La “División Azul” y “la Nueve”, españoles en tiempo de leyendas

José D. Roselló

Como a muchos, cuando era crío me encantaban las películas de guerra, y aún lo siguen haciendo, por cierto. Clásicos del cine bélico como “El día más largo,”Los violentos de Kelly”, “La Gran Evasión”, “La Batalla de Inglaterra”, “Arde Paris”, “Patton”, “Rommel”… eran películas antes de que el trauma de Vietnam hubiese pegado fuerte en Hollywood y de que a Spielberg se le ocurriese todavía retratar como fue de verdad desembarcar en una playa fortificada. En resumen, épica.

Pobladas de heroicos modelos masculinos, sin dudas, sin fallos, con historias de superación y valores resonantes, libertad, democracia,  para mí y otros como yo, la segunda guerra mundial, sin mucha exageración, es lo que fue la Ilíada, historia y mito.

Así que cuando con pocos años la curiosidad se le despertaba a uno y preguntaba “¿Y participó España en la Segunda Guerra Mundial?”. a uno le comentaban algo de una división azul en Rusia y se quedaba tan conforme, con diez u once años, los que fueran. Luego creces, pasas la entonces EGB y la enseñanza media y, posiblemente emparentado con la curiosa manera de estudiar historia que aún rige en nuestro país, sales de COU sabiendo lo que era un gardingo pero habiendo dedicado dos horas de 1936 a 1975. (Si eso).

Así que uno puede saber quien eran Patton, que era el Afrika Korps y que pasó en Stalingrado, pero sigue sin saber qué hizo su país en el periodo más decisivo de la historia reciente. Donde otros países forjan gran parte de sus identidades modernas y, por qué no, parte de sus leyendas, aquí no hay eco en el radar.

Puedes preguntar a ver qué queda en la memoria popular, y encontrarás a personas por otro lado vastamente cultas que lo único que aciertan a contarte, sí la División Azul, fue a Rusia, también, pero poco más, que fueron “obligados” o porque “daba ventajas”, punto. Si tienes mucha, mucha suerte, y la persona es algo más que culta, puede que te hable de que hubo españoles en campos de concentración, o algo de que hubo en París vehículos blindados que entraban con nombres como “Madrid” o “Belchite” a la cabeza de la liberación de las tropas nazis. Y ahí queda la cosa.

Laguna, niebla, vaguedades. Como si hubiera una placa de hielo en la historia del siglo veinte en España (y habla alguien que acabó la formación universitaria en el año 2000) se pasa por ciertos hechos a toda velocidad, deslizando entre trompos sin agarres. Da la impresión de que mientras el mundo entero convulsionaba, por aquí poco menos que entraban ecos por la ventana.

Hay que ser terco, tener una cierta fijación por el tema y andar con suerte para, por tu cuenta, enterarse de que La División Azul constituyó una decidida apuesta del régimen de Franco, sobre todo de sectores próximos a falange, por la victoria alemana en la segunda guerra mundial. Entrar sin entrar del todo, calculando, pero tampoco quedarse fuera. Lo recíproco a la participación en la guerra civil de contingentes alemanes e italianos. Un cuerpo de tropas voluntarias fuertemente ideológico que combatió junto a los nazis en las crudas campañas del frente oriental, tomando parte en asedios tremendos como el de Leningrado y siendo testigo y colaborador de las atrocidades cometidas en ese frente. España y españoles – cerca de 50.000 efectivos y del año 41 al 44 – tomaron parte voluntariamente en aquello, en la aplicación completamente coherente, dado el contexto, de la política exterior de un gobierno de ideología fascista. Era lo que había y es lo que éramos.

Respetando el derecho a la paz y por qué no, al olvido de los hoy ancianos que tomaron parte en aquello, y encuadrando la decisión en el momento histórico en el que se tomó, ¿Por qué no decir con claridad lo obvio? ¿Por qué ese siseo en voz baja y esa puesta continua de paños calientes? ¿Por qué ocultar la verdad de un hecho transcurrido y no asumir lo que pasó? Alemania lo ha superado, e Italia, Rumania, Hungría, otros aliados del entonces gobierno nazi, también. ¿Por qué el silencio?

Si persiste uno en la terquería, y sigue manteniendo el interés, pueden encontrarse en los márgenes del amplio caudal de publicaciones en torno a la mayor contienda que ha conocido la humanidad, una mención a algo que se llama “La Nueve”. 

“La Nueve” fue una brigada de españoles que combatieron con el bando republicano y en su huída tras la guerra, se enrolaron en el ejército de Franceses Libres en el Norte de África. Algunos de ellos incluso con anterioridad, alistados en la Legión Extranjera Francesa, tomaron parte en la campaña de Noruega, en el año 40, poco después de la derrota de Francia en la guerra y última operación que dirigió el gobierno británico bajo Neville Chamberlain.

El contingente español, integrado en ejército del general Leclerq, desempeñó el grueso de su campaña tras el desembarco de Normandía, alcanzó su máxima relevancia en la liberación de París, para llevar a cabo sus últimas acciones de combate antes del invierno del 44. Algunos de sus miembros continuaron posteriormente en el maquis u otros formatos,  diversas acciones de guerrilla contra el régimen franquista. Otros siguieron sus vidas en Francia.

De nuevo, españoles, como parte del mundo y parte de Europa que somos, estuvieron presentes dónde se escribía la historia moderna. En este caso con un papel mucho más presentable que el anterior. Puede reivindicarse una pizca de orgullo, si se quiere –eso va en la sensibilidad de cada uno-, y si no, al menos hacer justicia a la verdad, sin añadir oropeles, pero sin hurtar los hechos. El día de la instauración de uno de los mitos fundacionales de la muy Gaullista República Francesa, la capital de nuestro país vecino, ocupada por alemanes, fue liberada por españoles.

Se habla de hitos que simbolizan dejar atrás traumas y complejos, como organizar juegos olímpicos o ganar mundiales de futbol. Sin embargo, seguimos ignorando deliberadamente determinados aspectos de nuestra historia, metiéndolos en los trasteros mediante tratamientos reducidos y esqueléticos. Como cuando a los niños les decían que los traía la cigüeña.

El resultado de todo esto es que un día ya de adulto bien adulto ves desfilar a la par, en un día de las Fuerzas Armadas a un ex divisionario y a un ex brigadista de La Nueve. Probablemente no sabes quiénes son, que es lo más normal y te resulten dos entrañables viejecitos. Pero si tienes algo más que la vaga o nula idea que hemos permitido que se imponga, es bastante probable que la imagen te deje el regusto amargo de las cosas que aún, o no comprendemos, o peor, no nos atrevemos a hacer bien.