Irán, ¿esta vez sí?

LBNL

Mojémonos. Esta vez seguramente sí. Esta vez me parece bastante probable que dentro de algunos meses, después de algunos vaivenes, la comunidad internacional cierre un acuerdo diplomático con Irán que ponga fin a la crisis iniciada con el descubrimiento de su programa nuclear clandestino allá por 2002. Es un pronóstico muy arriesgado pero basado en razones objetivas y a sabiendas de que son muchos los interesados en que no se llegue a tal acuerdo.

Desde hace más de una década, las facciones más conservadoras y fanáticas de la teocracia iraní, de una parte, y la derecha más recalcitrante israelí, con la complicidad activa de los neocons y cristianos evangélicos estadounidenses, han conseguido al alimón hacer descarrilar las varias tentativas diplomáticas que estuvieron cerca de desactivar un peligroso foco de inestabilidad mundial. Baste recordar que por la costa de Irán, a través del Golfo, transita un alto porcentaje del petróleo que consumimos cada día.

La preocupación internacional venía de antes. Israel y EE.UU. ya se mostraban inquietos durante los años 90 respecto a los planes rusos de finalizar el proyecto de construcción de la central nuclear de Busher, empezado por Francia y Alemania en tiempos del Sha. Así, el vicepresidente Gore y el Primer Ministro ruso Chernomirdin mantuvieron una línea de diálogo específica. La amenaza se intensificó sobremanera cuando la guerrilla comunista iraní Muyaidines del Pueblo (conocida como MEK) reveló la existencia de instalaciones nucleares clandestinas (se sospecha que fue EE.UU. quien le filtró la información y no al revés como el MEK arguye), en violación del Tratado de No Proliferación Nuclear suscrito por Irán y que obliga a transparencia máxima en todo lo relacionado con la energía nuclear.

Irán afirmó el carácter civil de su programa argumentando que necesitaba dedicar todo su petróleo a las exportaciones por lo que necesitaba una fuente de energía alternativa, la nuclear, para lo cual tenía que investigar. La clandestinidad se debía a la animadversión de la entidad sionista y el satán norteamericano, que seguía sometiéndole a sanciones unilaterales desde la crisis de los rehenes. Irán era miembro del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y la Organización Internacional para la Energía Atómica (OIEA) podía inspeccionar las instalaciones. Por tanto, no había nada de qué preocuparse.

Las explicaciones no tuvieron demasiado eco. Entre otras cosas porque el programa nuclear incluía algunos elementos que no tienen uso civil y que se estaban desarrollando sobre la base de planos proporcionados desde Pakistán… Recordemos además el contexto. EE.UU. había invadido Afganistán tras el 11-S, estaba preparando la invasión de Iraq (ambos vecinos de Irán) y el Presidente W. Bush declaraba a Irán parte del eje del mal. Con ese trasfondo, Irán aceptó entablar negociaciones con la Unión Europea –o más bien los Ministros de Exteriores de los tres grandes (Reino Unido, Francia y Alemania) junto al Alto Representante para la Política Exterior de la Unión (a la sazón Javier Solana). Los negociadores iraníes se mostraron hábiles, sofisticados, con miles de años de cultura del bazar a cuestas. En privado, explicaron que ni ellos ni su Presidente, el reformista Jatamí, estaban al corriente de las instalaciones clandestinas, controladas por los poderosos Pasdarán, los denominados Guardianes de la Revolución. Ellos querían salir del ostracismo internacional al que les tenía sometidos EE.UU. Un pacto interesaba a ambas partes. Los europeos exigieron que Irán detuviera todas las actividades de enriquecimiento de uranio y firmara el protocolo adicional del TNP. Irán aceptó a cambio de que Europa aceptara negociar y concluir un tratado de cooperación y comercio en el plazo de seis meses. Irán aceptó también abrir un diálogo sobre Derechos Humanos y el Líder Supremo Jamenei emitió una fatwa (como aquella de Jomeini que condenaba a muerte a Salman Rushdie) dictando que el arma nuclear es contraria al Islám. Todos contentos.

