Koiné para todos

Senyor_J  

Una de las novedades relevantes de las últimas semanas ha sido la reaparición en la escena pública catalana del debate sobre la oficialidad de la lengua, en esta ocasión con motivo de la presentación del manifiesto del grupo Koiné, denominado Per un veritable procés de normalització lingüística a la Catalunya independent.

Haciendo un preludio al respecto, debemos señalar que tanto Cataluña como España cuentan con una larga tradición en la elaboración de manifiestos, sean del tipo que sean. Todos destacan por su intrascendencia y por incorporar implícitamente unas serias ansias de protagonismo que suelen afectar a algún destacado firmante o a varios de ellos. Hay quien sospecha incluso que un manifiesto es el último escondite del incompetente: a falta de ideas mejores para la acción, se hace un manifiesto. A poco que lo firmen unos cuantos y se incluya alguna firma conocida, se obtendrá un cierto eco mediático, sobre todo si se dispone de recursos para publicarlo en la prensa. En el propósito de conseguir el mayor número de firmas, cosa importante cuando la cantidad cuenta, es muy conveniente conseguir generar con él algún buen titular. Procurar que la gente no se lo lea también es fundamental para tener más firmantes. Luego la cosa dura lo que dura, porque un manifiesto no da para mucho más que un minuto de gloria. Su contenido cae rápidamente en el olvido y conviene tener preparada una segunda fase de actuación para sacar partido del esfuerzo de visualización realizado. De eso se trata con los manifiestos que corren hoy en día y en particular eso debía buscar el colectivo Koiné.

El contenido de este texto ha sido ampliamente difundido por medios de comunicación de todo tipo y color, unos para alabarlo, otros para machacarlo. Entre la ciudadanía debe haber pasado un poco lo mismo, aunque es de esperar que los más sensatos hayan oscilado entre el espanto, la incredulidad o un simple: “¿A qué viene esto ahora?”. Ha habido un elemento que ha levantado ampollas y motivado artículos de opinión varios, que ha sido el llamar “colonos involuntarios” a las mujeres y hombres que llegaron a Cataluña en los flujos migratorios de los años 1950 y en especial de 1960. La verdad es que hay que ser muy tonto, muy sinvergüenza o un auténtico “notas” para introducir semejante ofensa en un texto que tal vez pretendía situarse en un debate que está abierto en el ámbito soberanista pero que ha conseguido con ello descalificarse como instrumento de reflexión compartida. O tal vez lo que pretendía era romper el muro de la agenda informativa y ello exigía llamar la atención con algo, por lo que si de eso se trataba, está claro que lo han conseguido.

Pero creo que conviene no abundar en esta nueva prueba de la miseria moral que se esconde de puertas adentro, para centrarse en dos cuestiones que en mi opinión son bastante más importantes. La primera tiene que ver con la motivación. ¿Por qué un conjunto de académicos se lanzan ahora a suscribir este manifiesto? Sin duda por las contradicciones que se vienen manifestando en el ámbito del independentismo. De un tiempo a esta parte, ERC y sus afines se han declarado partidarios de permitir la cooficialidad de lenguas, es decir, que tanto el castellano como el catalán sigan siendo oficiales en ese nuevo país que se llamará Cataluña algún día. Y además han hecho profesión de fe en este sentido, promoviendo un cabeza de lista castellanoparlante, a la vez que muy independentista, para competir en las elecciones generales. Ello, a mi entender, es una apuesta derivada de un interés más estratégico que filosófico. De lo que se trata realmente es de que Junqueras y compañía han concluido que el tema lingüístico les genera un techo de cristal para hacer hegemónica la opción independentista entre el cuerpo electoral catalán y creen que pueden resolverlo congraciándose con los sectores castellanoparlantes. Para ello es crucial comprometerse con los dos idiomas, presentar el castellano como una lengua aceptable para el uso cotidiano y no cuestionar su oficialidad. En realidad todo esto forma parte de una operación de largo recorrido que cuelga de una idea que ya estaba vigente en ERC por lo menos desde los tiempos de Carod: que la cuestión no es que sea catalán aquel que vive y trabaja en Cataluña, que ya se supone, sino que la construcción de una mayoría que apueste por la emancipación nacional ha de adoptar un estilo inclusivo, necesita sumar a catalanes de todo tipo y por lo tanto los más castellanohablantes han de sentirse también atraídos por el relato independentista. Ahora, cuando se disputa el todo por el todo y el independentismo, por su volumen, es más plural que nunca y se extiende por rincones nunca antes soñados, ERC está traduciendo esa idea en unas propuestas coherentes con la misma.

