La bestia herida

Erika Fontalvo Galofre

En una jornada inédita que podría marcar el comienzo de un nuevo rumbo para su país, este domingo el presidente de Venezuela Hugo Chávez podría conocer el amargo sabor de la derrota en las urnas. Las encuestas, que en ocasiones anteriores le otorgaban abrumadoras ventajas, hoy no le son tan favorables y se habla de un empate técnico. En las calles de las principales ciudades la tensión es máxima, los ánimos están muy caldeados y los venezolanos desafían el poder del todopoderoso mandatario. Por eso, hoy más que nunca, la bestia está herida.

Será la duodécima vez que los venezolanos acudan a votar desde que Chávez asumió el poder en 1998. Lo harán para decirle “Sí” o “No” al proyecto de Constitución Socialista, la “Carta Magna Roja”,  promovida por el propio mandatario que la considera su principal herramienta para reforzar el proyecto revolucionario de instaurar el sistema socialista en Venezuela.

Chávez, que de tonto no tiene un pelo, se trabajó esta reforma constitucional que a juicio de la oposición limita los derechos civiles de los venezolanos, excluye a sectores políticos y sociales del país, restringe libertades, pone en peligro la convivencia social y le abre la puerta a un régimen de dudoso talante democrático al incrementar sustancialmente el poder del gobernante.

Entre sus “perlas” incluye la reelección sin límite de veces cada siete años, la creación de una economía socialista, el fin de la autonomía del Banco Central y el nacimiento del poder popular basado en los consejos comunales. Además, suprime algunos atributos del derecho al debido proceso y de información en los estados de excepción.

“El que pida más que le piquen caña”, así quedó Chávez de contento tras salirse con la suya. Aunque ciertamente, no había opciones de lo contrario:  a principios de noviembre los 167 diputados del Congreso de Venezuela, todos oficialistas, aprobaron sin chistar su polémica propuesta de reforma constitucional que modifica el 20 por ciento de la Constitución que, por cierto, fue promulgada cuando él ya estaba en el sillón presidencial.

Pero hoy Chávez, el mismo que arrasó con un 63 por ciento de los votos en las elecciones generales de hace casi un año, no está tan contento. Su sonrisa de ganador absoluto se le ha borrado para dar paso a la fiereza del líder patriota que reivindica la defensa de la “dignidad nacional” contra todos aquellos “imperios” que supuestamente lo atacan y quieren poner fin a su sueño de la revolución socialista, entre ellos el Reino de España y su monarca Juan Carlos – reencarnación de Carlos V y Fernando VII -, el presidente de Colombia Álvaro Uribe – el vecino incómodo al que calificó de mentiroso – y el de siempre, el que huele a azufre, Mister Danger, mejor conocido en el resto del mundo como George W. Bush.

Durante esta semana Chávez, herido en su monumental ego por la posibilidad de cosechar un revés el domingo, está jugando sus cartas escalando a niveles insospechados la andanada de insultos e improperios contra sus enemigos imaginarios. Su objetivo, crear entre los venezolanos la sensación de que está respondiendo los ataques que éstos han hecho en su contra, quiere que sus partidarios sientan que él está amenazado por agentes externos y no por la votación posiblemente adversa de este domingo.

La “colombianización” del referendo

No es la primera vez que dirigentes venezolanos y que el mismo Chávez usan el nacionalismo en asuntos relacionados con Colombia, como por ejemplo el diferendo limítrofe que mantenemos en el Golfo de Maracaibo o incidentes fronterizos, como su mejor arma para desviar la atención de sus ciudadanos sobre situaciones coyunturales que afectan a su país.

Pero sí es la primera vez que un presidente, el del que Colombia considera un país hermano, utiliza un lenguaje tan extremadamente ofensivo que además introduce un aspecto personal en el conflicto haciéndolo más difícil de superar.

Chávez ha llamado a Uribe mentiroso y cínico, lo ha calificado como la voz de la oligarquía y la voz del imperio norteamericano, ha asegurado que Colombia merece otro presidente y considera imposible una reconciliación con el mandatario colombiano, por lo que precisa que habría que esperar un nuevo gobierno para reestablecer relaciones y “hablar con transparencia”. Y dicho todo esto, no se le ha caído un pelo. Vamos, que está encantado.

Es como si se hubiera sacado toda la mierda que llevaba atorada en el alma, y en la garganta, desde agosto de 2002 cuando Uribe ganó la presidencia de Colombia. Muchas risas y abrazos cordiales en las fotos, pero era de público conocimiento que no se soportaban, que se masticaban pero no tragaban, que lo suyo era una relación de amor- por la cercanía y dependencia de los dos países – y de odio – por las abismales distancias ideológicas que los separan.