Irán firmó el protocolo y las negociaciones comenzaron. Pero tocaban elecciones legislativas y, como es sabido, en Irán los candidatos tienen que pasar un filtro y contar con el visto bueno de un consejo de clérigos que, en esta ocasión como en las anteriores y posteriores, dejó a muchos de ellos fuera. Europa se llevó las manos a la cabeza ante tamaño atentado a la democracia. Y suspendió las negociaciones pensando que con ello contribuiría a reforzar al moderado Jatamí. En Irán no daban crédito, empezando por Jatamí y los suyos. Sus negociadores habían vendido la suspensión del enriquecimiento como un mal necesario a cambio de un compromiso inequívoco de sacarles del aislamiento y convertirse en un socio económico y comercial de primer orden de Europa. Perdieron la cara. Los duros tampoco entendieron bien la incoherencia europea: acaso no sabían que así eran las cosas en el régimen revolucionario islámico y así seguirían siéndolo? No cabía otra interpretación que la de confirmar su sospecha de que Occidente, de la mano de la pérfida Albión de tan infausto recuerdo por esos lares y de los que estaban dispuestos a construirle una central nuclear al Sha pero no al Irán revolucionario, les había vuelto a timar. Al mal tiempo buena cara; al menos así podían desembarazarse de los reformistas.

Al cabo de los seis meses Irán reanudó el enriquecimiento de uranio y anunció que no ratificaría el protocolo adicional del TNP, que es el que otorga a la OIEA poderes de supervisión mucho más intrusivos. La comunidad internacional se pasó un par de años viendo qué hacer mientras el programa nuclear iraní progresaba lentamente. Pocas semanas antes de que expirara el segundo mandato de Jatamí (que por tanto no podía volver a presentarse), Javier Solana presentó una nueva oferta en nombre del denominado EU3+3 (los anteriores más Rusia, China y EE.UU.). Les dio de plazo hasta el 1 de agosto de aquel año, 2005. El 4 de agosto tomaba posesión como Presidente el infausto Ajmadineyad, tras ganar sorpresivamente las elecciones presidenciales (no era el preferido del líder pero sí el de los Pasdarán). Irán contestó que no podía contestar dentro del plazo. La comunidad internacional se mostó inflexible… y se quedó sin contestación.

Irán siguió enriqueciendo uranio, cada vez más profesionalmente, con más centrifugadoras que funcionaban cada vez mejor (el proceso es muy complejo, con cascadas de miles de centrifugadoras funcionando al unísono) mientras Ajmadineyad soltaba diatribas a diestro y siniestro, negando el holocausto, que en Irán hubiera homosexuales, etc. En vista de lo cual, Rusia y China se avinieron a aprobar una primera ronda de sanciones en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En realidad Irán no se negaba a negociar pero sí a suspender el enriquecimiento de uranio. Decía que nunca lo haría pero añadiendo que en todo caso quería ver primero qué se le ofrecía a cambio. La comunidad internacional, por el contrario, insistía en que primero cumpliera con las exigencias del Consejo de Seguridad y luego se podría hablar de todo.

