Je ne regrette rien

Frans van den Broek

Por uno de esos caprichos que tienen las conversaciones informales, recalé el otro día en un tema que de común evito o que más bien ha dejado de formar parte de mis preocupaciones intelectuales, aun cuando tenga su lugar en el repertorio de mis obsesiones neuróticas: el arrepentimiento o, mejor dicho, lamentar haber hecho cosas en el pasado que uno preferiría no haber hecho. La verdad, dado que la conversación se llevó a cabo en inglés, usamos el término “regret”, cuya traducción español no es tan fácil como pareciera a simple vista. Alguno de los usos de la palabra inglesa no se acomodan bien a una traducción directa y requieren frases y contorneos semánticos poco elegantes o confusos, pero a fin de cuentas la idea que originó la discusión es conocida y tiene una muy vieja raigambre.

Mi interlocutora me dijo que no se arrepentía de nada, al más puro estilo Edith Piaff, pero dudo que las razones aducidas fueran del gusto o del conocimiento de la cantante francesa. En su momento, al darse cuenta del error o de las acciones equivocadas, se lamentaba de haberlas cometido, pero más tarde todo arrepentimiento le parecía innecesario y hasta nocivo. De no haberlos cometido, me dijo, no sería la persona que era hoy, y no habría aprendido lo que aprendió. A esto añadía un marco metafísico al que volveré en un rato, pero que no le será desconocido a nadie que haya estado despierto en las últimas décadas, pues se ha integrado de algún modo en nuestra cultura occidental –o incluso me atrevería a decir, en la cultura globalizada de hoy en día-, en ocasiones de la mano del pensamiento New Age. Dada mi implacable educación católica -implacable en el sentido de habérseme impuesto con severidad no diré fundamentalista, pero en el espíritu de aquella famosa frase que indica que la letra con sangre entra- estoy habituado al sentimiento de culpa, y por más que haya intentado liberarme de los grilletes mentales del cristianismo con denuedo pagano-germánico, algunas cicatrices han quedado y una de ellas es, precisamente, la de tender a arrepentirme de muchas cosas que hice y que pienso hubiera sido mejor no haber hecho (o de cosas que dejé de hacer, claro está). Así es, todavía pienso que reventar un plátano en el macuto de mi compañero de escuela y arruinarle su tarea para dicho día fue un acto que, a pesar del jolgorio que ocasionó, hubiera sido mejor no cometer; me digo a menudo que jamás debí estudiar ciencias y, peor aún, terminar dichos estudios, cuando mi obvia vocación era la literatura, y fantaseo que de haberlo hecho desde el inicio, hoy sería quien sabe si hasta catedrático, en posesión de un sueldo digno y una carrera respetable y no del faltuzco sueldo que me alumbra y el zarrapastroso currículum que resume mi periplo laboral, como ahora; no es infrecuente que me torture el recuerdo de mis muchas intolerancias, irritamientos, injusticias, negligencias y hasta depresiones que, me parece ahora, no debí tener, de haber sido un poco más apañado caracterológica o moralmente. Es más, una vez comenzada la rueda de los arrepentimientos, me es difícil detenerla, lo que me lleva a veces al consuelo químico de los vodkas y los whiskies, sólo para arrepentirme al día siguiente de haber bebido tanto y prometer no hacerlo jamás, bolsa de hielo en la frente. Promesa que nunca se cumple, por supuesto. En resumen, el que habla no ha sido nunca capaz de decir, como mi interlocutora, habitante de otras tierras y producto de otra generación: no me arrepiento de nada.

Me imagino que habrá muchas maneras de justificar esta actitud desapegada con respecto al pasado, pero permítaseme referir las razones invocadas por mi amiga durante la conversación: su renuencia al arrepentimiento emana de la convicción de que todo sucede para bien ulteriormente y de que hay algo así como un destino personal que todos debemos cumplir. Estas creencias se avienen con la razón mencionada anteriormente, aquello de que uno no sería lo que es de no haber hecho lo que hizo, incluidos los errores o equivocaciones, siendo lo que se es, en principio, mejor de lo que se era. Este razonamiento, vale decirlo, tiene mucho de aporía o auto-defección, ya que de no haberse hecho lo que se hizo, otro sería el posible arrepentido, y por tanto, no se estaría arrepintiendo en el mismo sentido en que lo hace habiendo hecho lo que hizo. Bajo estas premisas, cualquier cambio en el pasado altera el presente y, por tanto, para arrepentirse es necesario que nada cambie en el pasado, de lo contrario la persona que se está arrepintiendo no existiría. ¿En qué sentido se arrepiente uno entonces? En el sentido de lamentar que se hiciera lo que se hizo, obviamente, pero si nada debe o puede cambiar en el pasado para que la persona se esté arrepintiendo ahora mismo, ¿de qué vale arrepentirse entonces, aparte de ejercicio mental destinado a la auto-tortura? Se imaginará el lector que una conversación como esta no puede sino desembocar en preguntas metafísicas de orden superior que han ocupado las mentes más brillantes y los espíritus más iluminados, y que sigue siendo tema controversial, como la tensión irreconciliable entre determinismo y libre albedrío, o entre la armonía pre-establecida y la libre voluntad del individuo. Preguntas que el que escribe hace tiempo dejó de hacerse, como no fuera más que para decir que si en 2500 años de barbudos filósofos estos no se han puesto de acuerdo del todo al respecto, ¿qué puede esperarse de una mente limitada y catolizada como la mía?

