Izquierda, democracia y pueblo

drodrialbert

Hace poco más de un año, Izquierda Unida alcanzaba una intención máxima de voto del 15%. Algunos lanzaban las campanas al vuelo, olvidando dos cosas. Primero, que la situación de partida de ventaja del bipartidismo era abismal, por lo que la remontada también había de serlo. Segundo, que las siglas de IU en solitario estaban tocando techo, y la llamada refundación de la izquierda no podía realizarse en torno exclusivamente a las mismas. Desde luego, es fácil decirlo desde la perspectiva actual, pero el primer intento de derrotar a los partidos del régimen no pudo ir más allá.

El segundo intento lo está protagonizando Podemos. No sabemos hasta dónde puede llegar, pero en intención de voto ha llegado alcanzar hasta más o menos el 25%. Lo más preocupante en estos momentos es que no parece que la tendencia del  crecimiento esté asegurada, y los defensores del ‘status quo’ están lanzando un nuevo proyecto para alimentar la defensa del régimen del 78. Se trata de Ciudadanos. Si en lugar de existir dos grandes partidos, la cifra se eleva a cuatro, al establisment le basta con tener tres de ellos en el bolsillo para emprender una refundación cosmética que no suponga ninguna transformación de fondo.

La cuestión es cómo se puede conseguir un auténtico cambio, una ruptura con el régimen del 78 que inicie un proceso constituyente sobre bases totalmente nuevas. Desde mi punto de vista, Podemos debe ser parte de esta solución, pero no debería cometer el error de pensar que todo puede articularse de nuevo únicamente en torno a sus siglas. Ese error ya lo ha cometido Izquierda Unida. Y es que es una obsesión recurrente de las fuerzas transformadoras el tratar de convertirse en el gran referente a partir del que todos los demás orbiten como si fueran satélites de segunda clase.

Mucho estamos leyendo, y muy interesante, sobre rupturas y procesos constituyentes. No estoy en condiciones de aportar nada sustancialmente nuevo sobre estos asuntos, pero me gustaría destacar algunos elementos que me parecen indispensables para el cambio, ya que aprecio que en algunos entornos existe una cierta tendencia a olvidarlos. Quiero destacar tres, que dan título al artículo: izquierda, democracia y pueblo.

El cambio debe realizarse desde la Izquierda, pues hablamos de cuestionar el actual desorden económico y político, de transformar la sociedad y de respetar los derechos humanos y sociales del conjunto de la ciudadanía. En momentos de crisis tan profunda como la que estamos sufriendo, gran parte del pueblo puede ver esto como algo de sentido común, pero esto no puede ni debe estar reñido con el concepto ‘Izquierda’. Más bien son conceptos que se complementan. Tengo mis dudas acerca de si Podemos acaba de acertar en torno al discurso sobre esta cuestión, pero las propuestas que esta fuerza política está planteando son en su gran mayoría de izquierdas. Por eso personas como Julio Anguita, tan consecuente con el hecho de debatir en torno al programa, sostienen que la gente de IU debe ver a Podemos y otras fuerzas políticas como ‘de los nuestros’.

El cambio ha de defender una auténtica democracia. Otro debate que ocupa libros enteros. Unos dicen que la democracia no debería llevar apellidos, otros sostienen que es una cuestión de grado. Unos destacan que estamos mucho mejor que durante el franquismo, otros niegan que capitalismo y democracia sean compatibles. Más allá de estas cuestiones, que sin duda son importantes, creo que estamos en condiciones de afirmar que estamos lejos de disfrutar de un sistema que pueda ser llamado democrático. Y no hablo sólo de sentencias judiciales como la salvajada del Supremo en el caso de las protestas frente al Parlament de Catalunya, sino del hecho de que la desigualdad actual es incompatible con un concepto mínimo de democracia, como también lo es la negación sistemática de los derechos sociales a gran parte de la población. La superación del franquismo supuso avances innegables derivados de la lucha de mucha gente que se dejó hasta la vida en ello, pero el régimen del 78 no ha estado para nada a la altura de la dignidad que merece la palabra democracia.

Finalmente, no hay cambio sin el pueblo. Parece obvio, pero cuando se habla de la ‘gente’ en sentido amplio o de que ‘somos el 99%’, tal vez olvidamos que de momento una mayoría de personas dan apoyo explícito a las fuerzas políticas que defienden el sistema actual. Esto genera unas contradicciones que son enormes pero que deben afrontarse si se quiere generar la suficiente conciencia social para transformar algo. No estoy en disposición de desarrollar aquí este punto, pero está claro que el pueblo no es un todo uniforme. Y también está claro que en situaciones de manipulación, resignación o miedo un pueblo no puede ser libre. Afrontar este debate es algo tremendo, pero si de verdad queremos hablar de ruptura, de proceso constituyente, de cambio o de democracia, negar la cuestión no será de ninguna utilidad. 

He intentado en este artículo clarificar algunos aspectos sobre el cambio, aunque por otro lado he planteado bastantes más interrogantes que respuestas. Me parece lógico, si tenemos presente la envergadura del proceso que algunos aspiramos a iniciar.