¿Islam nocivo?

LBNL

El martes tuve ocasión de participar en una comida con el Secretario General de la Conferencia para la Cooperación Islámica, el turco Ekmeleddin Ihsanoglu, que la ha venido dirigiendo durante los últimos ocho años y termina mandato a finales del presente. Muchos de ustedes no habrán oído en su vida hablar de esta organización internacional, ni siquiera por su antiguo nombre, que desde su fundación en 1969 hasta 2011, era el de Organización de la Conferencia Islámica. No me extraña puesto que por más que la CCI cuente con más de una cincuentena de Estados Miembros, es una entidad muy poco operativa y menos eficaz.

Y sin embargo, al menos su Secretario General es un tipo muy agradable, de gran valía intelectual y todavía más sentido común, como demostró en sus respuestas a los diversos asuntos –algunos espinosos- que se le plantearon. Valga la siguiente muestra.

De manera general, lamentó la nociva utilización del Islam por parte de los más variopintos movimientos extremistas que lo esgrimen como banderín de enganche para sus reivindicaciones políticas y territoriales, con independencia de su legitimidad. En este sentido, se mostró bastante pesimista de cara al futuro a corto y medio plazo, en particular respecto de África donde el integrismo islámico ya es causa de graves problemas en el Sahel y países colindantes (por ejemplo Nigeria). Las fronteras post coloniales trazadas arbitrariamente sobre realidades étnicas y confesionales muy plurales son proclives al conflicto y algunas decisiones recientes, como la aceptación internacional de la secesión de Sudan del Sur en función de su etnicidad no árabe y no musulmana, iban a seguir animando a la toma de las armas por parte de aquellos que no se sienten apropiadamente representados en las deficientes estructuras estatales. Un ejemplo claro serían los tuaregs de Mali.

Con respecto a Siria, abundó en la historia del país (él es historiador) para rechazar el carácter sectario del conflicto actual, por más que Irán y otros se empeñen en promover una batalla entre sunitas y chiítas. La complejidad étnica y confesional de Siria es mucho mayor y el principal problema no es religioso o étnico sino político, como también lo es el conflicto soterrado entre Arabia Saudí y las demás monarquías árabes del Golfo, de una parte, y la teocracia revolucionaria (valga la contradicción) persa. En el mismo sentido, descartó que en el supuesto, poco probable a corto plazo, de que la rebelión consiga derrocar al régimen de Asad, hubiera peligro de que el país pudiera caer en manos de yihadistas mesiánicos. De nuevo, el conflicto es por el control del territorio, sus recursos y las decisiones, entre diferentes grupos poblacionales sirios. Los yihadistas vienen de fuera y, como en otros ejemplos no tan lejanos (Bosnia, Libia), son los líderes locales los que ponen coto a su influencia. Lo cual no es incompatible con el mantenimiento del caos, dominado por milicias provinciales más o menos violentas, pero no sometidas a un programa de recrear el califato o la Umma islámica.

Preguntado sobre la situación de los derechos humanos en los países miembros de la CCI, admitió que si bien durante su mandato había conseguido que avanzaran mucho en la suscripción de los tratados internacionales relevantes, no tanto así respecto de su puesta en práctica. Era un proceso lento que llevaría bastante tiempo, más o menos dependiendo de las posibilidades de desarrollo económico y social que cada país vaya encontrando.

En cuanto a la situación de los derechos de las mujeres, señaló que cuando llegó al cargo, la Secretaría General de la organización no podía emplearlas, algo que cambió inmediatamente y con éxito, lo cual no era óbice para que la situación en general requiriera de muchísimos esfuerzos para llegar siquiera a ser aceptable.

Finalmente, preguntado por el islam en Europa, recordó que antes de la segunda guerra mundial, nuestro continente se definía como cristiano, de raíces culturales y sociales cristianas. Tras la guerra y a resultas particularmente del Holocausto, Europa había incorporado la tradición judía a su narrativa, lo cual era muy acertado porque la cultura judía era parte de Europa. Como también lo es la musulmana, tanto por su presencia durante siglos en España como por la influencia turca en los Balcanes. Europa bebe también del Islam, no tanto por los varios millones de turcos trabajando en Alemania o los millones de magrebíes en Francia, sino por su propia historia. Con este trasfondo, le parecía un error que Europa dejara de lado su herencia islámica, tremendamente rica (¿quién se ocupó de recuperar la filosofía griega?), y viera una amenaza en la religión de sus vecinos. La verdadera amenaza viene por el subdesarrollo y la inestabilidad inherente al mismo que caracteriza a todo el Norte de África, que no es causa ni consecuencia de su religión mayoritaria como demuestra, por ejemplo, el vibrante crecimiento económico que está experimentando Indonesia, en modo alguno impedido o limitado por su credo mayoritario.

La respuesta sobre Europa vino a cuenta de una pregunta sobre su opinión al respecto del intento de construir una mezquita inmensa en un país europeo en el que apenas hay musulmanes, proyecto financiado por dinero proveniente del Golfo. El Secretario General respondió que no conocía el caso pero que asumiendo la exactitud de los datos, lo correcto sería apoyar a la comunidad islámica de dicho país para que pudiera contar con una mezquita propia y en condiciones de independencia frente a los donantes extranjeros, ajenos a su tradición religiosa local, mucho más compatible seguramente con el modelo socio-político imperante en dicho país.

En otras palabras, la manera más eficaz de protegerse frente a las posibles injerencias integristas islámicas provenientes de otros confines, no es cerrarse en banda y ponerle trabas al Islam sino embarcarse en un proceso de dialogo inclusivo con la comunidad musulmana local para asegurarse de que tiene lo mínimo necesario como para no echarse en brazos de los donantes extranjeros, algo que sin duda preferirá evitar porque los propios musulmanes son muy conscientes de la sumisión que conlleva.

En suma, nada nuevo bajo el sol. Ahora bien, es reconfortante que ante tanta opinión simplona que afirma como dogma de fe la supuesta incompatibilidad entre Islam y democracia o la supuesta tendencia a la violencia de aquél, un señor muy leído y muy viajado que además lleva ocho años impulsando en el mundo musulmán una visión moderna y abierta del Islam, destile tanto sentido común.