La caridad y el espectáculo

 Jon Salaberría

Es una reacción difícil de racionalizar, pero que se produce inevitablemente. Por razones que no acabo de alcanzar a entender, las situaciones sociales y familiares a que se ven abocadas numerosas personas como resultante dramática de la crisis económica, así como sus detalles más penosos, son objeto de interés público, pero en el ámbito de espectáculo mediático. Interés alumbrado en algunos casos por la buena fe, por un desprendido ánimo de colaboración, siquiera simbólica, que se anima en diferentes gradaciones y desde convicciones igualmente distantes, que van desde los espíritus más “rebeldes” hasta los más simplonamente limosneros. En otros, por un deseo de darse un baño preventivo de realidad, bien para confortarse con la propia situación personal, que siempre hay alguien que está peor que uno, bien para tomar cumplida nota de cómo se respira en el abismo en el que nadie está exento de caer en cualquier momento. En los peores casos, por un morbo insano, patológico. El caso es que en los tiempos en los que vivimos las fórmulas mediáticas, con origen en la exitosa y mal llamada telerrealidad, y que toman como objetivo esas situaciones referidas y las aderezan con campañas de ayuda espontánea, se han consolidado en las parrillas televisivas para regocijo de unos, bochorno de otros y desconcierto de no pocos. Son los programas de solidaridad ciudadana (sic).

Si Xavier Sardá, Jorge Javier Vázquez, Pepe Navarro et alii se convirtieron en su día en referentes de estilo, en este nuevo subcampo existe una reina indiscutible: la sanluqueña Antonia Moreno Morales, más conocida como Toñi Moreno (1973). Como ocurrió en su día con muchos/as de sus precedentes en la televisión espectáculo, Toñi es una profesional de los medios totalmente racial. Una todo-terreno que comenzó muy joven su trayectoria en los espacios locales de su Sanlúcar de Barrameda natal para integrar más tarde parte del equipo de Canal Sur, cadena autonómica de la que ha sido auténtica bandera. Desde sus estupendas crónicas informativas, hasta 75 minutos, un programa de reportajes a pie de calle, que oscilaba desde la osadía de algunos acercamientos temáticos hasta el interés social de algunas de sus producciones, pasando por algunas fases de amarillismo aparentemente inevitables. Programa del que fue alma máter. El rostro más popular y carismático sirvió a Canal Sur como banderín de enganche para el lanzamiento en la Comunidad andaluza de la fórmula de la solidaridad ciudadana con Tiene arreglo. El formato, lanzado con muy buen aceptación en 2011, consiste en la presentación de determinadas problemáticas sociofamiliares especialmente graves para recabar bien ayuda económica o material desinteresada – ¿solidaridad? –, o bien asesoramiento altruista. Todo en directo riguroso y con un público especialmente seleccionado para garantizar reacciones de emotividad. Es la fórmula, revestida de estabilidad, de los ocasionales telemaratones justificados por la catástrofe, del desastre o de la eventual de recaudación de fondos con finalidad benéfica en fechas festivas como las navideñas, si bien con una concreción individual, íntima. El formato de Tiene arreglo pasó a Televisión Española durante 2013, y Toñi Moreno, que ya había explorado el estilo del reality para Mediaset y para Antena 3, se convirtió en el fichaje estrella de la televisión estatal. La incorporación tenía la difícil misión de relanzar la franja horaria de tarde frente a competidores asentados y desde una cada vez más desprestigiada plataforma, Julio Somoano gratias. La verdad es que Entre todos cubre expediente de forma discreta, y en 2013 cerró ejercicio con un share entre 6% y 8,9%, obteniendo sólo a mediados de septiembre del pasado año una audiencia superior a 1.010.000 espectadores. 

2014 comienza con polémica doble en este frente. En primer lugar, al conocerse los emolumentos de la conductora del programa, superiores a los 7.000 euros semanales en un ente público que desde 2012 está sacudido por los recortes, los expedientes de regulación y la deuda galopante, y para más inri desde un espacio solidario. Y en segundo lugar, al sumar a las críticas por la dinámica propia del espacio, consistente en el recurso a la caridad y a la exhibición cual espectáculo del dolor social, la propia actitud de Toñi Moreno el pasado 25 de febrero cuando advirtió a una interviniente que exponía una presunta experiencia de violencia de género que “esas situaciones se denuncian o te callas para siempre”. La displicencia aparente ante un auténtico crimen social como es la violencia machista y las desafortunadas explicaciones posteriores han avivado el fuego de la polémica: “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir”.  

