Intentando saltar el muro

Senyor_J

Pronto se cumplirán cuatro meses de la celebración de la consulta no vinculante sobre la independencia de Cataluña celebrada el pasado 9 de noviembre y a lo largo de los mismos hemos asistido a un tremendo desinflamiento de la hoja de ruta marcada desde el gobierno catalán para alcanzar ese nuevo estado que unos llaman Ítaca y otros escenario ilusorio. A la ambigua lectura que se desprendía de los resultados de participación en la misma, le siguió un litigio de dos meses entre CiU y ERC para establecer los siguientes pasos y el calendario de los mismos, lo que generó un gran desgaste mutuo e hizo bajar bastante las expectativas de creyentes y entusiastas que ya se veían viviendo en un nuevo país en poco tiempo. El acuerdo alcanzado por las dos formaciones, en el que ya no estaban fuerzas relevantes que habían acompañado la consulta casi hasta su fecha de celebración y del que era un secreto a voces que las dos principales fuerzas catalanas salían enfadadas y enfrentadas, se forjaba con una fecha entre las manos: el 27 de setiembre, momento en que en principio tendría lugar la celebración de unas nuevas elecciones catalanas.

Más allá de los desacuerdos que se relacionaban con la hoja de ruta, planeaba sobre tanta mala cara la decisión de ERC de apoyar las comparecencias de Artur Mas y la familia Pujol al completo frente a la comisión de investigación “sobre el fraude y la evasión fiscales y las prácticas de corrupción política”, la cuales han tenido lugar precisamente durante las últimas semanas en el Parlament. El primer invitado de los mencionados fue Artur Mas, quien al grito de “yo no sé nada” salió bastante bien librado ante la desgana de los interrogadores, pero el pasado 23 de febrero se convirtió en una jornada verdaderamente gloriosa. Ese día asistíamos a la que tal vez sea la última performance del viejo president Pujol ante los ilustres diputados, en la que no faltó ni la desvergüenza, ni una de esas expresiones suyas que sabrán  perdurar en el tiempo: diuen, diuen, diuen… Continuó la señora Ferrusola mejorando significativamente las expectativas previas, puesto que había asegurado que no iba a declarar: que si su primogénito compra Ferraris desguazados, que si sus hijos van con una mano delante y otra detrás, que si Cataluña no se merece todo esto, que si ella solo va a Andorra a esquiar… Y finalmente vinieron seis horas y media de comparecencia de Jordi Pujol hijo, quien se hizo pasar por un gran hombre de negocios, se declaró amiguito inevitable de Artur Mas y demostró tener muy bien preparada su estrategia de defensa, aunque no por temor a la presión de los diputados, que tampoco es gran cosa, sino por todo lo que le pueda venir por vía judicial. Tras esta maratoniana jornada, prosiguió el desfile pujolista el pasado lunes con Oriol Pujol, el hombre de las ITV, como plato fuerte.

Esa hoguera de las vanidades parlamentaria donde se está consumiendo la imagen de la familia Pujol está siendo bastante letal, en la medida que hace cada vez menos posible el seguir señalando a la zona de la meseta como única responsable de las miserias catalanas. Y es que cuanta más gente desfila por ahí, más miserables parecen haber. Pero no son estas las únicas malas noticias de estos días. La semana pasada se daba a conocer también el freno puesto por parte del Consell de Garanties Estatutaries a algunas enmiendas presupuestarias catalanas mediante las que se perseguía impulsar la creación de las denominadas estructuras de estado, fruto también del mencionado acuerdo entre CiU y ERC. Concretamente, las destinadas a un proyecto de ley tributaria que otorgaría la potestad de recaudar todos los impuestos soportados en Cataluña (por si hay que quedárselos de un día para otro), a la reforma de la ley de patrimonio para dividir activos y pasivos con el estado (por si hay que separarse, claro), al proyecto de modificación de la Ley de la Autoridad Catalana de la Competencia y al proyecto de ley orientado a la creación de un ente supervisor de la seguridad nuclear. Se trata en todos los casos de dotarse de atribuciones de las que el gobierno carece, cuya asunción no tiene acomodo posible ni desde una óptica constitucional, ni en el Estatut. Escasa suerte tuvo también la tentativa de despliegue de una ley de protección de infraestructuras críticas (por si hay que tomar el control de las mismas o algo así) y de alguna más gozó el proyecto de ley de creación de una agencia de la seguridad social, pero siempre y cuando no suponga la asunción de nuevas competencias.

