Israel ante la “revolución árabe”

Antesala

La ola de revueltas en el mundo árabe que ha dado lugar a la caída de Ben Ali, en Túnez, y de Mubarak, en Egipto, ha desatado unos niveles de euforia similares a los que concitó la caída del muro de Berlín. Hay buenas razones para confiar en que el derrocamiento de estos caudillos dará lugar a una paulatina democratización en las regiones de Oriente Medio y norte de África, ya sea por la vía de la caída de otros sátrapas, o bien por la apertura a la que se verán forzados otros regímenes por el temor al contagio de las movilizaciones a sus territorios.

Se han escuchado algunas voces que recuerdan la teoría de la “paz democrática” que, simplificando, postula que es muy improbable que dos democracias entren en guerra. Según sus defensores, esta ola de democratización en el norte de África debería dar lugar a una reducción de la tensión bélica en la zona. Otras opiniones, manifestadas principalmente desde prestigiosas tribunas de Estados Unidos, apuntan a que el crecimiento económico y la extensión del bienestar a las clases más desfavorecidas que seguirá al establecimiento de gobiernos elegidos por el pueblo dará lugar a una reducción de la beligerancia en la región. No obstante, este optimismo desaforado no ha calado en la sociedad israelí, que se ha manifestado cautelosa desde el inicio de las revueltas, ante la incertidumbre que lleva asociado el cambio de los regímenes de su entorno.

Sin perjuicio del entusiasmo suscitado por las movilizaciones de tantos ciudadanos oprimidos por las dictaduras árabes, pueden establecerse dudas razonables sobre el advenimiento de democracias como consecuencia de la caída de los dictadores, al menos de forma inmediata. La modélica transición egipcia ya se ha visto salpicada por acciones terroristas, mientras que en Túnez sigue sin vislumbrarse el tipo de estructura política que se avecina. La situación en Libia tampoco presagia un aterrizaje suave hacia la sustitución de Gaddafi por un presidente electo.

Por otra parte, tampoco parece que haya razones para confiar en que la democratización de los países árabes vaya a dar lugar necesariamente al mayor crecimiento de sus economías y a la mejora de las condiciones de vida de sus ciudadanos. El desarrollo económico y el reparto de sus réditos entre la población dependerá en buena medida de cómo se orqueste la transición y del tipo de instituciones que se consoliden. El éxito de un modelo que permita el desarrollo sostenible de estas economías depende, en buena parte, de que las camarillas que están tratando de dirigir la transición no acaben por apropiarse para su propio beneficio de las parcelas que acaban de dejar los tiranos.

Con independencia del resultado al que darán lugar estos procesos a largo plazo, la sociedad israelí tiene razones fundadas para dudar de la transformación repentina de estas autarquías en democracias con las que sea más fácil establecer relaciones pacíficas. Los regímenes en transición son más proclives a la germinación del terrorismo, que encontraría más dificultades para brotar en una sociedad democrática y próspera, así como en una dictadura represiva con un férreo control de la sociedad civil. Por lo pronto, ya se han manifestado en Egipto los primeros conatos de un resurgimiento de grupos terroristas que tienen a Israel en su punto de mira. La primera muestra ha sido el sabotaje del gasoducto egipcio que suministra gas a Israel. Por otra parte, informes de la inteligencia israelí han llevado al gobierno de Netanyahu a advertir a sus ciudadanos sobre los riesgos de atentados en los centros hoteleros del mar Rojo egipcio.

Asimismo, es muy probable que el descontento de una mayoría de la población egipcia con las relaciones de su país con Israel a raíz del armisticio de 1979 se canalice en una presión creciente al gobierno entrante para que modifique su política en relación con el estado hebreo. Y cuanto más se parezca el nuevo régimen a una democracia al uso, más sensible será su gobierno a la posición de la población al respecto.

Las fuerzas armadas israelíes se han apresurado a incorporar en sus planes las posibles consecuencias que el cambio de régimen en Egipto podría tener sobre la seguridad del Estado de Israel. Existen temores fundados a que un gobierno egipcio salido de las urnas decida incrementar la presencia de efectivos militares en el área desmilitarizada de la península del Sinaí, así como reducir su control sobre el comercio de armas en su frontera con la franja de Gaza. Y también se están barajando escenarios en los que el conflicto se extienda a las calles de Ramallah o de Ammán, con imprevisibles consecuencias para la estabilidad de la zona.

En todo caso, las movilizaciones en el mundo árabe han desatado las alarmas en la opinión pública de Israel, que ya ha comenzado a reconsiderar su valoración sobre los tratados de paz con los países vecinos. Es previsible que esta oleada de cambios refuerce el apoyo de la sociedad israelí a posiciones menos proclives a la negociación de acuerdos con los países árabes del entorno, cuya inestabilidad potencial se presenta como una amenaza a la seguridad del país. No es de extrañar, por tanto, que Israel no haya celebrado la “revolución árabe” con el mismo entusiasmo que el resto del mundo occidental.