Frente a la anécdota o al episodio puntual, estoy convencido de que se trata de un problema de modelo y de valores, que es la peor de las consecuencias de la depresión y el doloroso camino de salida desde la misma. Cuando el dolor social llega a niveles insoportables, es difícil discriminar dónde empieza la solidaridad, como todos y todas saben basada en la horizontalidad y en la expectativa de derechos, y dónde empieza el desprendimiento individual o la caridad, siempre con tendencia a la verticalidad, aunque bienvenidos cuando solventan, aunque sea de forma puntual, situaciones de urgencia o emergencia relativas a las más básicas necesidades. La consolidación del modelo de la prodigalidad y la generosidad, rodeado de espectáculo desde los medios, coadyuva a la paralela consolidación de un concepto de sociedad que abdica de sus mecanismos para la cohesión entre personas y grupos que ha costado tanto construir. Las situaciones sociales expuestas, como las derivadas del desempleo, de la ausencia de ayudas, de la precariedad de la vivienda, problemas de atención a la dependencia, situaciones de déficit de atención sanitaria, todo lo relativo a la infancia, y muchas más que se nos puedan ocurrir, deben tener como canal resolutivo el trabajo social desde las estructuras públicas. Desde el Estado social, lamentablemente hoy batiéndose en retirada. Ferrán Monegal afirmaba, contundente, que “el papel de una televisión pública plural no es el de presentar espacios que terminan siendo concursos de limosna, sino servir de plataforma propiciatoria del debate; que sirva para plantarse ante el Estado y sus rectores y exigirles el cumplimiento de la Ley de Dependencia”. Desde otras instancias de opinión se ha perseverado en esta misma idea. El País denunciaba el fomento de la caridad más rancia desde estas instancias, y el amarillismo en el tratamiento, especialmente grave cuando asoman a la pantalla las situaciones que afectan a la infancia. 

Por supuesto, la opinión más motivada al respecto viene del ámbito de los profesionales del sector de los servicios sociales. El Consejo General de Trabajo Social fue quien denunció en primer lugar el “periodismo amarillo y rancio de un programa que vulnera la dignidad de las personas por llamar al llanto y la lágrima y potenciar la lástima hacia la persona necesitada”. Los trabajadores sociales perciben un claro ataque al Estado de Bienestar y a la universalidad de las ayudas. Se trata de un desmantelamiento orquestado del Estado de Bienestar con la eliminación de partidas sociales o el endurecimiento de los requisitos para obtener ayudas, con un paralelo fomento del “sistema de beneficencia preconstitucional que con tanto esfuerzo se superó”. El uso torticero de los sentimientos de piedad y de ternura, bienintencionados en el público conmovido, pero tan contraproducente, ha motivado a la Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales a denunciar el espacio de TVE al Defensor del Pueblo para que considere la posibilidad de remitir la queja a la Fiscalía General del Estado para que actúe en consecuencia. 

La respuesta debe ser doble. La respuesta política debe ser inaplazable: la televisión es un servicio público, sea cual sea su titularidad. Pero hay un plus en el caso de las televisiones de titularidad pública, como es el caso. El PSOE ya ha pedido, tras el incidente del 25 de febrero y en vísperas de la reivindicativa jornada de cada 8 de marzo, la retirada del programa de TVE. Esta acertada solicitud debería ser seguida por el mismo Partido Socialista en la Comunidad Andaluza, donde el programa que fue antecedente moral de la actual fórmula de Toñi Moreno, Entre todos, sigue en la parrilla matinal, a pesar de que en diciembre pasado y en este mismo mes de febrero, Izquierda Unida, su socio de gobierno, a través de la diputada Rosalía Martín, ha exigido la retirada de modo contundente, y con el mismo argumento señalado por los profesionales de la gestión de los servicios sociales: por fomentar un modelo preconstitucional de beneficencia desde los medios informativos de una Comunidad que se pretende precursora de una alternativa nítida al modelo del desmontaje del bienestar. Frente a este modelo, la reivindicación de dicho modelo, y para los casos de pura emergencia, opciones como el pago de la renta básica de ciudadanía, el aseguramiento de los mínimos energéticos y de suministros, y la recuperación de los salarios sociales: derechos. 

La reacción social es igualmente imprescindible. La caridad individual es una opción libre, y no dudo que más benéfica cuanto más acertada la elección de los destinatarios de la misma. Igualmente benéfica es la acción en este sentido de numerosas asociaciones y colectivos que suplen esa ayuda de emergencia, especialmente alimentaria. Pero la institucionalización del modelo caritativo, su discrecionalidad y, lo que es más grave, el uso de estas situaciones con fines espurios, nos deben rebelar. Exigir la recuperación de los espacios sociales como auténticos derechos de ciudadanía. Como exige el Código Deontológico del Trabajo Social que ha servido y sirve de justificación de las quejas de sus profesionales: reclamemos abordar la solución de los problemas sociofamiliares “desde la universalidad de la ayuda, la planificación de la misma, la confidencialidad de las personas y afectadas y la involucración de la familia en el proceso de recuperación económica y social”. Abandonemos, por supuesto, la tentación de atender al dolor como espectáculo. Por dignidad.