Joven desgaste

Millán Gómez 

PP y PSOE han ganado las elecciones en Andalucía y Asturias, respectivamente. Ambas noticias tienen un enorme mérito y muestran la simpatía y fidelidad que los electores tienen en las dos principales fuerzas políticas. En el caso de la primera, nos encontramos ante una decepcionante victoria y, en el segundo, un triunfo muy meritorio, porque, además, han mejorado en dos escaños su representación. El tercer ganador es la abstención de una sociedad civil harte de la clase política actual. En la segunda comunidad se suma, además, el bostezo generalizado al tener que acudir a las urnas apenas 10 meses después de los últimos comicios autonómicos, con el agravante de que Foro Asturias tardó en conformar su ejecutivo dos meses. Aquella fue una victoria personal por el carisma de Cascos, lógicamente no fue un triunfo de un programa porque el partido era y es de reciente creación y sus iniciativas apenas se conocían. UPyD en versión asturiana. 

En primer lugar, la cobertura de los medios de comunicación ha sido injusta en cuanto al agravio comparativo realizado. Entiendo la influencia simbólica y poblacional de Andalucía, así como las perspectivas fundadas, siempre según las encuestas, de cambio político después de 33 años de gobiernos socialistas. Asturias está políticamente rota y rica en cuanto a candidaturas con opciones de conseguir actas. Por parte de los medios generalistas, Asturias debería merecer un mayor respeto. Ya aclaro preventivamente que soy gallego, no tengo ningún vínculo con Asturias y esta comunidad me interesa lo mismo que La Rioja, Murcia o Andalucía. Que nadie me malinterprete. Para mí, primos-hermanos son todos los españoles.

 El PP presentaba en Andalucía un candidato desgastado, lo cual no deja de tener su punto irónico. Los resultados demuestran la fortaleza del PSOE en Andalucía, falta de crítica con la corrupción y un importante rechazo a los ajustes del PP. Aunque lo nieguen los populares, los recortes del PP han provocado un notable descenso de apoyo respecto al 20 de noviembre. No en vano, han perdido 450.000 votos que sí le otorgaron los andaluces a Mariano Rajoy hace apenas cuatro meses.  Pero no solo las medidas más contundentes, sino también las no confirmadas pero sí intuidas, en parte porque a día de hoy todos conocemos al PP y al PSOE, digamos que los tenemos calados, y por esa bendición para los medios de comunicación que es esa empatía que tiene el PP con los micrófonos cerrados en la teoría y abiertos en la práctica.

 La decisión de Griñán de estirar la legislatura fue coherente con el mandato democrático y, en segunda instancia, lógica desde el punto de vista de sus intereses electorales. Con la crisis que tenemos encima y sin perspectivas de mejora, era evidente que cada semana que pasase era peor para el PP y mejor para el PSOE. Touriño tomó la misma decisión en Galicia en 2008, pese al consejo de José Blanco. La diferencia es que entonces quien estaba en el Gobierno central era el socialista José Luis Rodríguez Zapatero y ahora un dirigente popular. Griñán, que entró por la puerta de atrás de la Junta de Andalucía y sin haber sido votado directamente como presidente por los electores, ha mostrado su fortaleza y desde Ferraz tendrán ahora que tomarlo muy en cuenta. De todos modos, Griñán apostó por Carme Chacón, con lo cual Rubalcaba, contemplado ese sentido tan lamentable que ha tenido del mandato democrático de los militantes, ha recibido la noticia con cierto sentimiento de alegría por el triunfo de su partido, pero con la sensación de que ha ganado un enemigo interno.

Igualmente, el PSOE deberá realizar exactamente la misma reflexión interna que la que las encuestas predecían con error. Les han votado como castigo rápido al PP, no tanto como empatía con los socialistas. Han perdido nueve escaños con respecto a 2008 y la situación, por ejemplo, en Almería es humillante. IU dobló sus apoyos, medida lógica por parte de electores progresistas que consideran, con razón, que el PSOE dejó de ser en los últimos tiempos un partido de izquierdas.

Existe un electorado andaluz, significativamente minoritario y deseoso con mucha autoridad moral, del cambio político que esta comunidad necesita. Un porcentaje de población conservadora, alérgica a las tijeras como forma de gestionar su día, moderada, conciliadora y alejada de las prácticas más reaccionarias. Ojalá algún día Andalucía tenga esa representación porque democracia es también cambio, independientemente de la ideología de cada uno.

 Por su parte, Asturias necesita cohesión. Un gobierno de coalición o con apoyos externos sólidos y constantes. Asimismo, una buena relación entre gobierno y oposición. Lo que no es aceptable es que se repita la misma situación que en los últimos meses. Foro y PP son conservadores ambos, pero no parece lógico que se coaliguen una vez que los primeros son un partido escindido del segundo. Altura de miras deberán tener todos los dirigentes asturianos. La abstención aumentó en más de once puntos porcentuales con respecto a hace diez meses. UPyD tiene la llave con apenas un escaño sobre los 45 que tiene el parlamento asturiano. Imagino que cuando criticaban a los nacionalistas minoritarios de ser bisagras en la conformación de ejecutivos y aprobación de iniciativas, ahora si son coherentes deberán decir lo mismo. ¿O no? Ya verán como no.

 Por último, recordar el derecho a la huelga y a trabajar en jornada de huelga. No son progresistas quienes coaccionan a trabajadores para no acudir a sus puestos de trabajo ni realizar una vida normal si así lo consideran oportuno sin tener en cuenta sus derechos y sí son muy fascistas, al igual que los empresarios que prohíben a sus empleados realizar huelga.