Pero sigamos un poco más, por aquello de hacerles honores a los hábitos. Si uno no acepta la premisa de que las cosas ocurren para mejor, sino que bien pueden ocurrir para peor, el arrepentimiento podría sentirse como más justificado, en cierta medida. Una cosa es afirmar que uno no se arrepiente de nada sorbiendo una piña colada al borde de una piscina en California, mientras la hermosa y joven esposa se hace unos largos en la mansión propia y el mayordomo nos trae el Filet Mignon, digo yo, que hacerlo desde un desagüe en alguna barriada tercermundista, habiéndose inyectado la enésima dosis de heroína. Si este último nos dice que se arrepiente sentidamente de haber aceptado aquella lejana primera dosis de caballo, mal haríamos en decirle que no debiera arrepentirse de nada, pues todo es para mejor, o diciéndole que el arrepentimiento es negativo y debe procurar ser positivo. A quien tiene buenos motivos para sufrir ahora por decisiones del pasado, le puede sonar hasta arrogante el escuchar que otra persona no se arrepiente de nada, pues no tiene sentido. Sí, estuvo mal meterle dicha patada en el culo a dicho amigo, pero ya se pidió perdón y por tanto arrepentirse no es pertinente o relevante. Me imagino que la misma persona diría otra cosa si la patada, por uno de esos azares del destino, hubiera lanzado a dicho amigo justo debajo de los neumáticos de un camión y le hubiera ocasionado ser partido en dos. Las consecuencias de nuestros actos, por consiguiente, podrían inclinarnos hacia uno u otro campo en la disputa del arrepentimiento.

Lo que no obsta para que entienda perfectamente las razones de los detractores del arrepentimiento: refocilarse en dicho sentimiento o juicio es debilitante, promueve la auto-compasión y el narcisismo, puede ser causa de depresión o suicidio, y no lleva a nada bueno. ¿Pero es esta la única manera de contemplar o vivir el arrepentimiento? A las claras, no. La gente no se arrepiente sólo para revolcarse en el barro de la lástima propia o la depresión, sino para indicar que se ha constatado una conexión causal hipotética: la de un acto cometido y ciertas consecuencias negativas que se hubiera preferido evitar. O para indicar una preferencia valorativa o ética: patear al gato o al vecino en la cabeza no fue, después de todo, un acto que se aprueba hoy, cuando se efectúa el arrepentimiento, por más que entonces se tuviera otras ideas. En estos sentidos el arrepentimiento puede ser un ejercicio cognitivo o valorativo que indica conocimiento, siempre y cuando no venga acompañado de emociones negativas que inhabiliten el juicio o la acción del arrepentido. Puede ser incluso una virtud similar a la de la humildad o aliada con ella, esto es, la aceptación de la falibilidad humana y la afirmación de un compromiso con cursos de acción distintos al que ocasiona el arrepentimiento. Algo que interesa no sólo a uno mismo, sino a nuestros congéneres: si alguien cuenta que de joven solía practicar el canibalismo con gente indefensa, pero ya no lo hace, pues lo considera incorrecto, y a la vez, afirma que, a la larga, no se arrepiente de nada pues lo había hecho el que era en dicho momento, dudo mucho que nos sintiéramos inclinados a confiarle a nuestros hijos como canguro. Arrepentirse, en cambio, puede indicar que uno ha realmente cambiado de parecer o de comportamiento, y que se ha aprendido lo que debía aprenderse de los errores. Señala, por ello, una participación en un universo de valores común que asegura la convivencia.

Pero volvamos al principio: no arrepentirse de nada. A estas alturas, ya me estoy arrepintiendo de haber comenzado a escribir esta nota, pues a nadie se le escapará que mi tratamiento ha sido cualquier cosa, menos filosófico, pero no vale de mucho arrepentirse, ya que el tema me supera con creces. ¿Cómo conciliar el destino con las elecciones personales del pasado? Vaya uno a saber. Recibí mi merecido cuando le insinué a mi amiga que afirmar estar más allá del arrepentimiento podía ser interpretado como arrogancia o desafío, pues me respondió, adecuadamente: no me importa lo que piensen los demás, sino lo que piense yo con relación a mi vida. Y quizá en esta afirmación esté el germen de una solución a este misterio ancestral. Si bien el arrepentimiento puede adquirir dimensiones sociales de índole incluso dramática –como en las comunidades religiosas o políticas, donde puede exigirse arrepentimiento para con la colectividad-, es el individuo, al final, quien debe decidir sobre el valor o no del arrepentimiento, al menos en sociedades libres. Si todo ocurre para mejor, como quería Leibniz o afirman numerosas doctrinas religiosas, entonces hasta el arrepentimiento ocupa un lugar en dicho orden y poco podemos decir al respecto. Pero si es experimentado como acto libre de juicio y valoración, entonces le incumbe al individuo decidir qué función ocupa en su economía mental o espiritual. Tal vez los discursos que dan cuenta de un orden determinado pertenezcan a otro orden de realidad que los que dan cuenta de la experiencia personal del la libre voluntad y del arrepentimiento, y no sea adecuado mezclarlos sin cautela. Pero vivimos en un mundo conformado por ideas y experiencias de todo orden, y de toda procedencia, y hoy más que nunca es posible renunciar a sentimientos y virtudes que no tienen ninguna validez en nuestro nuevo orden psíquico o moral. Y es, por tanto, factible y hasta necesario en ciertos casos no arrepentirse de nada. Ya quisiera el que habla asumir dicha actitud y expulsar de mi pasado la influencia nociva de la culpa. Pero no sería el mismo, y ¿quién estaría entonces escribiendo esta página? Nadie, probablemente, pues todo en esta vida es sueño, y los errores, errores son.