Ante tales circunstancias, era imposible que no saltara la alarma entre el independentismo de pata negra, aquel que es portador de las esencias y que necesita conseguir su cita con la historia recuperando para los descendientes de Martín El Humano todo lo que se empezó a perder en el Compromiso de Caspe y por supuesto en 1714: ni más ni menos que la autentica identidad catalana, que empezaba entonces a diluirse gracias a las dinastías castellanas. En este sentido, el manifiesto no puede ser más claro:

“3. Denunciem les manifestacions d’alguns grups polítics que, sota la capa de la ideologia bilingüista, proposen per a la futura República Catalana que l’anormalitat lingüística actual continuï essent garantida i esdevingui la falsa normalitat de la república”.

Aceptar la cooficialidad del castellano es mucho pedir para los que dividen el mundo entre “nosaltres” y “ells”, entre “colonos” y “explotados”. La lengua no es un elemento cualquiera del discurso independentista, sino su llave maestra: es sobre ella que se ha articulado tradicionalmente la identidad propia, es ella la que permite distinguirse y es mediante el discurso de los riesgos del catalán que ha sido posible generar espacios monolingües ocupados por aquel. Es el caso de la escuela, donde se ha introducido una determinada manera de entender la inmersión lingüística, o de los medios de comunicación públicos, que hoy por hoy son portadores del mensaje gubernamental y grandes teatralizadores del movimiento soberanista. Estos dos elementos y otros, que en condiciones normales no tendrían nada de particular, ni demasiada trascendencia, se convierten en instrumentos de primer orden en una etapa proselitista y retadora como la que vivimos, para conseguir vender una realidad y representar también esa realidad. El monolingüismo de TV3 es una autentica aspiración social para este sector al que hacemos referencia y ellos están aquí para hacerlo efectivo en cualquier contexto. Lo que el manifiesto busca es ni más ni menos que construir un argumentario que legitime la construcción de un espacio exclusivamente monolingüe a favor del catalán.

Con esta última observación pasamos de la motivación a la segunda cuestión importante, la finalidad. ¿Qué se pretende conseguir? Pues está claro, asegurarse que si llega el momento de declararse independiente, y no olvidemos que para algunas mentes estamos ahora mismo en un momento constituyente, el tema de la oficialidad no se dé por cerrado tan fácilmente y que el catalán pueda seguir luchando por la exclusividad. En este sentido hay que plantear dos observaciones. La primera, que el interés de ERC por la cooficialidad me parece exclusivamente táctico. No se trata de generar una propuesta cultural, sino una propuesta ganadora, y si hay que asumir la cooficialidad durante algún tiempo, pues se asume. La segunda es aun más importante: el independentismo necesita un sector que proteste para no comprometerse con la cooficialidad hasta el final y manifiestos como este pueden servir de punto de anclaje de la resistencia monolingüística. Al fin y al cabo, si el soberanismo se hace hegemónico, solo una minoría va a ver clara la necesidad de disponer dos lenguas, más aun cuando el gobierno catalán hace todo lo posible para oscurecer en la escena pública el idioma de los Trastámara. Visto de este modo la promesa de la cooficialidad tal vez solo sea otra de las leyendas que circulan por la galaxia catalana, como tantas otras promesas que, de hacerse efectiva la independencia, se verían frustradas.