Keynes: economía, sexo y prejuicio

Barañain

Aprovechando la celebración del “Día internacional contra la homofobia” no son raros en los medios de comunicación los reportajes bienintencionados que buscan sensibilizar al público sobre la pervivencia de esa lacra, aún en nuestro tolerante medio (no digamos ya en otras áreas del mundo).   Tal vez sea una coincidencia pero, este viernes, El País dedicaba dos páginas enteras a evocar la figura de John Maynard Keynes, curiosamente centradas en su posible homosexualidad. En su artículo “Keynes, la economía y el sexo” Joaquín Estefanía glosaba la monumental biografía del  economista inglés escrita por Robert Skidelsky. (http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/16/actualidad/1368732094_705756.html)

Estefanía, sin embargo, dedica una buena parte de su artículo a la polémica desatada en el Reino Unido por un comentario del famoso historiador Niall Ferguson sobre la relación entre la identidad sexual de Keynes y sus teorías económicas. Al parecer, Ferguson defendió que Keynes no se habría preocupado por las consecuencias de sus teorías económicas en el largo plazo porque, al ser homosexual, no podía tener hijos y ese largo plazo le traía sin cuidado, lo que se apoyaba, según Estefanía, en la frase de Keynes de que “a largo plazo, todos muertos” (pronóstico del que, obviamente, es difícil disentir).

La moraleja es que, según la interpretación de Ferguson, si Keynes se hubiera preocupado por el futuro de la sociedad su pensamiento hubiera sido otro y sus ideas son poco sólidas en la medida en que sólo pueden ser válidas a corto plazo. O, peor aún, son fruto de la falta de preocupación por el futuro de un hombre rico y sin descendencia ajeno a los problemas de la gente humilde (proletaria). Y ese análisis, claro está, convendría a  gente como Ferguson, de quien Estefanía nos advierte que “está cada vez más escorado hacia las posiciones más conservadoras”. En realidad, esa interpretación de la influencia de la homosexualidad de Keynes en sus concepciones económicas no es nueva. El biógrafo Skydelsky menciona a Joseph Schumpeter,  quien debía tener también esa idea en la cabeza cuando, en 1964, escribió en el obituario de la muerte de Keynes que este “nunca tuvo hijos y su filosofía de vida era esencialmente una filosofía a corto plazo”.

Ante la “algarabía” desatada por las palabras de Ferguson, según nos cuenta Estefanía, este se ha retractado reconociendo que su comentario fue “estúpido e insensible”. Junto al artículo de Estefanía hay una entrevista con el biógrafo –Skidelsky-,  quien entre otras cosas señala que “el problema de esa argumentación (la de Ferguson) es la explicación, que se busque la justificación de una circunstancia con otra”.

En lo que coinciden Skidelsky y Estefanía es en ningunear a Ferguson. Si para Estefanía su última obra (“La Gran degeneración”) demostraría lo muy conservador que se está haciendo, para Skidelsky el problema reside en el éxito mediático de figuras como el historiador de Harvard, ya que “los medios suelen hacer de ellos estrellas mediáticas y acaban abandonando su investigación”. Y según el biógrafo de Keynes, “algo así es lo que le ha pasado a Niall Ferguson, que escribió muy buenos libros hace 20 años pero que ahora se ha entregado a los medios de comunicación y su trabajo se resiente”.  Pero eso no puede ser cierto porque Ferguson, veinticinco años más joven que Skydelsky,  publicó el grueso de su obra en los años 2000 y sigue (su excelente “Civilización. Occidente y el resto” es de 2011).  Es decir, sus “muy buenos libros” no podrían ser los de “hace  veinte años” porque por aquel entonces no escribió ninguno. ¿Despiste, maldad o muestra de humor inglés?

En el artículo de Estefanía no se aclara si la algarabía ha sido por la referencia a la homosexualidad de Keynes o por basar en ella una posible explicación de sus teorías. Por supuesto, la biografía de Skydelsky desvela la homosexualidad de Keynes aunque él no le atribuye ninguna importancia en la génesis de su pensamiento económico. Por eso resulta más curioso aún que Joaquín Estefanía, cuyo artículo está motivado precisamente por la aparición en castellano de esa biografía, se descuelgue con la tontería de que “Ferguson  no tenía razón  en la afirmación de que Keynes era homosexual” ya que  “aunque le gustaron mucho los hombres (uno de los amores de su vida fue el pintor escocés Duncan Grant, perteneciente al grupo de Bloomsbury), también lo hicieron las mujeres: se casó con la bailarina del ballet de Diaghilev Lydia Lopokova”.

No es razonable suponer que las teorías de John Maynard Keynes sean consecuencia de su condición sexual. Más que nada porque la naturaleza del deseo sexual es independiente de la ideología, religión, etnia o estatus social. No ignoro que esa condición, o mejor dicho, la peripecia vital por la forma en que es vivida –nada que ver la tolerancia actual con la represión de hace sólo muy pocas décadas-,  sí ha podido influir en determinadas actitudes o tomas de posición políticas (estoy pensando en las humillaciones sufridas por gente de educación elitista como Kim Philby o Guy Burguess que los lleva a terminar de espías soviéticos como forma de combatir ese mundo cruel del que procedían), pero no veo cómo relacionar los gustos sexuales de Keynes con su “teoría  de la ocupación, el interés y el dinero”.

Ya he dicho que no me queda claro qué es exactamente lo que más contraría a Estefanía, si la revelación de la homosexualidad de Keynes –que insiste en negar-, o la banalización de su pensamiento económico. Respecto a lo primero, confieso que me ha sorprendido mucho que una persona como Joaquín Estefanía, al que suponía mas enterado,  considere que una fructífera y positiva vida matrimonial con una mujer contradice la identidad homosexual de cualquiera de ambos cónyuges. 

En el caso de Keynes, por otra parte, su forma de afrontar la sexualidad no resultaba extraña en el elitista círculo en el que se movía. De las andanzas del grupo de “Los Apóstoles”, en el Trinity College de Cambridge de las primeras décadas del siglo XX, al que perteneció el joven J. M. Keynes (junto con Bertrand Rusell, D.H. Lawrence, G.E. Moore, L.Wittgenstein y un largo etcétera) y sobre la forma en que entendían el mundo y la vida y también la manera en que se enfrentaba la homosexualidad daba  cuenta –aunque no era su asunto central-, una excelente novela que leí el pasado año,  “El contable hindú”, de David Leavit, que novela la historia real del desembarco en ese mundo intelectual de Cambridge de un oscuro matemático hindú, Ramanujan. (Un buen resumen del libro en http://confiesoqueheleido.blogspot.com.es/2012/12/el-contable-hindu-david-leavitt.html).

Del propio Keynes hay un escrito sobre aquella época incluido en un breve libro (“Dos recuerdos”, editorial El Acantilado) que, junto al recuerdo de las negociaciones de los aliados con Alemania sobre las compensaciones económicas tras la primera guerra mundial, en las que él participó en el seno de la delegación británica y tras las cuales ganó celebridad, incluye un texto de evocación de sus primeros años en Cambridge, que constituye un magnífico retrato de un lugar y una época irrepetibles (una brillante obra maestra, en palabras de Virginia Wolf). Pero, significativamente, aunque explica en detalle cómo eran sus relaciones, qué tipo de cosas les preocupaban  y de qué discutían, apenas hace mención a la vida sexual.