Pasaron los años, entre visitas de los inspectores de la AIEA, amenazas iraníes periódicas de abandonar el TNP, rondas negociadoras infructuosas y amenazas israelíes y estadounidenses de recurrir a la fuerza para evitar que Irán alcanzara la bomba. En enero de 2009 Obama llegó a la presidencia con voluntad de sacar a su ejército de Afganistán e Iraq. Poco tiempo después se descubrió una nueva instalación nuclear clandestina iraní, la de Fordo, en una antigua base de los Pasdarán. Irán arguyó que todavía estaba en plazo para declararla por ser nueva. La AIEA esgrimió que debía haberla declarado antes de empezar a construirla. Irán contestó que no podía hacer eso porque EE.UU. e Israel estaban constantemente amenazando con destruir militarmente sus instalaciones. Ese verano Ajmadineyad fue reelegido en unas elecciones muy polémicas que provocaron un conato de revolución civil que fue duramente reprimida. En medio del guirigay, Turquía y Brasil lanzaron una iniciativa mediadora, irritando a EE.UU. y la Unión Europea que no la habían solicitado. Parecía que iba a funcionar pero en el último momento, el Líder Supremo se echó para atrás, quizás porque los Pasdarán se negaron. A todo esto, Irán había pasado de enriquecer uranio al 5%, como hacía al principio, a hacerlo al 20%. Para ser usado militarmente el uranio debe estar enriquecido a cerca del 90%. Sin embargo, a medida que se domina el proceso de enriquecimiento, es cada vez más fácil alcanzar cotas más altas cada vez más rápido.

Las sanciones internacionales se endurecieron y EE.UU. y la UE adoptaron otras adicionales unilateralmente que abarcan el sistema financiero y han empezado a hacer mella en la economía iraní. Quizás por ello, en las elecciones presidenciales de este verano, el moderado Rohani se impuso en primera vuelta, en contra de lo deseado tanto por el Líder Supremo como por los Pasdarán.

Rohani es un hombre del régimen, antiguo discípulo de Jomeini, pero el régimen no es monolítico, como demuestra que otros hombres del régimen sigan en la cárcel por las protestas de 2009. Rohani es, además, el artífice del acuerdo de París de 2004. Jatamí le nombró negociador nuclear en otoño de 2003 y pocos meses después cerró el acuerdo con el EU3. Con esas credenciales, ganó las elecciones con una campaña centrada en mejorar la economía y mejorar la diplomacia iraní sobre el contencioso nuclear. El Guía Supremo ha respaldado su margen de maniobra. Cabe especular si lo ha hecho por no poder oponerse en vista de su arrolladora victoria electoral, porque teme que la revolución islámica esté en peligro si las sanciones siguen haciendo mella en la economía iraní o incluso porque él mismo quiere poner coto al creciente poder de los Pasdarán. Sea por lo que fuere, Rohani ha podido encargar el dossier nuclear al Ministerio de Exteriores, dirigido por el exquisito Zarif, que ha vivido largos años en EE.UU. primero como estudiante y luego como Embajador ante las Naciones Unidas. Durante la reciente semana de la Asamblea General, Rohani declaró que cree factible llegar a un acuerdo en seis o quizás nueve meses. En cambio, Zarif se ha ocupado de pedirle amablemente al EU3+3 una nueva oferta, un poco al estilo de borrón y cuenta nueva.

Las dificultades son muchas. Irán no va a aceptar suspender el enriquecimiento y todo lo más aceptará limitarlo por debajo del 20% y someterse a un régimen draconiano de supervisión por parte de la OIEA. El Consejo de Seguridad podría suspender las sanciones, como también la UE las adoptadas unilateralmente. Sin embargo, es muy posible que el Congreso norteamericano se niegue a suspender las suyas unilaterales, sobre todo porque, pase lo que pase, Netanyahu denunciará cualquier acuerdo como una rendición “estilo Munich” y seguirá advirtiendo, como cada año, que Irán está a poco más de un año de poder fabricar una bomba nuclear.

Pero la coyuntura es también mucho más favorable que en cualquier momento anterior. La cooperación de Irán es necesaria para poner fin a la sangría en Siria y para contribuir a que Afganistán, del que Occidente se está retirando a marchas forzadas, no se vuelva a descontrolar completamente. A Irán también le interesa sobremanera la estabilidad de sus dos vecinos, como también la de Iraq, en donde las milicias suníes vuelven a causar estragos. Y, sobre todo, Rohani sabe que tiene que conseguir resultados y sabe qué tiene que hacer para conseguirlos.

Así que sí, esta vez me atrevo a pensar que la cosa puede salir bien. Ya va siendo hora.