Iu es ei, iu es ei!

H2S3

El título podría referirse a la bronca provocada por el PP en la Conferencia de Presidentes autonómicos, en la que la escenografía a la “Pactos de la Moncloa” demostró ser infructuosa ante las órdenes de bloqueo de Génova. Y también a las perspectivas de empleo mundiales, una vez pase el efecto positivo de la adrenalina de liquidez en vena prescrita por el G20 para todas las economías avanzadas: ¡cada vez que inauguran una obra más de las que han tenido paralizado Madrid durante los últimos meses me vienen a la cabeza los obreros que se sumarán al paro ahora que se acaba el PlanE!

Pero no, voy a volver sobre un tema que ya salió a colación en este foro hace unos meses: los aeropuertos norteamericanos, aunque desde un ángulo diferente al de la arrogancia de los omnipotentes oficiales de inmigración que, hasta la fecha, siempre me han tratado como el europeo blanquito que soy, es decir, dejándome pasar con mero desdén.

Asumiendo que uno consigue cruzar la barrera y entrar en el imperio, lo que sigue es una experiencia a partes iguales surrealista y terriblemente ineficiente, especialmente si en los días sucesivos te toca coger varios vuelos internos como me sucedió a mí la semana pasada.

Por avatares del destino, llegué a USA desde Colombia, habiendo aterrizado previamente en Bogotá y luego en Barranquilla, cálida localidad del Caribe cuyo caos confirma que García Márquez no necesitó de gran imaginación para crear el denominado realismo mágico. Y aun con todo, la llegada a Miami es un salto hacia atrás considerable. Primero, el consabido control de pasaportes, en mi caso resuelto sin problemas.

Lo peor viene después, cuando uno tiene que recoger las maletas facturadas pese a que lo hayan sido hasta su destino final, en mi caso el aeropuerto de Laguardia, Nueva York. Piensas ingenuamente que habrá un pasillo específico para los viajeros en tránsito, pero antes de darte cuenta estás en el callejón de los taxis. Entonces, das media vuelta, localizas la señal de “connecting flights” y te sumerges en un largo pasillo, más bien en pasillos sucesivos interminables. En la segunda cinta transportadora te fijas en el cartel que indica que no se pueden meter los carros y te sales, pero a la quinta, que sigues recorriendo completamente en solitario, no puedes más y vuelves a entrar pese a la amenaza omnipresente de las cámaras de seguridad que te vigilan.

La aprensión se te pasa al cabo de quince minutos porque es evidente que al igual que no hay nadie a quién preguntar sobre lo correcto de tu dirección, no habrá nadie que te llame la atención. Pero es reemplazada por una inquietud creciente: tenías dos horas para la conexión pero quién sabe lo que te espera, de momento a cada giro del pasillo le sucede otra larga cinta deslizante.

Finalmente llegas a un ascensor, desciendes, y cuando se abre la puerta respiras algo más tranquilo: hay gente y de nuevo algo parecido a un aeropuerto, con ventanillas de facturación y todo. Te lanzas en pos de la tuya, en mi caso D49, y compruebas alborozado que hay un señor de uniforme detrás de ella, ocioso por más señas. Le pregunté en correcto inglés si estaba abierto y me respondió que sí, pero señalándome que no había hecho la cola. Avergonzado le pedí perdón y miré hacia atrás para localizar dónde me tenía que situar, pero al no ver a nadie le volví a preguntar. Me señaló una posición tres metros detrás de mí, flanqueada por bandas elásticas sujetas. Cuando le repliqué que no había nadie se limitó a mostrarme que tenía que volver sobre mis pasos y entrar por el camino señalado, pese a estar completamente desierto.

Mientras recorría los 25 metros cargado con mis maletas no pude evitar recordar una escena parecida de la película “Meet the parents”, “Los padres de ella” creo que se tituló en España. Al llegar a mi posición correcta le volví a preguntar si estaba abierto y con una sonrisa me respondió que me acercara, cogiendo mi pasaporte y billete y procediendo a hacerse cargo de mi maleta. No le pusieron ninguna etiqueta adicional porque efectivamente ya estaba facturada hasta Laguardia: simplemente tuve que cargar con ella para evitarse –o porque no son capaces- transportarla de un vuelo a otro.

El tiempo se me echaba encima y no tuve posibilidad de reflexionar demasiado antes de abordar el control de seguridad. Un primer oficial de seguridad me pidió la tarjeta de embarque y el pasaporte y, con ambos en la mano, me miró fijamente. Cuando comprobó que mi cara correspondía a la foto y el nombre al de la tarjeta de embarque, hizo una raya en esta última con un rotulador rojo de los de “toute la vie”. Mientras me despojaba de todas mis pertenencias para pasar por el arco de metales, traté de encontrar justificación a la rotulación: si el tipo te deja pasar es que los datos coinciden y si no coinciden no te deja y punto. Todas las veces que fui rotulado, siempre en luminoso rojo, la identidad entre mi pasaporte y tarjeta de embarque sólo fue controlada una vez más por las azafatas de vuelo, justo antes de subir al avión, como en Europa. Me quedó la duda: ¿qué harían si la identidad coincide pero no vas rotulado? ¿Serían capaces de impedirte el abordaje? Es posible porque  la azafata no te mira a la cara. En el mejor de los casos, dos personas para una misma función. En el peor, un control absolutamente innecesario y completamente rudimentario.

