Inflación, deflación y otros asuntos de los precios

José D. Roselló 

Una de las palabras de moda últimamente es “deflación”, dicha además con tono preocupado. Pero bueno ¿lo malo no era la inflación?, ¿no es bueno que las cosas se pongan más baratas?. Veremos de qué depende.

La inflación se define como “el incremento sostenido del nivel general de precios en una economía”. Muy similar a lo que pensábamos, es decir, lo que suben los precios.

La herramienta más utilizada -no la única- para medir la inflación es el Índice de Precios de Consumo. EL IPC es una serie numérica en la que mensualmente se resume en una sola cifra la evolución de los precios de una cesta fija de bienes y servicios.

Estos bienes y servicios son de consumo final y se estudian para un determinado territorio. Al ser de consumo final, en el IPC no entran precios como el de la compra de viviendas, que es Inversión. Al ser territorial, no entra el precio de las exportaciones, pero sí el de las importaciones. 

Los bienes y servicios considerados son los mismos para todos los países, y están estructurados en los grupos COICOP[1] cuya definición es muy intuitiva: Alimentos y Bebidas, Vestido y Calzado, etc. Lo que varia es el peso que cada grupo tiene en cada país. Por ejemplo, dónde la gente gasta una fracción grande de su presupuesto en Alimentación y Bebidas, la variación de los precios de esos bienes se refleja en el IPC con más fuerza que en otro país donde ese gasto es menor.

Los pesos se averiguan a través de una encuesta en la que se pregunta a los hogares en qué gastan su dinero. Es curioso observar cómo varían las cestas por países: en el norte de Europa el gasto en energía y calefacción es el más importante, en el Mediterráneo lo es el de Alimentación y Bebidas, etc. Esta distinta composición refleja hábitos culturales, regulación económica, estructura impositiva, clima; en resumen, casi tantos factores como podamos relacionar.

La cifra utilizada como dato de inflación es el incremento interanual del IPC, es decir la variación de este índice sobre el mismo mes del año anterior. Por ejemplo la variación en España del último IPC, la inflación, correspondiente al mes de octubre, es -0,1%.

Al existir ligeras diferencias en su cálculo por países, se necesitan pequeños ajustes para permitir la comparación internacional. De ahí que en la Unión Europea calculemos un IPC armonizado, cuyas cifras son muy parecidas, no obstante, a las nacionales.

Por último, los organismos de referencia para obtener el IPC y el  IPC armonizado son el INE a escala nacional y EUROSTAT a europea.

Empecemos ya por qué causa una subida/bajada generalizada de los precios. A fin de simplificar establezcamos tres motivos:

Primero, circunstancias relacionadas con el crecimiento económico. Al crecer una economía apreciablemente, se generan empleos, subidas de salarios etc., que crean presiones al alza de precios. En este sentido la relación crecimiento-inflación recuerda a la que existe entre el calor y un motor, cuanto más deprisa va el motor, más calor desprende. Así, cierta dosis de inflación indicaría algo bueno, que el motor económico se está moviendo.

¿No se puede crecer sin inflación? Difícilmente, aunque es posible el crecimiento con una inflación en el entorno de una cifra. Un economista llamado Philips estudió esta relación entre crecimiento e inflación, dando lugar a la llamada Curva de Philips, que mostraba cuánto de la segunda había que aceptar en función de lo primero. Esta estuvo vigente hasta los años 70, donde determinados fenómenos hicieron que las relaciones observadas ya no se siguieran. Si no puede haber crecimiento sin inflación se comprobó que, vaya por dios, podía generarse bastante inflación sin crecimiento. A este fenómeno se le bautizó como “estanflación” -estancamiento+inflación-.

Segundo motivo, una variación de la cantidad de dinero disponible en una economía  hace  cambiar la  inflación. Por ejemplo, cuando el crédito es fácil y abundante, hay dinerito en los bolsillos y esto hace crecer los precios. Ateniéndonos a los autores de la escuela monetarista, la inflación es un fenómeno que se debe estrictamente a causas como estas. Sus teorías son las más aceptadas hoy en día, por eso los bancos centrales tienen bajo su responsabilidad el control de la inflación mediante los tipos de interés y otros instrumentos.

Tercer motivo, factores de oferta, como puede ser un incremento de precios del crudo.  Al no ser una subida generalizada, se discute si esto es realmente inflación, o sólo un cambio de precios relativos. El caso es que se refleja, y mucho, en el IPC. Puede  extenderse al impactar en otros factores económicos: salarios, pensiones, precios de otros bienes etc., produciendo lo que se denomina “efectos de segunda vuelta”, con lo cual, sea o no inflación en origen, al final la acaba produciendo.

