Integración

Lobisón

La semana pasada se presentaron los resultados de un estudio longitudinal sobre la segunda generación de inmigrantes en España. Lo de ‘longitudinal’ quiere decir que se ha hecho una encuesta a un grupo de inmigrantes de segunda generación, es decir, nacidos ya en España (a los que vinieron muy pequeños se les llama generación 1.5), a los que ya se había entrevistado hace cuatro años, y se trata de valorar su integración. Y las noticias son, en general, bastante buenas.

En primer lugar lo que se llama integración descendiente —abandono de los estudios, salida del mercado laboral e incorporación a bandas juveniles— es muy baja, del orden del 10%. La mitad del grupo se ven a sí mismos como españoles, de forma no excluyente, no han sentido discriminación, y su nota media de estudios es (sólo) medio punto inferior a la de los nacionales. Comparando con lo que ha sucedido en otros países se puede considerar todo un éxito.

Al valorar estos resultados las voces críticas apuntan que muy pocos han entrado en la universidad, pero esto no es sorprendente dada la edad media del grupo (una muestra muy amplia, por cierto, sólo comparable a la de un estudio similar realizado en Estados Unidos). La inmigración explotó en España en la década pasada, y estos inmigrantes de segunda generación están alcanzando ahora la edad de entrar en la universidad. Naturalmente, si el estudio se repite dentro de otros cuatro años puede que se compruebe que las diferencias de notas y de ingresos familiares impiden a muchos tener estudios superiores, pero de momento lo más reseñable es que la ambición y las expectativas de tenerlos son muy altas.

El estudio está codirigido por Alejandro Portes (Princeton y Miami) y Rosa Aparicio, que por mucho tiempo fue desde la Universidad de Comillas una referencia fundamental en estudios sobre la inmigración, y que ahora lleva el proyecto desde la Fundación Ortega-Marañón. La realización del estudio está llena de anécdotas, como el recurso a las redes sociales (sobre todo Facebook) para localizar a la mayoría de estudiantes cuyas coordenadas habían cambiado en estos cuatro años, pero que mantenían contacto con sus pocos excompañeros que no habían cambiado de domicilio o centro de estudios.

Lógicamente hay diferencias internas importantes entre latinoamericanos y magrebíes, en contra de estos últimos por razones de idioma y de prejuicios y diferencias culturales, pero el problema más grave podría ser el del impacto de los recortes sociales en un momento de terrible desempleo. En cambio llama la atención que el regreso a los países de origen ha sido muy limitado, lo que podría indicar que para muchas familias la posibilidad de completar la educación de sus hijos pesa más que las dificultades económicas.

Una última anécdota: el representante de la Administración dijo, durante la presentación del estudio, que éste podía reflejar la combinación de una cultura de la hospitalidad entre los españoles y el éxito de las políticas de integración practicadas en España. Esto último era un lugar común entre los especialistas españoles y europeos, pero resultaba raro oírselo decir para todos aquellos que recordamos la demagogia que el PP hizo en este campo en su última fase de oposición. Parece que entre la integración compulsiva que proponía Rajoy y dejar que se formaran guetos había una buena vía media. En todo caso, representativo o no, este señor parecía no quejarse de la herencia recibida.