Ya iba fatal de tiempo por lo que, a la carrera, tuve que desandar los varios kilómetros recorridos por los pasillos del piso de arriba. Pese a la prisa, me fui fijando en que había varias escaleras que conectaban con el pasillo superior, todas selladas. Es decir, en otra época no muy lejana, me habría ahorrado un largo paseo ansioso. Cabría argüir que el 11S hizo necesario incrementar la seguridad, pero ¿no sería más fácil poner el torno de salida de la zona de seguridad un poco más lejos y permitir que los viajeros de llegada prosiguieran hasta su puerta de salida? Sí, pero ello requeriría organizar el transporte de maletas, algo que se hace con regularidad en Murcia, Heathrow o Colonia, pero que aparentemente no son capaces de hacer en EEUU.

Llegué finalmente a mi “gate” justo cuando empezaba el embarque, pero mientras hacía la cola empezó a llover y se vio un relámpago a lo lejos. El embarque siguió unos minutos más hasta que decidieron paralizarlo. El azafato explicó por micro que los cargadores de maletas tenían derecho a parar para no correr peligro de ser alcanzados por un rayo. Una masa de viajeros ya embarcados empezó a salir de nuevo, todos con tarjetas rotuladas en rojo, supongo, y luchamos a brazo partido por las pocas sillas libres.

Una hora estuvimos así, yo con la vista fija en el cielo a ver si era capaz de ver otro relámpago que justificara la demora. La ira me empujaba a levantarme para protestar aun a costa de perder mi privilegiado sitio, cuando el azafato volvió a anunciar que el generador eléctrico del avión no funcionaba y que tendríamos que esperar una hora más a que pudieran traer otro de la terminal C: no me extrañó nada, especialmente si tenían que traerlo por el larguísimo pasillo recorrido por mí.

En fin, llegué a Laguardia mucho más tarde de lo previsto. De hecho aterricé media hora después del comienzo del concierto de música en el que tenía que hacer acto de presencia. Con un poco de suerte llegaría al entreacto, pensé, ingenuo de mí. Pero no. Tardé bastante en encontrar la recogida de maletas. Les juro que no soy idiota, todos estábamos confusos y no había enteradillo a quién seguir. Tampoco pasaba nada por tardar porque nos tiramos unos tres cuartos de hora hasta que nuestro equipaje empezó a ser vomitado por las cintas trasportadoras. Así pues, tuve tiempo de comprobar que no había ninguna barrera entre la zona donde me encontraba y la calle. Le pregunté a un tipo de uniforme si controlaban los recibos de embarque para verificar que los que salían con maletas se llevaban las suyas: así lo hacen en la supuestamente subdesarrollada Barranquilla. Me dijo que en absoluto y me señaló un cartel donde indicaba que uno debía cerciorarse de que la maleta recogida era en efecto la suya y se subrayaba que había muchas maletas parecidas. Le repliqué que lo que me preocupaba era que pudiera entrar alguien de la calle y llevarse mi maleta. Me miró atónito y me dijo que tenían cámaras de seguridad. Le dije que en todo caso podrían identificar al ladrón pero no impedir que se llevara mi maleta, pero no pareció impresionarle: sería mucho riesgo para el ladrón. Pensé en qué harían si al ladrón le daba por cubrirse el rostro con una bufanda pero lo dejé por imposible. En todo caso, quedó claro que la seguridad no es lo que prima. Y desde luego tampoco la eficiencia: no llegué ni a la copa post concierto.

Dos días más tarde salí del aeropuerto Kennedy hacia el National de Washington. El taxi te deja en la acera, como en Europa, pero allí te encuentras una fila, en el exterior, y unos mozos que pesan y facturan las maletas. Había nevado ligeramente la noche previa y hacía un frío del carajo por lo que se me helaron los huesos mientras esperaba al aire libre. Cuando me tocó el turno, el mozo me indicó que tendría que pagar un cargo de 50 dólares por sobrepeso, de la maleta, aclaro, y que tenía que pasar a los mostradores de facturación del interior. Maldije en arameo y volví a ponerme a la fila. Se me echaba el tiempo encima y traté de abordar a una señora de uniforme con pinta de controlar la situación. Pero una futura viajera se indispuso y empezó a vomitar dos mostradores más allá. Fue una auténtica revolución. La señora de uniforme se lanzó hacia ella, flanqueada por dos guardias de seguridad. Al poco, llegaron dos uniformados más con una silla de ruedas desde la que la oronda señora pudo seguir vomitando sin que a nadie se le ocurriera llevarla a otro lugar.

