y se transforma de hombre brutal en marido dócil y resignado. La cobra entonces vuelve a buscar a Rani, pero no para apropiarse de ella, sino para unirse a ella en vida o muerte. En verdad, a unirse a Rani en vida y en muerte, pues en este punto la pieza adquiere dos finales, uno en el que la cobra se incorpora al cabello de Rani y vive allí con ella, y otro en el que hace lo mismo, pero muere. La Historia ofrece estos dos finales, implicando que toda historia tiene varios, y que dependen de nosotros, los lectores.

La obra, como se puede apreciar, admite tantas interpretaciones que de seguro ha de ser un festín para los críticos. Algunas se orientan, según pude informarme, a considerar a la cobra en términos sexuales, y a ver la obra como una alegoría de las fuerzas que jalonan el espíritu humano. Otras ven en ella la expresión de la naturaleza esquizofrénica de todo ser humano, escindido entre dos personalidades, una de naturaleza autoritaria y opresiva, la otra de carácter apasionado y amoroso o carnavalesco. Otros inciden en el simbolismo místico, también presente: la cobra, no se olvide, es animal sagrado en la India, en varias religiones, y ostenta un rico simbolismo teológico y esotérico. Pero no faltan quienes prefieren la lectura social o más arraigada en las realidades más tangibles de la India de hoy.

En lo que a mí respecta, solo comentaré lo siguiente: la India es un país con un riquísimo folklore y Karnad, como tantos escritores de nuestros países, procura integrar la herencia tradicional con la modernidad, en varios planos. En este sentido logra una pieza muy equilibrada, pero que no deja de perturbar por la tensión existente entre estos elementos dispares. El peligro, por supuesto, es que en lugar de una integración armónica, el resultado, en la obra como en la vida, sea más bien una amalgama desarticulada que empobrezca a ambos elementos, la tradición y la modernidad. No me refiero a la ejecución de la obra en sí, sino a sus elementos constitutivos. Los cuentos tradicionales, por ejemplo, son producto de una cultura y un contexto específicos, y su traslación a un marco posmoderno puede privarlos de su funcionalidad psicológica o dejarlos mancos de asociaciones y connotaciones culturales. De otro lado, el marco moderno puede parecer hacer uso de estos cuentos solo de una manera ornamental, o ideológica, por un compromiso político o ético, mientras que su función original es de otra índole.

Como dije, Karnad traba bien estos distintos elementos, pero la tensión persiste y nos refiere a la tensión propia de estas o análogas dimensiones en la sociedad en general. ¿Hasta qué punto ha sabido India integrar estas partes de su cultura, la tradición y la modernidad? ¿Cómo se las arregla para combinar una orientación cosmopolita y fundamentalmente urbana con una tradición parroquial y rural? A mi entender, estos elementos de su cultura están en perpetua tensión y cualquier cosa menos integrados todavía o formando un todo armónico, si es que esto es posible. Diría que antes bien lo contrario. De un lado, como tantas sociedades similares, India es ultramoderna y occidentalizada, pero de otro, tradicional y hasta barbárica. La situación de la mujer es un buen punto en cuestión. Según algunas evaluaciones, India es el peor país en el que ser mujer, peor aún que Arabia Saudí o Yemen, por varios factores, entre los que se cuentan los matrimonios forzados y la violencia de género; de otro lado, India fue el primer país en el que una mujer fue dirigente máximo de un partido político de raigambre nacional, mucho antes que Margaret Thatcher o Indira Ghandi, y la mujer puede aspirar a los mejores puestos de la sociedad y la economía, bajo ciertas condiciones, claro está. Y esta contradicción parece reproducirse en varios órdenes, desde el social hasta el psíquico. La pregunta persiste sobre si es viable una convivencia armónica de ambos aspectos, que pueden verse simbolizados por los distintos maridos de Rani en la obra. Mi sospecha es que no, que uno de ellos va inevitablemente a desaparecer o a distorsionarse hasta hacerse irreconocible, y no estoy tan seguro que vaya a ser el aspecto tradicional y autoritario, si bien por ahora parece que la modernidad será la que prevalezca. Esto último avalado por el avance de la globalización, aunque este sea fenómeno ambivalente que bien puede promover la universalidad cosmopolita o el surgimiento de localismos enfebrecidos. El mundo tradicional de la India, como el de muchos lugares, se está transformando en mercancía o signo superficial de identidad, y puede acabar en solo eso, un nuevo “brand” o imagen que conservar para los turistas. Pero si algo nos enseña la historia es que uno no puede predecir casi nada, y no me extrañaría que el marido dócil en que se está transformando el aspecto tradicional del país alce cabeza airada y vuelva a sus modos opresivos e intolerantes, seducido por vaya uno a saber qué ideas, algo que se ve en el auge del nacionalismo hinduista, por ejemplo. Pero como quiere Karnad en la historia contada, siempre son posibles muchos finales, incluido aquel en el que los muchos países y culturas y religiones que es la India coexistan en paz en una sociedad armónica y democrática. La cobra enrevesada en los cabellos de Rani podrá tal vez inspirar un matrimonio feliz en el futuro, pero de momento habrá que esperar mucho para que esto sea una realidad. Y las cobras, como se sabe, siempre pueden morder y envenenar, aunque lo hagan danzando o amando por las noches.