Este conjunto de jarros de agua fría sobre disposiciones que perseguían dotar al Govern de instrumentos legales para ampliar sus competencias y transitar así desde la situación actual a la formación de un nuevo estado abunda en la estrategia ya fracasada previamente con la consulta del 9N de intentar encaramarse sobre el muro de la legislación española y catalana para vender avances exitosos del procés. Pero esta vez ya se han venido abajo sin necesidad de recurrir al implacable Tribunal Constitucional. Quizás, más que de jarros, deberíamos hablar de tiros en el pie y de que se ha entrado en una vía muerta de la que cuesta salir. El agotamiento de la vía “pseudolegalista” impulsada por CiU empieza a ser palpable.

Mientras la ruta soberanista se encuentra empantanada, se acerca el momento de transitar por otra ruta imposible de obviar, la del ciclo electoral. No llegan a ella en buena forma los dos grandes partidos soberanistas, más aun cuando las primeras encuestas auguran malos resultados para ERC en las municipales barcelonesas y condiciones para un posible cambio de gobierno en el ayuntamiento en el que no sería necesaria su presencia. Nadie duda, sin embargo, de que se preparan nuevas ofensivas en los cuarteles de la sociedad civil soberanista, pero la pérdida de entusiasmo que se viene acumulando, la presencia sobre el escenario de nuevos actores con ascendente social y nada contemporizadores con la ruta hacia las declaraciones unilaterales (Podemos) o el distanciamiento de antiguos aliados tácitos (ICV) pueden facilitar que al decaimiento escénico que afecta al gran teatro catalán también se sume un fracaso electoral con el que pocos contaban cuatro meses atrás.

De dicho decaimiento, no obstante, dependerá que se produzca un resultado para el que ya existían condiciones antes de la consulta: el fin del liderazgo de CiU en el proceso. Por confusión, incapacidad propia o falta de fuerza, la ERC que lideraba las encuestas no remató a CiU con  motivo de su negativa de seguir adelante con la consulta por la vía más legal posible, y tras el baño de masas mediático de Artur Mas del día de la consulta, con abrazo incluido de las CUP, ERC volvía a ser el actor secundario que  ha sido durante gran parte de los últimos años. Cuesta percibir si ERC sabrá reponerse pero, entretanto, justo en estos momentos asistimos a una clarificación de las posiciones de otras fuerzas respecto a su apuesta soberanista. En el caso de Podemos en Cataluña, defensa inequívoca del derecho a decidir validada mediante consulta a la ciudadanía, pero en el marco de un proceso amplio de carácter constituyente y en clara confrontación con CiU. Por su parte ICV ha plasmado durante el pasado fin de semana una formulación de corte confederal, en la que se decanta por avanzar hacia la plurinacionalidad y hacia el estado dentro del estado, mediante la redacción de una Constitución catalana, y sin descartar la separación ante una negativa del Estado español.

Está por ver qué relevancia tendrán estos posicionamientos y en qué medida podrían modificar la lógica de las alianzas que se han conocido en los últimos años, convertirse en una fuente de discontinuidades estratégicas o dar lugar a nuevas rutas soberanistas. La historia nos enseña que los partidos políticos catalanes, más allá de sus intenciones, tienen una tendencia casi magnética a acaba gravitando alrededor del debate soberanista y a perder la perspectiva cuando se dejan llevar por él. Es por ello que si los partidos catalanistas no son capaces de convertir a CiU en una organización más del sistema político, en lugar del partido dominante de la política catalana, será difícil abrir nuevas etapas y nuevos escenarios de debate y de actuación. Es, pues, el momento de ponerle punto y final a esta hegemonía convergent, que motivos y oportunidades hay de sobra para ello.