El tiempo pasaba y mi cola no avanzaba. Cuando llegué por fin al mostrador, una amable señorita me advirtió de que mi vuelo se había cerrado hacía cinco minutos. Le pedí por favor que hiciera una excepción atendiendo a la más de media hora que llevaba en aquel caos, pero me señaló a las varias personas que explicaban casos similares a mi alrededor y me ofreció meterme en el vuelo siguiente sin cargo o, la opción venía acompañada de un gesto inequívoco de “se la juega”, reclamar en el mostrador de venta de billetes. Acepté pensando que el retraso sería similar al de perder el puente aéreo Madrid-Barcelona; al fin y al cabo estábamos hablando de Nueva York y Washington.

Me equivocaba. Eran las 9:35 y el siguiente era a las 14:00h. Me retiré compungido y rápidamente volví sobre mis pasos: me iría a la estación de tren, cambiaría de compañía, lo que fuera, todo menos volver a llegar tarde a parte de mis citas. Evité a las tres personas que ya estaban batallando su caso y le pedí a la buena señora que me devolviera mi maleta pero, oh, lo siento, ya se la ha llevado la cinta transportadora…

A las 13:25h, hora señalada para el embarque, anunciaron que nuestro avión estaba todavía en Boston, esperando a poder despegar por la nieve. Las inclemencias del tiempo son imprevisibles y pueden fastidiarte el día también en Europa, pero no pude dejar de acordarme del relámpago aquel: ¿no me estaría reteniendo la amenaza de un copo aislado para los mozos de maletas? Despegamos a las cinco en punto de la tarde y dando gracias al cielo porque los del vuelo de al lado tenían un futuro muy negro: qué habrá sido de ellos…

El National de Washington es mucho más pequeño y agradable. La recogida de maletas también está a pie de calle pero oigan, uno se va acostumbrando a todo, así que salí a fumar un cigarro a sabiendas de que mi querida maleta me esperaría: o bien saldría después de mi vuelta gracias a la ineficacia sobre su gestión, o bien estaría tranquilamente en la cinta protegida de propios –por la advertencia sobre el parecido de los equipajes, también aquí omnipresente- y extraños –por las cámaras de seguridad. Encendí mi cigarro en la acera exterior y rápidamente fui reprendido por un guardia que me señaló que debía cruzar al otro lado de la calle para poder fumar. Es la primera vez que veía una acera de no fumadores y otra de fumadores, esta última también adyacente a un edificio, para más curiosidad.

Tuve que volver al National dos días más tarde. De nuevo un mostrador de facturación exterior y gélido. Lo desdeñé con convicción y proseguí buscando el confort interior. Pero no había: la facturación era exclusivamente fuera. Volví a congelarme. Afortunadamente no me pidieron que pagara por los kilos extra y eso que había metido varios libros adicionales. A continuación una larga cola para el control de seguridad, con la consabida mirada inquisitiva y el confortante rotulador rojo. Esta vez no padecí retrasos y llegué a tiempo a… sí, lo han adivinado, a Miami. Mi pavor era infundado: si no tienes que coger un “connecting flight” la llegada es mucho más normal, especialmente si ya descartas que tu maleta salga pronto. Aún así, volví a pasarlo mal dos días más tarde cuando volví para regresar a España. Llegué con tres horas de antelación: nada ni nadie podría impedir mi retorno. Y lo conseguí, el domingo por la mañana aterricé en la T4 sin incidencias.

Qué gozada, los pasillos otrora largos se me antojaron cortísimos, especialmente porque podía ver su final desde el principio. El control de pasaportes fue ordenado y rápido, con policías sentados en cabinas, educados y eficientes, capaces de recabar toda la información necesaria con un mero vistazo al pasaporte, el mío y el de los norteamericanos que me precedieron. Cuando llegué a la recogida de equipajes me desvié un momento al baño y, oh sorpresa, tres minutos más tarde mi maleta daba vueltas. En honor de la verdad, tengo que admitir que no ví ningún relámpago… Nadie la cogió por error pese a la ausencia de advertencias y nadie podía robarla porque seguíamos en la zona restringida. Al salir, unas latinas bien entrenadas para un trabajo poco cualificado cual es el de ordenar la toma de taxis, gestionaron bien la cola y en media hora estaba en casa, agotado pero encantado de estar de vuelta en la vieja Europa y en la atrasada España.

Decidí no acostarme según prescriben las mejores fórmulas para combatir el jet lag y tras deshacer mi amada maleta –ahora estamos muy unidos, espero que lo comprendan- empecé a leer la prensa. El PP seguía bramando, el Gobierno respondía torpemente, Laporta decía que a Cataluña la estaban matando… en fin, the usual que dicen por aquellos lares. Como también las malas noticias sobre la guerra de Afganistán. Pero ¿cómo narices van a poder dirigirla bien si no son capaces de gestionar los aeropuertos? ¿Se imaginan las peripecias que debe pasar un misil para ser transportado de USA a Kabul? No es coña, ¿recuerdan que hace no demasiado tiempo se formó un escándalo porque un avión cargado de bombas atómicas sobrevoló EEUU sin conocimiento sobre su carga? En fin, Central Park sigue siendo precioso y Washington es una ciudad muy agradable, pero piénsenselo dos veces antes de lanzarse a un viaje de compras navideñas en USA para aprovechar el dólar barato. Quedan avisados.