¿Pero la inflación es mala o buena? Simplificando de nuevo, dependería de sus causas y efectos.

Atendiendo a las causas: si es pequeña, digamos por debajo del 5% y se debe a que la economía está creciendo fuertemente (digamos al 4%), no indica nada malo, sería  aceptable. Si es porque solo hay un incremento de la cantidad de dinero, pero no hay crecimiento real detrás, es mala y hay que reducirla, y si es porque de golpe han subido los precios del petróleo, no nos queda más remedio que aguantarnos y variar nuestros patrones de consumo, procurando que no se contagie.

Hablando de los efectos: la inflación conviene a aquellos que tengan una deuda a   largo plazo. Si lo que se tiene que devolver no crece con ella,  cada vez que todo suba y la deuda quede igual, el deudor mejora en términos reales. Por ejemplo, si las hipotecas no se revisasen nunca, y todos tuviésemos salarios revisados con la inflación, la letra cada vez consumiría menos parte de nuestra renta.

A la vez, una inflación positiva hace que sea más interesante comprarse algo real que tener el dinero guardadito, porque este cada vez vale menos, de ahí que tenga un cierto efecto incentivo del consumo.

La inflación perjudica a todo aquel que recibe rendimientos a largo plazo. Si estos no se actualizan con la inflación, con lo que recibe cada vez puede comprar menos cosas. Por ejemplo, una pensión fija pierde poder adquisitivo, igual que si recibimos intereses fijos de una cuenta de ahorro. Extendiendo la explicación, se entiende por qué perjudica a la inversión en general, real o financiera.

Asimismo, si los precios aquí suben mucho y arrastran a los salarios, y estos aumentos se reflejan en los precios de las exportaciones, seríamos un país menos competitivo. No obstante conviene ser cuidadoso. Primero porque son muchos “síes”, segundo, el IPC nunca tiene en cuenta los precios de las exportaciones, de ahí que extraer efectos inmediatos sobre la competitividad de un alza del IPC sea completamente erróneo, aunque políticos y prensa lo hagan impenitentemente.

Vale ¿y entonces qué pasa con la deflación? Bastaría con darle la vuelta a los anteriores párrafos. Vivimos un periodo de muy bajo o negativo crecimiento. Una inflación negativa indica que ese motor del que hablábamos antes está parado o casi. Sumémosle lo perjudicial que resulta la deflación para aquellos que están endeudados (y aquí lo están hogares, empresas y Estado), más la idea de que “si todo baja ¿para qué comprar hoy  pudiendo comprar mañana?”

Esto crea dinámicas de bajo consumo que en este momento son muy inconvenientes, ayudando a perpetuar la situación de crisis.

Sin embargo ¿puede decirse que estemos en deflación? Comentábamos el impacto que la variación de algunos precios puede tener en el IPC sin que estos sean inflación. Vale igual para deflación. Los datos negativos de IPC hoy se explican fundamentalmente por la bajada de los precios del crudo y algún otro elemento importante, pero no significa que todos y cada uno de los precios estén bajando.

Para evitar que cambios en los precios de algunos bienes nos lleven a error, se define la inflación subyacente” o “core inflation”. Se define como la inflación que no tiene en cuenta ni los precios del crudo ni el de la alimentación no elaborada, por ser grupos con tendencia a variar fuertemente. Examinando esta inflación subyacente se observa que es baja, tanto en España como en Europa, pero positiva (0,2% y 1% respectivamente). Técnicamente no hay deflación aún, de acuerdo, pero ¿la habrá mañana con tan escaso crecimiento?

Puede llegarse al corolario de que en países como los llamados “desarrollados”, partidarios de un enfoque económico ortodoxo, el que nos preocupemos por la inflación indica que la cosa va bien. El motor se mueve y lo que pretendemos es que no se desmanden las cosas. Son precauciones  “de ricos”.

Sin embargo, el que andemos ahora dando vueltas a ver si estamos o no en deflación, como síntoma, es bastante malo. Muy probablemente ello haya tenido que ver con la reciente decisión del BCE de bajar los tipos de interés.

Contraviniendo cierta euforia española reciente, por ahí fuera las cosas no se ven nada claras.


 

[1]          Classification of Individual Consumption according to Purpose. O sea, Classification del Consumo Individual según el Propósito.