Chávez, haciendo gala de su lenguaje grosero y vulgar, le ha faltado el respeto a la dignidad de un Presidente reelegido democráticamente y que goza del más alto reconocimiento y respaldo popular en la historia reciente del país. Yo no voté por Uribe, no comparto sus políticas más significativas, pero como colombiana creo que el señor Chávez se pasó unos 25 pueblos por decir lo menos.

Uribe, que no es una pera en dulce, respondió con la firmeza que le caracteriza y debo reconocer que lo hizo con prudencia. Sin embargo, la beligerancia verbal de los jefes de Estado ha terminado por dejar ahora sí en el congelador, y quien sabe por cuánto tiempo, las relaciones entre los dos países.

Las consecuencias de esta enfriamiento no se han hecho esperar. En esta semana decisiva de patriotismo agresivo y anticolombianismo punzante – días previos a la elección del domingo – Chávez llamó a consultas a su embajador en Bogotá y hasta advirtió a sus generales para que permanecieran atentos a cualquier “ruido de sables” o apuesta por una carrera armamentista por parte de Colombia. La estrategia de la serenidad, recién estrenada por Uribe, dio resultados y como en boca cerrada no entran moscas, la crisis por ese lado se mantuvo a raya. Supongo que a la espera de lo que pase el domingo para dar el siguiente paso.

Mientras tanto, a las siete millones de personas que viven a lado y lado de la viva frontera entre Colombia y Venezuela se les ha visto con el Cristo entre los labios. El cierre de las fronteras sería el fin para estas familias que pasan de un pueblo a otro por razones familiares y comerciales todo el tiempo. Los empresarios, más discretos pero igual de asustados, están pensando qué va a pasar con sus negocios, con sus inversiones, y no es para menos: el intercambio entre los dos países alcanza la nada despreciable cifra de seis mil millones de dólares.  Yo creería que hay razones para preocuparse pero no para tirar la toalla. Venezuela, el país de los petrodólares, sufre un serio desabastecimiento de productos básicos de la canasta familiar y por lo tanto, reemplazar de la noche a la mañana lo que le compra a Colombia, no le va a resultar tan sencillo.

Por lo pronto Chávez ya dijo que no regresa a la Comunidad Andina de Naciones, a la CAN, una idea que había estado acariciando en los últimos meses como un gesto de buena voluntad hacia su –hasta ese momento-  amigo Álvaro, el de Colombia.

Uribe, que no es santo de mi devoción reitero, se equivocó al designar a Chávez en una mediación con las FARC que, más allá de sus fines humanitarios, podría comprometer – como finalmente lo hizo – la soberanía de la nación colombiana. La liberación de los secuestrados es una obligación constitucional que al propio Uribe y a sus asesores les ha quedado grande. Y Chávez, el mismo que puede pasar a la historia como la antítesis de la prudencia y la discreción, no era necesariamente el más acertado para llevar a cabo esa misión bajo las condiciones en las que Uribe lo hubiera querido.

Quizás Uribe esperaba el rotundo fracaso de la gestión Chávez, con lo cual anularía a su enemigo político y lo posicionaría a él como un dirigente generoso capaz de hacer hasta lo imposible por los secuestrados en Colombia. Pero la realidad estaba demostrando lo contrario y, con todos los excesos de Chávez y su corte, incluido Sarkozy, la cosa iba marchando. Un traspiés del mandatario bolivariano, inherente a su mediática condición de líder populista y mesiánico, y Uribe volvió a equivocarse al cancelar su labor de la manera menos apropiada.

Chávez, herido en su ego, encontró un filón para “desenmascarar” al odioso vecino y de paso, ganarse el respaldo de los que aún dudan en apoyar su pretensión socialista.

Y ahí los tienen, enfrentados como dos fieras heridas, planeando el siguiente zarpazo, el golpe certero, el ataque infalible. Cuánto egoísmo y orgullo arrastran sus posiciones radicales, a ratos tan parecidas. Y lejos del protagonismo que ninguno de los dos presidentes está dispuesto a cederles, están los secuestrados y sus familiares, más solos y desesperados que nunca, hundidos en la miseria del saberse ignorados.

Así las cosas, este domingo, con o sin los votos requeridos – algunos anticipan un presunto fraude -, Chávez celebrará una más de sus victorias mientras Uribe recibirá nuevas muestras de respaldo popular que confirmarán su fortaleza institucional tras esta crisis en la que, por cierto, intentarán mediar gobiernos amigos. La economía se mantendrá estable y tarde o temprano, eso espero, todo volverá a una relativa normalidad…

Todo… hasta la inclemente espera de quienes se están pudriendo en las selvas colombianas mientras sus familias se consumen en el silencio de saberse también abandonados.